Educación, ciudadanía y postmodernidad
 


INTRODUCCIÓN

¿Quién no ha tenido, más de una vez, la sensación de que puede ser mucho más de lo que es? Que la vida se nos escapa dejando demasiados proyectos en el tintero. Que el presente tiempo, denominado por algunos postmoderno, parece ahogar cualquier intento de reacción frente a lo establecido.

Busca este libro ser de alguna utilidad para el lector socialmente inquieto, que no opta por la resignación frente al presente que le rodea y cree firmemente que no se puede esperar del todo lo que no realicen sus partes. Para aquellos que, en fin, han asimilado que la principal filosofía de la historia es que las cosas pueden ser de otra manera, en este tiempo particular de cambios vertiginosos, esperanza y desesperanza, contradictorio, muchas veces incomprensible, más de las deseadas absurdo y comúnmente conocido como postmodernidad.

Se parte de la asunción de una realidad que estimo difícilmente negable: el mundo postmoderno va a la deriva; las noticias que recibimos a diario nos lo indican con crudeza. Los gobernantes se muestran, constatable día a día, incapaces de estar, en términos orteguianos, a la altura de los tiempos. No hay verdaderos proyectos que hagan frente a los principales problemas de nuestro tiempo, que estén dirigidos a las raíces de los mismos. El parchear continuamente no evita ya que el barco naufrague por diferentes y esenciales sitios (cambio climático, emigración fruto de la hambruna y las guerras, corrupción generalizada, ausencia de hombres de Estado, ciudadanos resignados, etcétera) .

El aparato doctrinal de los últimos decenios ha sido, sin duda, el más pobre de nuestra historia, no desde luego desde un aspecto cuantitativo, pero sí desde la perspectiva cualitativa. Reconozcámoslo, es un buen primer paso, no sabemos hacia dónde nos dirigimos. O, lo que es todavía peor, a nadie medianamente sensato le atraerá lo más mínimo la dirección global de los acontecimientos. En siglos pasados contábamos con brillantes sabios y filósofos, y con magníficas obras, que marcaron pautas decisivas en nuestra historia. Hoy pienso que la desorientación es preocupantemente grande. Los problemas son serios y no se están afrontando con el rigor preciso, no sé si por incapacidad, por desconocimiento o tal vez por ambas razones.

A pesar de ello, el que aun a riesgo de equivocarse escribe las páginas que siguen, muestra su postura al respecto con tan grandes limitaciones como convicción profunda y humilde, de que nuestro tiempo postmoderno, como cualquier otro, sigue precisando de determinados valores que tratan de analizarse y actualizarse a lo largo de esta obra, pero adaptados a las peculiaridades de la postmodernidad en la que, queramos o no, vivimos. La realidad social reclama inexorablemente ciudadanos activos, participativos y comprometidos. Una sociedad no puede sobrevivir con una mínima dignidad humana si el número de ciudadanos no comprometidos en el ámbito cívico es demasiado elevado. El espíritu que guía a este libro nace sólo del férreo sentido del compromiso social, del deber, de la obligación cívica de tomar postura frente a los acontecimientos. Como decía Marcuse en febrero de 1967 en el prefacio de El hombre unidimensional, «hoy el trabajo intelectual necesita ser justificado». Posiblemente esta obra no merezca la calificación de trabajo intelectual, pero sin duda estimo que está plenamente justificada.

Mi intención es mostrar al lector hacia dónde creo que vamos. Las probables consecuencias de la actual dirección de los acontecimientos. Los obstáculos y las enormes dificultades a las que nos enfrentamos. Esto básicamente se refleja en el primer capítulo, que describe la realidad de la postmodernidad en la que vivimos, la circunstancia que según Ortega nos viene impuesta. Después abordo cómo reaccionar frente a esa realidad postmoderna, cómo debemos prepararnos. La finalidad del capítulo segundo es mostrar la formación que precisa el ciudadano actual para no sucumbir frente a la postmodernidad. Por último, el capítulo tercero, una vez que conocemos la realidad y nos hemos preparado frente a ella, se centra en la acción. Hay que actuar. La acción y el compromiso son los objetivos de este capítulo, y en última instancia del propio libro. Son también una lógica consecuencia de la libertad relativa o limitada que propugna Ortega, esto es, la reacción del yo libre a la circunstancia que le viene impuesta. Así es la libertad real, humana: limitada y condicionada, en contraposición a la libertad absoluta, inalcanzable y por lo tanto frustrante, de un Sartre.

El libro se dirige, más que a la parte intelectual o de conocimiento, aunque también se aborda, a la dimensión humana de los deseos, de las motivaciones, de las posibilidades vitales que toda persona tiene y que nos están frustrando con denodada perseverancia. Persigue que el lector, tras su lectura, no se quede indiferente y tome postura activa frente a la inhumana realidad; que tal vez pueda encontrar una nueva perspectiva o enfoque de su vida; que las realidades que estamos viviendo puedan ser de otra forma; que todo depende de la postura que de forma individual adoptemos —más adelante desarrollo esta idea en lo que he denominado Teoría de la balanza—; que sí tenemos una parte de influencia y, sobre todo, de responsabilidad, con nuestros amigos, con nuestra familia —de manera destacada con nuestros hijos—, con nuestro entorno y, por qué no apuntarlo, con nosotros mismos.



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