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Cenizas |
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Sus pestañas son como estambres de una flor negra, y parpadea despacio, con la cadencia
de una medusa que se adentra en el mar. Sus dientes contrastan con su tez morena, pero
nunca sonríe. Está por encima de nosotros. Aunque también es posible que nada de esto
sea así, que esa imagen que pulula por mis sueños, que aterroriza mis noches, haya
deformado el recuerdo de aquel chico. Tal vez el Maño fuese simplemente un muchacho
con los ojos un poco grandes, un ser débil y cobarde que reventó a la mínima presión.
En cualquier caso ya poco importa.
La primera señal de alarma surgió hace menos de un año, en el mes de marzo. Me encontraba
en el salón de casa, recorriendo todos los canales del televisor, cuando sonó el teléfono de la
cocina. Al otro lado de la línea oí una voz desconocida. Me preguntó si yo era el padre de
Gonzalo Arnao y, cuando se lo confirmé, acusó a Gonzalo de insultar a su hijo César, de romper
sus libros y empujarle por los pasillos.
—No me diga que no sabe que Gonzalo es uno de los de la pandilla.
—¿De qué pandilla? —le pregunté asombrado.
—De la que entró el año pasado al colegio y destrozó las aulas, de la que se dedica a intimidar
a los chavales que estudian. Son unos delincuentes, y no me diga que no sabe nada.
—No, no sé nada —respondí irritado.
—Cuando se trae un hijo al mundo hay que estar un poco más pendiente de él, perdone que le
diga.
Le colgué. Esa es simplemente la verdad. Gonzalo tenía una pandilla de amigos, como todos
los chavales, pero que yo supiese no se dedicaban a pegar a nadie. Sus ordenadores rebosaban
discos y películas descargados ilegalmente: eso era lo más cerca que estaban de un delito.
—¿Quién era? —me preguntó Isabel, desde el dormitorio.
Le dije que era para Gonzalo, no tenía ganas de líos.
—A las once de la noche —dijo ella— ya debería estar en casa, creo yo.
Le llamé al móvil y me dijo que estaba junto al portal, que ya subía. Isabel, en la cama,
con el camisón de felpa que tanta dentera me daba, leía su novela de ochocientas páginas.
Cogí el presupuesto de unos adosados y me acosté. Se oyó la puerta de la calle. Gonzalo
entró directamente hasta su habitación.
—¿No vas a decirle nada? —preguntó Isabel, en el mismo tono de reproche de antes.
Desde el ventanal del salón, en el piso doce en que vivíamos, se veía media ciudad.
En el Paseo de la Castellana los automóviles esperaban en pequeños grupos frente a los
semáforos, como niños obedientes. Las farolas, dobladas sobre ellos, parecían vigilarles.
Recortado contra un cielo anaranjado aparecía el esqueleto del rascacielos Windsor, que
se había incendiado un par de meses atrás. La puerta de Gonzalo estaba cerrada con pestillo.
Llamé. No abrió. Volví a llamar. Siguió sin abrir. En nuestro dormitorio Isabel había dejado de
pasar páginas. No podía verla, pero sabía que había dejado de leer y tenía la cabeza erguida
para escuchar mejor. Hacía tiempo que todo cuanto me rodeaba era previsible. Mal síntoma.
O tal vez no. Igual toda esa previsibilidad era la mejor anestesia. Tal vez era mejor aquella
sensación de no estar vivo a estos días como arpones, a este aire que se acaba. Aporreé la
puerta y Gonzalo abrió mientras se quitaba los auriculares.
—¿No habíamos quedado en que entre semana tenías que estar en casa a las nueve?
Antes de contestar miró hacia abajo y se detuvo unos segundos en mi entrepierna. Me
sentí inseguro y bajé también la vista. Mis calzoncillos, blancos y apretados, resultaban ridículos,
anticuados.
—Es que me ha liado Billy para que le instale un programilla —dijo Gonzalo por fin.
—¿Y los deberes? —pregunté, y eché una ojeada al cuarto, sembrado de ropa sucia y cables
de ordenador.
—Hoy no tenía nada —mintió él, como siempre.
Entré y cerré detrás de mí. Gonzalo dejó los auriculares encima de un montón de ropa
recién planchada, sobre la mesa de estudio.
—Tu madre —le reproché— ha dejado la ropa ahí para que la guardes.
Sin inmutarse, con aquella actitud de aparente resignación, de limitarse a escuchar lo que
le dijesen e intentar capear el temporal de la manera más rápida posible, agarró las camisetas
y las metió en un cajón del armario.
—Y saca las zapatillas a la ventana, que apestan.
Obedeció también.
—Ha llamado el padre de un compañero tuyo de clase —dije entonces, y esperé alguna clase
de reacción—. Dice que te dedicas a atosigar a su hijo.
Hizo un gesto de fastidio y se sentó en la cama.
—Eso es el pringao del César. Le voy a meter una hostia que se va a enterar.
—Tú no le vas a meter una hostia a nadie. No quiero más líos, ¿entiendes? Mañana, cuando
vuelva a casa, quiero verte aquí, y quiero que me expliques qué es lo que has estado empollando.
