Corriente alterna
 


Hoy me he tirado a mi mujer y eso que la maté hace mucho tiempo, tanto que ni me acuerdo. Como se entere mi madre de que he vuelto con Úrsula la tenemos. Si lo sabré yo. Porque mamá y Úrsula se llevaban a matar. Eso se nota y yo me di cuenta enseguida con el tema gayumbos. Qué feliz era yo cuando Úrsula me quería y mi madre me lavaba los calzoncillos a mano, como Dios manda. Por aquella época ya existían lavadoras, por supuesto, pero mamá decía que era necesario restregarlos contra la tabla, pues quieras que no, si antes no los frotas bien, siempre queda algún rodal. No le faltaba razón. A los gayumbos hay que darles siempre un agua con lejía, porque si no conservan esa mancha de la orina, de la última gota, que, es verdad, a simple vista, no se ve, pero si uno se fija, vaya si se nota. Úrsula nunca tuvo ese gesto, que a todos los hombres nos gusta, de que nos mimen los calzoncillos. Con decir que jamás los planchó está todo dicho.

Oye, qué tal si así, de extranjis, me traes un poquito de coñac. Venga, hombre, que todos somos hijos de Dios y, como dijo Nostradamus, hoy por ti, mañana por mí. Nadie se dará cuenta, ni siquiera el doctor Cortezo, que cada vez que me mira adivina lo que estoy pensando. Francisco, me dice, no mire para otro lado y descríbame a su mujer. Y vuelta a contar lo mismo.

Úrsula, la muy puta, se ha juntado con un tío que le saca quince años y que le ha descubierto el mundo del sexo, tiene huevos la cosa, como si para meterla hubiera que montar una expedición a los Andes e instalar un campamento-base. Cuando vivíamos en aquel pisito de la calle Atocha, cerca del Scalextric, Úrsula ya gastaba unos aires un poco de marquesona. Cuchitril, lo llamaba. ¡Mal nacida! De sólo pensarlo me vuelven los aguijonazos al riñón. Mi riñón debe de estar hecho una piltrafa. Qué cosas más raras se le ocurren a uno. Con todo lo zorra que es mi mujer, en el fondo es buena persona. Durante mucho tiempo, cuando estábamos incluso separados, llamaba todas las semanas por teléfono, ¿te has tomado las pastillas?, ¿te relajan las caminatas por el campo? Sí, cariño, le decía. Y mamá: ¡Cuídate de las pelanduscas! Entonces yo, que ya había recapacitado, le colgaba. ¡Pues no soy yo burro cuando quiero!

Si no es por mamá nunca me hubiera tomado las pastillas. Ella siempre se acordaba. A mí se me olvida si me las he tragado o no. Si por mí fuera me las tomaría dos veces, por si acaso. Aunque luego me pasaría como ahora, que estoy atontado y me digo, ¡coño!, si pudiera pillar un café con un poquito de coñac, que a mí el coñac me espabila un montón. Y como aquí son unos ratas que no te dan ni la hora, pues pasa lo que pasa, que uno, para estar despierto, se tiene que comer los pellejos de los dedos, que a mí es lo único que me mantiene distraído. Después de despellejarme los dedos, que míralos, parecen muñones, me amodorro en la silla y cuando me quiero dar cuenta llevo ya varias horas durmiendo y de la boca me cuelga un hilillo de saliva. Sólo consigo despertarme cuando mandan llamar para ir a comer y se oye el ruido de las bandejas y se aspira el olor a sopa con garbanzos y vamos como hormiguitas, uno detrás de otro, a llenar la barriga.

Luego me entra esa modorra de después de comer y veo a la gente dando vueltas en torno al patio, y todos parecen los caballitos de un tiovivo descuajaringado.

