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Andar por el aire |
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Para descargar el capítulo en PDF, haz clic aquí TEN CUIDADO POR DÓNDE PISAS
Hoy iba a ser un sábado crucial en nuestras vidas y no había cumplido ninguna de las promesas que le hice a Lola dos semanas antes. El jardín estaba marchito por falta de riego y la piscina seguía abandonada, con un metro y medio de agua verdosa y nauseabunda donde creía haber visto algún animal asqueroso moverse por el fondo. Sus invitados estaban a punto de aparecer por la puerta y antes de que lo hicieran pretendía arreglar nuestras diferencias; allanar su más que probable enfado por mi desinterés en el reparto de tareas. Para conseguirlo, regresé a casa lo antes posible; sólo había tomado un par de copas en el club de la urbanización y tenía ese punto divertido que me convertía en un ser maravilloso. Entre los olmos, únicos supervivientes en la zona de un pasado pastoril, se filtraba la luz endeble del anochecer. Y observé complacido el alumbramiento de las primeras estrellas.
Cuando me cansé de mirar el cielo, entré en casa.
Desde la puerta de la cocina observé libidinoso su culo respingón. Lola escuchaba las noticias en un televisor de doce pulgadas al mismo tiempo que preparaba sobre el mostrador la barbacoa que iban a devorar unos cuantos buitres leonados -sus amigos de universidad- ahora también los míos. Y entre ellos, Valerio Montes, un antiguo pretendiente.
Avancé hacia ella, pero ni siquiera se volvió a mirarme. Un edificio ardía en la pantalla y varios cadáveres carbonizados eran exhibidos sin reservas a todo aquel que quisiera presenciar la barbacoa. Lola siguió cortando la ristra de chuletas. Utilizaba un cuchillo de carnicero que había afilado yo mismo la noche anterior.
-El perro se ha cagado por todo el jardín -me dijo, y entonces recordé, se lo había prometido también, que sacaría a Tom a dar un paseo por el parque.
Al no oírle, imaginé que lo habría echado otra vez de casa y estaría vagando por los alrededores.
-Deberías atar a esa fiera -continuó-. No es muy sociable con la gente y algún día te va a dar un disgusto.
Que el disgusto me lo diera únicamente a mí me dolió bastante.
-Estás mucho tiempo sola. Ya te dije que tener un perro es muy bueno para los ladrones y las ratas.
A los ladrones se los come y a las ratas las mantiene lejos.
-Sí, claro -me contestó-. Y además, no molesta nada en casa. Y no hay necesidad de darle de comer. Él se busca la vida en los cubos de basura.
¡Ojalá se comiera a uno de sus amigos! Pero sólo lo pensé, no era el momento para discutir con ella.
Quería que sus amigos -y Valerio Montes el primero- comprendieran, de una vez por todas, que Lola era feliz a mi lado.
Le prometí entonces que ataría al perro cuando diera señales de vida. También le dije que recogería ahora mismo los excrementos para que nadie se pringara. Antes de ponerme a la tarea, adosé mi cuerpo animoso al suyo y le lamí el sudor del cuello. De una oreja a la otra.
Nunca me fallaba.
Hoy tampoco.
Sentí como su cuerpo se estiraba sobre su espinazo electrizado, rendida a mis caricias. Y de pronto, un golpe seco desbarató el conjuro. Nos miramos sin saber que había sucedido. El televisor mostraba a unos chavales que tiraban piedras a un vehículo militar que se abría paso a través de un paisaje urbano y desolado. Pero no era eso lo que habíamos oído; el sonido que producía la desesperanza tenía otra estructura acústica. Fue Lola quien advirtió primero lo que pasaba. Las baldosas de la cocina empezaban a cubrirse de sangre debajo de mis sandalias. El cuchillo descansaba apoyado sobre mi pie derecho. Se había deslizado sin alboroto, sin dolor, y había atravesado la sandalia cortando la tira de cuero y el dedo meñique. Menos de un centímetro de carne magra impedía la amputación absoluta.
El plan de reconciliación acababa de convertirse en un agujero negro por donde desaparecían los buenos sentimientos. Sin embargo, no tuve más remedio que reconocer en mi interior que sólo había sido un accidente. Pero en el peor momento. Estaban a punto de llegar los invitados y no quería estropear la velada que Lola organizaba con tanto mimo.
Sujeté el funesto dedo a los demás con una venda que enseguida se tiñó de rojo. La presión del vendaje me produjo un fuerte latigazo en el cerebro y el dolor se convirtió en una auténtica tortura. Pero no podía hacer otra cosa, pues quería evitar que el dedo se separara de sus hermanos. Me calcé de nuevo la sandalia. La sujeté al empeine con esparadrapo y me dirigí, a la pata coja, hasta el coche.
