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Comamos algo |
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La tienda estaba abarrotada de mercancías. Esparcidas
en estantes a medio pintar o desparramadas
por los rincones. Cuando el hombre entró aún eran
las horas de la siesta y Beatriz se encontraba apoyada
en el mostrador bajo las aspas de un ventilador
oxidado. No se le movía ni un pelo de la cabeza, lo
tenía grasiento. A diferencia de la cara que se le
cuarteaba cada día un poco más.
Vio entrar al hombre con el maletín y el cucurucho
de helado. El helado era de un absurdo
color azul. También el hombre le pareció raro.
Tenía un cierto aire salino y despreocupado. Como
si en vez de un viajante se tratase de un pescador,
fumando, sentado en algún malecón. Imaginar malecones
en aquel pueblo perdido en medio de un
desierto, le pareció más absurdo todavía. Pero allí
estaba aquel tipo canturreando y comiéndose su
helado como si se comiese un sonido de gaviotas.
A Beatriz le produjo esa desconfianza de las cosas
fuera de lugar.
El hombre se pegó al mostrador hasta clavárselo en
el vientre y la saludó con una sonrisa. En su sonrisa
parpadeaba una duda. En realidad, solo una.
—¿Me escuchará? —preguntó—, no quiero robarle
su tiempo, pero estoy convencido de que a usted
le interesará mucho lo que vengo a ofrecerle.
Beatriz observó a su gato salir de la trastienda y
pasearse como un sonámbulo y se encogió de hombros.
—¿Qué trae? —dijo.
—Veamos —contestó el hombre abriendo el maletín.
Un niño entró en la tienda y se acercó al mostrador
sudando.
—¿Qué quieres? —le dijo Beatriz.
El niño le explicó que quería una hucha de plástico
para meter su dinero y ella recorrió media tienda
hasta encontrarla. Cuando regresó al mostrador
sudaba también.
—Aquí lo tienes —dijo con desgana.
El gato le rozó una pierna al pasar y ella volvió a
encogerse de hombros. Mientras el niño salía del
local, el hombre había puesto sobre el mostrador un
soldado de madera.
—¿Qué le parece? —preguntó con expresión radiante.
—Menuda cosa —dijo Beatriz—, ¿para qué quiero
yo algo así?
El vientre del hombre se apretó un poco más contra
el mostrador y ella pensó que en una de ésas, se
partiría por la cintura. Le costaba trabajo entender que
nadie se lastimara el cuerpo por un juguete.
—Por el amor de Dios —dijo ella—, cualquiera
diría que me está mostrando el paraíso. ¿A dónde va
con eso?
—A venderlo —dijo él en un tono incuestionable
y siguió con el helado.
—¿Tiene muchos así? —preguntó Beatriz con
sorna.
El hombre dijo que no, que solo tenía uno y ella
se echó a reír.
—¡Qué cosas tiene usted! —dijo—, si por lo
menos me ofreciese un ejército podría hacerse algo
con él. Pero un soldado..., ¿qué puede hacerse con
un soldado?
—Cualquier cosa que usted quiera —dijo el hombre—,
¿qué puede hacerse con una puesta de sol o
con una noche de verano?, ¿puede hacerse algo con
una caracola o con una hoja de abedul o con un
hueso de melocotón? A veces las cosas solo se dejan
mirar o guardar o acariciar, solo sirven para traernos
un recuerdo o para pensar acerca de algo o para
hacernos soñar con lo que nunca tuvimos o, simplemente,
para hacernos sonreír o para enseñarnos
que la vida es una cosa sencilla.
Beatriz observó la lengua del viajante pasando
una y otra vez sobre la superficie azul del helado.
Por algún motivo, aquello la ponía nerviosa y le
sacudió una patada al viejo gato bajo el mostrador.
—Esto es un pueblo —dijo—, dudo que nadie
esté interesado en comprar algo así. No lo vendería
jamás, tendría que acabar poniéndolo en la repisa de
mi salón y encima limpiarle el polvo cada semana.
