De Antonio Martínez Menchén
Haz clic aquí para leer las primeras escenasEl título de
Veinticinco instantáneas y Cinco escenas infantiles nos sugiere
una primacía de lo fugaz, de lo pictórico en detrimento del discurso generosamente
narrativo.
Y ello es cierto: casi todas estas instantáneas tienen valor en sí mismas,
no necesitan elementos contextuales que las aclaren ni soportarían un antes
o un después. Se diría que al observar la película de la existencia humana,
pulsamos el botón de la pausa para detenernos en la contemplación de imágenes
plenas de significado, mensajes desnudos que se ofrecen al receptor para
establecer un diálogo con él sin necesidad de intermediarios.
Al igual que ocurre con obras como
Perro semihundido de Goya o
La planchadora
de Picasso la fuerza no solo está en la sencillez sino en la autonomía.
Porque obras no menos hermosas y aparentemente simples son
El Cristo de
Velázquez o
Leda y el cisne de Dalí, pero el receptor disfrutará más de
ellas si conoce los referentes culturales de las mismas.
En el caso que nos ocupa, el referente termina en la propia instantánea.
Lo aparentemente sencillo para los demás se convierte en transcendental
no sólo para quien lo ha vivido, sino para quien sabe contemplarlo.