Lola me seguía a un par de pasos, realmente preocupada, mientras me decía:
-¿Podrás ir solo al hospital? Están a punto de llegar y todavía no he preparado la barbacoa, y ahora tengo que recoger la cocina, no veas cómo has puesto el suelo de sangre, y tengo que cortar las chuletas, y...
-Sí. No te preocupes. No es necesario que me acompañes. Regresaré lo antes posible.
Arranqué el motor del coche y pisé el acelerador con mucho cuidado para evitar que las lágrimas abandonasen su refugio. No quería que Lola las viera atravesar mis mejillas. Por el retrovisor espié cómo encendía las luces del jardín. El contoneo de su culo respingón desapareció de repente al tomar la calle que me llevaba a la autopista. La luna remontaba sobre una hilera de adosados uniformes.
Cada vez que pisaba el freno o el acelerador, el vendaje me propinaba unas cuchilladas terribles.
Debía de estar perdiendo mucha sangre, pues empecé a sentir unos ligeros vahídos que hacían difícil mantener el vehículo en el carril derecho. Algunos coches me pitaron, y reduje la velocidad. Unas sombras alargadas -premonitorias de un desmayo definitivo- aletearon sus extremidades de mal agüero sobre el asfalto iluminado. El hospital estaba a sólo quince minutos, pero no creía que pudiera llegar sin provocar un accidente. Entonces recordé la clínica de Castro, a menos de un kilómetro. Sabía con certeza que no tendría ningún problema en coserme el dedo.
Era un buen médico de animales.
El cartel que colgaba de la marquesina se encontraba encendido, señal de que tenía algún cliente enfermo que necesitaba de sus cuidados. En la sala de espera no había nadie. Entré al consultorio sin llamar. Un gato gordo y pelirrojo dormía anestesiado sobre una mesa alargada y metálica.
Castro le hacia la manicura.
-Buenas noches, Tom -me dijo.
Siempre utilizaba el nombre de tu animal doméstico para ahorrarse esfuerzos inútiles. Al principio, esa manía le dio algunos problemas con los vecinos, pero a la larga consiguió dignificar el catálogo de nombres de las mascotas en la zona.
-¿En qué puedo ayudarte? Hace un rato he visto a Tom merodeando por los cubos de basura -siguió diciendo, sin dejar de recortar las uñas al gato-. Supongo que Lola lo ha echado otra vez de casa.
¡Qué le vamos a hacer! Acabas aceptando que a todo el mundo no le gusten los animales.
Por fin se dio cuenta de que le estaba pintando las baldosas de la clínica. Un reguero con brochazos de mi linaje recorría la sala.
-¿Qué te ha pasado?
-Necesito tu ayuda -le dije, y empujé al gato gordo y pelirrojo fuera de la mesa. Se dio un buen golpe, pero siguió durmiendo como si nada.
Yo ocupé su lugar.
Después, llegaron las tinieblas.
Me desperté sobresaltado media hora más tarde.
Había tenido un sueño turbador. Estaba en mi funeral y al cementerio se habían acercado todos los animales de la urbanización. Perros, gatos y roedores; algunos pájaros exóticos e, incluso, lagartos y serpientes, tan de moda estos últimos años. Asistían a la ceremonia y acompañaban con su lamento los aullidos desesperados de Tom, tendido al borde del agujero. En un árbol cercano, una bandada de pájaros negros vigilaban expectantes. De una gruesa rama colgaba un columpio, donde una mujer -acaso Lola- se balanceaba estrepitosamente. Cada vez más alto, mucho más alto, como si quisiera, en cualquier momento, echar a volar.
Castro me observaba desde su mesa. Debía parecerle un tipo de lo más patético. Traté de incorporarme, pero la cabeza me daba vueltas. Seguí tumbado en la camilla.
-Tengo que regresar a casa.
-Espera un momento -me dijo-. Ya termino con la ficha del último paciente.
-¿La del gato o la mía? -le dije, pero no contestó a la pregunta.
-¿Qué ha sucedido, Tom? ¿Cómo has perdido el dedo? He tenido que darte unos cuantos puntos de sutura. ¡Vaya escabechina!
-¿Y el dedo? -le interrogué.
-¡Qué dedo! ¡No traías ningún dedo! Lo habrás perdido por el camino. Si no te hubieras desmayado.
-De todas formas no creo que se pudiera hacer nada.
-¡Claro que no! -me contestó-. Perdiste mucha sangre y yo sólo soy un simple veterinario.
-No te preocupes, Castro. Muchas gracias por tu ayuda. Ya no me duele.
-Eso es porque te he inyectado un calmante.
Coge esta receta y ve a la farmacia en cuanto puedas. Si te preguntan para qué lo necesitas, diles que es para tu perro.
Al bajar de la mesa, insistió otra vez:
-¿No vas a contarme qué ha pasado?