El hombre sonrió de un modo que daba que pensar.
Su sonrisa se volvía cada vez más abierta y
poderosa. Como si estuviera abriendo una ventana
para que entrara la brisa del mar, como si desechara el desorden de aquella tienda y con él, cualquier
respuesta que Beatriz pudiera darle.
—Nadie puede aventurar lo que venderá o no en
un futuro —dijo—, tanto si se trata de un pueblo
como de la ciudad más grande de la tierra. Usted
misma no sabe si dentro de unas horas deseará no
vender este soldado y quedarse con él. Vamos y
venimos. La vida es movimiento. Cambiamos a cada
minuto. ¿Puede alguien pedirle a un tren que se
detenga?
Beatriz se removió incómoda al otro lado del
mostrador como si hubiese algo que no encajara en
la bastedad del mundo.
—No sé de qué me habla.
—¡Oh, vamos, claro que lo sabe! —dijo el hombre
que había acabado con la bola de helado y le
daba un mordisco al cucurucho.
El gato de Beatriz saltó sobre el mostrador y se
paseó de un extremo al otro. Luego volvió a bajarse
de un salto y volcó un jarrón con flores de tela.
Beatriz fue hasta allí y lo puso en pie.
—Es imposible que un gato sea tan torpe —comentó.
—Nos pasará a todos cuando nos hagamos viejos
—dijo el hombre en un tono encantador—; por eso
son tan importantes las cosas pequeñas. Será algo a
lo que agarrarnos cuando ya no podamos...
—Ya, ya. Ya sé —le interrumpió a Beatriz—,
ponga un soldado de madera en su vida y será una
anciana satisfecha.
El hombre sonrió y le dio el último mordisco al
barquillo.
—Qué rico estaba —dijo.
Beatriz miró el soldado de madera que tenía
delante, salvo por su tamaño desproporcionado, no
le veía nada de particular.
—No voy a comprárselo —dijo—, tiene usted
una cháchara que da gusto, pero no voy a hacerlo.
La mujer de la pastelería entró en la tienda. Quería
una bolsa para llevar hielo y bebidas. Beatriz
tuvo que entrar y salir varias veces de la trastienda,
pero no estaba allí sino detrás de un perchero de
mimbre que había junto a la entrada.
—Mire, no sé cómo decirle que está perdiendo
su tiempo —le dijo al viajante cuando la mujer hubo
salido.
—Pero, ¿usted ha visto bien este soldado? —preguntó
él.
Ahora señalaba una banda de color azul que cruzaba
en diagonal el cuerpo del muñeco.
—El color de esta banda le da al soldado su propio
carácter e idiosincrasia —continuó el viajante—,
si usted se sienta un rato y contempla con atención
esta banda verá que tiene su importancia. Además
está pintada a mano. ¿Se da cuenta de que está pintada
a mano?
—Me da igual cómo esté pintada —dijo Beatriz—,
no veo nada de particular en esa raya.
Las dos hermanas que vivían al final de la calle
principal entraron en la tienda. Se fueron deteniendo
para mirar cada objeto que salía a su paso. Cuando
llegaron al mostrador miraron al hombre y se
quedaron en actitud de espera.
—¿Qué quieren? —dijo Beatriz.
—Podemos esperar —dijo una de ellas—, acabe
con este señor.
—Ya hemos acabado —dijo ella, pero el hombre
no se movió.
Beatriz buscó detrás del perchero la caja de
pañuelos que pedían aquellas mujeres. Pero no la
encontró. Fue y vino por la tienda hasta dar con ella
dentro de un cajón, el mismo en el que guardaba
los paraguas plegables, las gomas de colores para el
pelo y los servilleteros.
—Es usted muy insistente —dijo cuando la puerta
se hubo cerrado.
—No me iré hasta que reconozca que este soldado
de madera tiene su importancia.
Beatriz se removió inquieta, se colocó las solapas
de la blusa y sonrió. No sabía qué otra cosa podía
hacer.