Soy como los niños, que cuando se quedan fritos se les cae la baba. Menuda pinta se me pone cuando me quedo traspuesto. A Úrsula al principio le hacía gracia, estás clavadito a Jack Nicholson, y la verdad es que con los pelos de punta de recién levantado y lo bien que se me da poner los ojos en blanco debía de ser su puro retrato. Una vez, para seguir con la broma, saqué de la caja de las herramientas un rollo de cable y me coloqué en las sienes, la coronilla, la frente, que sé yo, en todo el cogote, un montón de alambres pegados con cinta aislante, como si me fueran a dar una descarga de esas que le metían al pobre Jack, y así, con esa facha y en pelotas, me planté delante de Úrsula. Yo creía que se moría de risa. Ay, que me parto, y ella se agarraba la tripa como si se fuera a descoyuntar de las carcajadas. Espera que te hago una foto. Y me hizo un retrato de cuerpo entero con los huevos al aire. Y es que la tía se mondaba con mis numeritos. Si encima me desnudaba a la mínima de cambio ya era el despiporre. Oye, tráeme las pinzas de la ropa, y yo me presentaba en cueros y aparecía con el cipote como un tendedero. Uf, cómo dolía. Cuando vino el niño ya me tuve que cortar.

Pero no te equivoques, ni tú ni nadie, yo soy un tío serio, un currante. Nada más empezar a salir con Úrsula me apunté a una academia para aprender electrónica e hice mis proyectos. En cambio ella, que siempre ha ido a lo suyo, la muy egoísta, siguió con los estudios de cosas raras e inútiles. Pero yo vi dónde estaba el negocio. Me dedicaría primero a las chapuzas y después, si todo iba sobre ruedas, montaría mi propio taller. Televisores, radios, carteles luminosos, tocadiscos, en fin, los cacharros de la gente con clase. Ya sé que ahora existen los ordenadores, pero a mí me la refaflinflan. Lo que da y seguirá dando dinero son los transistores.

A Úrsula, que siempre ha sido una envidiosa, le dieron celos y a los dos años se matriculó en Clásicas, no había otra cosa, no, ¡Clásicas! ¡Hostias!, me sentó como un tiro. Si hubiera elegido ser matrona hasta me habría aguantado. No nos engañemos, una chica rodeada siempre de tíos, por muy clásicos que sean, es para mosquearse. Un día curioseé a escondidas uno de sus libros, unos tochos sin dibujos que no tenían nada que ver con lo mío. Y digo que es para mosquearse porque Úrsula siempre estaba con los dioses griegos arriba y abajo, y eso no es plan, porque dime tú qué religión es esa en la que los jesucristos, y los santos, y los ángeles andan restregando la cebolleta todo el día. Que no me jodan, yo eso no lo veo serio. Como ahora somos todos muy modernos, hacemos una carrera para estudiar en la Universidad los polvos que echaban los santos. Llego yo a decir algo así en el colegio y los curas me corren a hostias. Vamos, que la gente es capaz de inventar cualquier tontería con tal comer el coño a las titis. Panda cabrones, querían follarse a Úrsula y ella no se daba cuenta.

Anda, majete, ¿por qué no te enrollas y me traes una pizca de Soberano? Pídeme lo que quieras. ¿Necesitas una radio? Yo te puedo conseguir una. Pide por esa boquita y deja ya esa cara de sieso, que se te pone aún más cara de carcelero. Nada de mariconadas, que os conozco a todos como si os hubiera parido. Oyes, intentas ser amable con la gente y lo primero que te dicen es que te pongas de espaldas mirando a Murcia. Y claro, uno ya está harto de alzar el culo y aplastar la cara contra el almohadón.

Aquí por ahora me he librado de poner el culo, aunque, claro, también he tenido que pagar otro tipo de peaje, porque el Manco, con sus malas artes, al final consiguió lo que quería. Yo aguanté hasta dónde pude, pero esa bestia no paraba de acosarme y no tuve más remedio que chupársela. Tú sabes que la gente mala se sale siempre con la suya. Sabes que yo soy un buen chico y que a mí las mariconadas no me van. Lo sabes de sobra. Por eso espero que no me lo tengas en cuenta y no te vayas de la lengua. Te lo cuento a ti porque con alguien me tengo que desahogar.




© Antonio Paniagua. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.