El dedo meñique lo encontré en el coche, debajo de los pedales y adherido a la alfombrilla de goma por una gran costra de sangre coagulada. Lo envolví en una hoja del periódico gratuito que llevaba en la guantera y tomé el camino de regreso a casa. Mañana iría a la farmacia. No quería dejar por más tiempo a Lola en compañía de los buitres leonados. Fue entonces cuando me hice la siguiente pregunta.
¿Tocaba fondo nuestra relación? En seis meses Lola había acumulado algunos agravios que no lograba olvidar. Traté de enumerarlos: me había vuelto descuidado, era indudable; no desplegaba las atenciones necesarias que refrendasen mi amor por ella; regresaba tarde a casa, sin motivo; y sobre todo, no soportaba a sus amigos, con esa actitud -me decía- de sufrir en silencio sus petulantes comentarios, casi siempre ebrio y sin interés por defenderme de sus innumerables agresiones. ¿Era esto suficiente para que temiera ser abandonado como un pobre animal?
¿Consideraba ella la posibilidad de que me sintiera un inútil? Yo pensaba que no. Intenté recordar también aquellas cosas que la cautivaron seis meses atrás. No disponía de mucho tiempo y sólo pude enumerar una que, sin embargo, me pareció muy importante: yo no era como ellos.
En la entrada a la vivienda, la luz bamboleante de una ambulancia y de dos vehículos policiales bloqueaban la puerta. ¿Había sufrido Lola otro accidente como el mío? Dejé el coche a unos veinte metros y me aproximé cojeando entre un grupo numeroso de vecinos ávidos por recibir información de primera mano. Según iba pasando entre la gente, sus murmullos inconexos, como en un televisor desajustado, me advertían de la catástrofe.
Lo primero que vi nada más acceder al jardín fue a Tom al borde de la piscina. Una de sus patas traseras estaba sangrando y el pobre se lamía un profundo agujero. Alguien a quien no conocía me miraba desde el porche, desafiante, con una escopeta colgada al hombro. Las brasas de la barbacoa humeaban calcinando la carne olvidada en la parrilla. Una mujer de embarazo incipiente, a la que no había visto nunca, daba buena cuenta de una chuleta redimida a tiempo. De repente, la puerta de casa se abrió y un grupo de personas atravesó en avalancha el jardín. Dos individuos con chalecos reflectantes empujaban la camilla con Valerio Montes sobre ella. El tipo gritaba como una bestia. Los demás corrían detrás de la camilla aleando y con el presentimiento en sus caras de un futuro nada favorable para su amigo. Lola salió en último lugar. Me miró y, sin detenerse, dijo:
-¡Pobrecito! ¡Casi se le come una pierna! No puedo dejarle solo. Lo entiendes, verdad. Tengo que ir al hospital. ¡Pobrecito!
No dije nada. Me limité a observar desde la entrada su culo respingón y cómo desaparecía en el interior de la ambulancia. El lamento de la sirena abrió la comitiva de los vehículos que habían acudido a la barbacoa. Detrás, la fuerza pública. El hombre de la escopeta me atravesó con la mirada según se marchaba. Olía a excremento de perro, pero no me disculpé por tener el jardín tan descuidado. Poco a poco, la calle empezó a quedarse vacía. Los vecinos regresaban a sus casas a preparar el reportaje. ¿Sería noticia a la mañana siguiente en algún periódico gratuito? ¿Acabaría esta historia escrita en alguna parte?
El chirrido de los grillos corroboró la soledad en los alrededores. Apagué las luces del jardín y me senté junto a Tom con los pies colgando dentro de la piscina. Tenía que llamar a Castro. Unas gotas de sangre se desprendieron del pie sobre el agua nauseabunda. Entonces deseé que nada de esto hubiera pasado. Que el jardín estuviera lleno de flores y los árboles grávidos de frutos. Que la piscina reflejara el cuerpo desnudo de Lola junto al mío, sin dejar de acariciarnos, suspirando dulcemente-
Pero la vida era otra cosa. Saqué del bolsillo el envoltorio con el que había recubierto el dedo y desplegué las hojas con cuidado. El dedo meñique estaba encogido, reseco como el jardín. Lo dejé caer en la piscina. Y flotó durante un instante. Mientras se hundía, algo se movió en el agua. El pequeño oleaje sobre la superficie me advirtió de la presencia de la bestia. Unos labios hambrientos y peludos se cerraron sobre el dedo con un beso, que borró de un solo golpe el recuerdo de todas mis penas.
Y después, como si la noche se interpusiera en mi camino, una ligera brisa agitó de repente las ramas de los olmos. Parecían alas negras contra el cielo brillante. Tom, echado sobre el borde de la piscina, comenzó a aullar a la luna.
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© Julio Jurado. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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