—Es usted increíble, de veras que lo es, ¿qué me
decía de esa raya azul?
—El azul es símbolo de fe y de confianza —contestó
el hombre—, una persona o un soldado de
color azul es alguien que sigue fiel a sus proyectos,
nunca flaquea.
—Y que lo diga —dijo Beatriz—, me apuesto lo
que sea a que usted también es de color azul.
—Puede —dijo él.
—Hasta toma helados de ese color.
—Así es.
Un anciano con un bastón entró en la tienda y
justo a continuación entró una chica con vestido de
tirantes. El hombre se calló.
—No, continúe —le dijo Beatriz—, empiezo a
divertirme. Y, según usted, ¿qué significa el color
naranja?
—No le aconsejo ese color —contestó el hombre—,
significa asfixia y preocupación. Pero como
usted verá, no le ofrezco un soldado con una banda
pintada en color naranja. Jamás se me ocurriría
hacerlo. Son ganas de fracasar.
Beatriz se echó a reír.
—¿Y si fuera de color verde? —preguntó riendo.
—Eso es otra cosa —dijo el hombre—, el verde
es el color de la ductilidad, pero también de la
duda. Los sábados son de color verde, por ejemplo.
No sé si me comprende.
—Perfectamente —dijo el anciano—, el verde se
parece al sábado. Es un día de la semana donde uno
puede adaptarse a cualquier cosa que suceda, pero
también sufrir más dudas que ningún otro día.
Beatriz rió de nuevo.
—Véndale el soldado a este señor —le dijo al
viajante.
—No —contestó él—, es a usted a quien quiero
hacerle ese favor.
—¿Y el color rosa? —preguntó la chica del vestido
de tirantes.
—El rosa es como los martes —dijo el viajante—,
muy vehemente como para ofrecer confianza. Y la
confianza es la base de todas las cosas. Si no hay confianza
no hay vida. Por eso el mar no es rosa sino
azul y también el cielo y los helados. Los amaneceres
son de color azul y las pisadas, y el eco de todas
las voces que suenan alegres. La risa, por supuesto,
es de color azul y los pasillos que llevan a alguna
parte. La sinceridad es azul. ¿Conoce usted algún
mentiroso que recuerde a ese color?
—Imposible —dijo el anciano—, ahora que usted
lo dice, estoy seguro de que mi mujer también era
un poco azul.
Beatriz se colocó las solapas de la blusa como si
la pusieran nerviosa. Sintió de nuevo que había algo
en el mundo que estaba descuadrado. Dudó incluso
de que al otro lado de la puerta hubiese una calle
polvorienta y reseca y al final del pueblo se elevase
el desierto y los rastrojos movidos por el aire abrasador.
No sabía qué hacer, pero tenía la impresión
de que debía hacer algo. Así que cogió al gato que
se rozaba contra sus talones y lo acarició.
—¿Qué querían ustedes? —les preguntó al anciano
y a la chica.
—¿Cuánto cuesta el soldado? —preguntó la chica.
—No está disponible —dijo el viajante—, es para
ella.
Beatriz sonrió con timidez.
—Es solo para ella —repitió el hombre—, y a decir
verdad, ella hará una tontería si lo vende a su vez.
—No voy a comprarlo, de verdad —dijo Beatriz
en voz baja como si se avergonzara.
—Hará una tontería, sí, señor —dijo el anciano—,
este hombre sabe lo que hace. Se ve que es de total
confianza. Además usted tiene la tienda llena de
cachivaches, ¿qué puede estorbarle un soldado?
—Ella no quiere salir del desierto —dijo el viajante—,
sabe que si el color azul entra en su vida todo
cambiará. Tiene miedo, pero no me iré de aquí sin
convencerla. ¿Se imagina lo que sería mirar este soldado todos los días? Se acordaría de los pájaros y de
todas las cosas pequeñas, pero grandes, de este
mundo. Volvería a su infancia y recordaría sus trenzas.
Sería como escuchar de nuevo el balanceo de
los columpios.
—Tiene razón —dijo el viejo.