—¿Y si no tengo nada que «empollar»? —me preguntó muy serio.
Ignoré la burla a mi vocabulario anticuado; le contesté que en su curso, y en el mes de
marzo, eso era imposible, y regresé a mi dormitorio. Isabel continuaba fingiendo que leía. Me
acosté en mi lado y apagué la luz.
Siempre las señales mal puestas. Nunca antes de las curvas, de los desvíos, siempre después,
como una broma de mal gusto.
—Su mujer al teléfono, Óscar. Parece que es importante —me dijo Mari Carmen, mi secretaria,
desde la puerta de la sala de reuniones, días después de aquella primera llamada del padre de
César.
Me disculpé ante el arquitecto con el que estaba, y atendí a Isabel en mi despacho. Lloraba,
y le costó explicarme que había conseguido salir antes del trabajo, y que al llegar a casa se había
encontrado con que Gonzalo estaba allí, con un piercing en el labio.
—Se le ha inflamado —gimió—. Tiene la boca como un pez. Se ha marcado para el resto de la
vida, se ha destrozado la cara.
Intenté tranquilizarla y en cuanto conseguí desembarazarme del arquitecto, salí para casa.
Isabel, algo más calmada, ya había bajado a la farmacia en busca de un antiinflamatorio.
Gonzalo, muy formalito, estaba en su habitación, frente a la mesa de estudios, con un libro
abierto. Cerca de la comisura de los labios, efectivamente muy inflamados, tenía un pequeño anillo.
—¿Te has vuelto loco o qué te pasa? —acerté a preguntarle.
No me contestó. Isabel se situó de pie a mi espalda, en el quicio de la puerta.
—¿Quién te lo ha hecho? —le pregunté a Gonzalo.
—Un colega.
Me acerqué con dos rápidas zancadas. Gonzalo, atemorizado, se echó para atrás en la silla.
Le sujeté la barbilla con fuerza. Salvo la inflamación todo parecía normal.
—¿Quién te lo ha hecho? —repetí.
—Un colega —repitió él.
¿Qué habría hecho mi padre ante esa situación? Pegarme un tortazo, con toda seguridad.
Eso es lo que hizo el día que me pilló fumando en el cuarto de baño.
—No vas a salir de casa en todo lo que queda de semana. Y mañana vas a ir con tu madre
al médico a que te vea eso.
—No me lo pienso quitar. Es mi cuerpo.
Salí sin contestarle. Isabel vino detrás de mí hasta la cocina. Estaba convencida de que el
piercing era obra de un chino que tenía una tienda de comestibles en un callejón allí cerca, y que
incompresiblemente era uno de los lugares preferidos de reunión de los chavales de la zona.
—En ningún sitio normal le harían eso sin una autorización de los padres —añadió.
—Mañana iré a hablar con él —dije, aunque la verdad es que ya no me importaba quién fuese
el responsable del agujero.
Isabel fijó la vista en la pared. Sus pestañas, aún apelmazadas por las lágrimas, resaltaban
sus grandes ojos.
—Fuma porros —dijo—. Tenía el bolsillo de la cazadora lleno de filtros de cigarrillo sin usar.
No supe qué contestar. Yo había fumado porros en varias ocasiones, incluso junto a Isabel,
pero no cuando teníamos quince años. De pronto me entraron unas ganas irracionales de drogarme.
A lo mejor esa era la solución: ponernos todos como locos a fumar porros en familia.
—Es todo culpa del rubio, del Billy ese —dijo Isabel—. Es un elemento de cuidado.
Tal vez deberíamos ir a hablar con sus padres. Dice Ozú…
Hice un gesto de cansancio. Ozú era el jefe de Isabel en la revista de decoración donde
ella trabajaba desde hacía un par de años, a cargo de la sección de publicidad. Se trataba de un
sevillano -apodado así por su fuerte acento andaluz- que se las daba de intelectual y que,
inexplicablemente, se había convertido en el referente espiritual de mi mujer. Ella notó mi gesto;
nos quedamos en silencio. Desde la habitación de Gonzalo llegaba, muy lejano, el sonido metálico
de la música. Ya no le hacía falta simular que estudiaba.
—Ante una situación así no podemos hacer como que no ha pasado nada —dijo Isabel.
—Ya le he castigado una semana sin salir —recordé.
—Habría que llevarle a un psicólogo.
Nunca me han gustado los psicólogos; me negué.
Aun así, a las dos de la mañana todavía no me había dormido. Isabel, en cambio, se había tomado
uno de sus tranquilizantes y descansaba plácidamente. Me levanté. Unos potentes focos iluminaban
los restos del Windsor, y permitían trabajar las veinticuatro horas del día a las grúas de demolición.
A mi espalda, el reloj de péndulo que perteneció a mi abuelo emitía un agonizante tic tac. Le dejé
una nota a Isabel por si se despertaba y bajé a dar una vuelta a la manzana. En aquella época
todavía me daban resultado esos trucos para conciliar el sueño.
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© Nicolás Muñoz. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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