Los perros de la poesía que me desgarraron hace tiempo
ya no tienen ningún poder sobre mí.
La solución era más simple y sencilla:
Este es el camino de la rabia.
Yo jamás llegaré.
Apagada la luz comienza el milagro
de los ojos abiertos
y los pies en la tierra.
Una espada atraviesa la habitación,
y es entonces lo nuevo, nacido de lo viejo.
Debe haber sangre y humo en el espacio.
Pero yo no siento más que una difusa sensación de apertura
que me recorre el cuerpo
desde el principio del cuello hasta el pie izquierdo.
Adiós a las maravillas de la tierra. La mujer se despierta y abre los ojos en su casita rodante. Los colores complementarios de la gran noche se expanden dentro de su jaula. Una sensación de naturaleza salvaje se me adhiere a las sienes, en el momento en que ella, sonriendo, abre la mano y deja caer una plomada que se sumerge en mi sangre. La ondulación permanece un segundo. Y ahora yo también sonrío, pues he comprendido. Adiós, adiós, maravillas de la tierra. Adiós también, terrores de la noche.