—Cómpreselo, Beatriz —le suplicó la chica.
Beatriz acariciaba la cabeza de su gato, tan decrépito
como el ventilador que colgaba del techo.
Aquella cabeza tenía un tacto irregular y estropajoso.
Lo dejó caer al suelo con un aire como triste y
luego sonrió tímidamente.
—No entiendo qué está pasando —dijo—, este
hombre entra en mi tienda con la sola pretensión de
volverme loca.
—Lo entiendo —dijo el viajante—, es usted de
color marrón. Es apática, desordenada y miedosa.
—Como los jueves —dijo el anciano.
—No llegará a ninguna parte si sigue así —dijo el
viajante.
—Es verdad —dijo la chica—, por favor, deje que
yo le compre el soldado.
Beatriz observó al viajante. Había bajado la cabeza
y miraba su soldado con una expresión tan pensativa
que parecía casi dolorosa. Por un instante
creyó que él claudicaría. Que le vendería aquel soldado
a la chica y saldría por la puerta, sin helado y
sin sonido de gaviotas. El pensarlo le llenó el estómago
de una cosa pesada, triste y gelatinosa.
—Está bien —dijo enrojeciendo aún más—, me
lo quedo. ¿Cuánto pide por él?
—¿Cuánto cree que cuesta? —contestó el hombre.
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—No lo hagamos más difícil, dígame cuánto
cuesta y se acabó.
—¿Quiere decir que me pagará su precio exacto?
—Sí, si me parece justo —dijo Beatriz.
El viajante le dio una cifra.
—Es excesivo —dijo ella.
—No lo es, si consideramos que no es un soldado
para ponerlo sobre el televisor y que acumule polvo,
ni tampoco para esconder detrás de un perchero.
Usted recordará siempre dónde lo ha puesto.
Beatriz tragó saliva.
—¿Por qué? —preguntó.
—Ya se lo ha dicho —dijo la chica—, porque le
ayudará a recordar cosas antiguas y felices, y a sonreír
y a soñar con el mar y los amaneceres y todo eso
de los pasillos que van a alguna parte. Este soldado
será su talismán. Y no sería exagerado decir que a
partir de aquí es seguro que su vida cambiará.
—Será como tener todos los sábados del mundo
—dijo el anciano.
—Cómpreselo, por Dios —dijo el hombre de la
farmacia que había entrado en algún momento, sin
que Beatriz se diera cuenta.
—Es increíble —dijo Beatriz casi resignada.
Beatriz se dirigió hacia la trastienda con el gato
detrás. Ahora todo el pueblo se enteraría de que
había comprado una idiotez carísima que no servía
para nada. Sería el hazmerreír. Pero no había marcha
atrás. Abrió el cajón donde guardaba el dinero
y lo contó. Después de esto se vería obligada a
cerrar la tienda, aunque no sabía por qué. Mataría al
gato antes de que se hiciese más viejo, tendría tanto
tiempo por delante que mataría las horas lavándose
el pelo y cuidándose el cutis. Se dio cuenta de que
solo estaba pensando insensateces, pero el viajante
la había trastornado con su palabrería. Nadie le
había hecho sentirse tan importante en toda su vida.
Incluso podría ser que al final aquel juguete tuviese
propiedades ocultas y maravillosas, que su franja
azul le hablase cada noche de viajes al otro lado del
desierto.
Regresó a la tienda. Todos la miraban en silencio,
como si estuviese a punto de producirse un hecho
portentoso, de cerrarse un trato irrepetible.
El viajante extendió la palma de la mano y Beatriz
depositó allí su dinero. Sentía que estaba a
punto de echarse a llorar.
—Es usted peligroso —le dijo—, no vuelva por
aquí, por favor.
—No lo haré —dijo el viajante—, de eso puede
estar completamente segura.
Beatriz vio cómo el hombre recogía su maletín,
se abría paso entre la clientela, levantaba una mano
a modo de despedida y salía hacia la calle canturreando.
La tienda se quedó vacía sin él.
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