 |
De la casa del padre |
|
 |
 |
| |
Para descargar el primer capítulo en PDF, haz clic aquí> Hay un poema de Gabriel Aresti que dice así:
Defenderé la casa de mi padre. Contra los lobos, contra
la sequía, contra la usura, contra la justicia,
defenderé la casa de mi padre. Perderé los ganados,
los huertos, los pinares; perderé los intereses, las rentas,
los dividendos, pero defenderé la casa de mi
padre. Me quitarán las armas y con las manos defenderé
la casa de mi padre; me cortarán las manos y
con los brazos defenderé la casa de mi padre; me
dejarán sin brazos, sin hombros y sin pechos, y con el
alma defenderé la casa de mi padre. Me moriré, se
perderá mi alma, se perderá mi prole, pero la casa de
mi padre seguirá en pie.
Es su poema más famoso. Aparece en todas las
antologías de poesía vasca actual y también en numerosos
libros de texto de lengua castellana si se quiere
presentar un ejemplo contundente de composición en
euskara. Imagino que los prejuicios de los seleccionadores
encuentran en él las virtudes reivindicativas de
lo que se entiende como mitología euskaldún, además
de la útil sencillez léxica. Pero a mí este poema me
duele sin retóricas. Porque, como tantos otros de mi
generación, intenté habitarlo cuando me costó comprender
dónde estaba yo exactamente. Y no salimos
bien parados, creo ahora.
Éramos adolescentes en la época en que murió
Franco. Todo cambiaba, o lo parecía, y se nos echaban
encima el tiempo y la oportunidad para poner el
mundo del revés, y estar a la altura de la revuelta, por
supuesto. La primera decisión significaba defender esa
casa de un padre que no era el nuestro realmente,
pero nos convenía. Necesitábamos una causa justa a la
que entregarnos. La patria vasca había sido sometida
al rigor de los lobos, la sequía, la usura y el poder
indigno al que todavía no llamábamos forastero con
suficiente convicción. Arrojábamos piedras en las
manifestaciones, acudíamos a los conciertos de los
cantautores en medio del calor tribal, aprendíamos
euskara a trompicones, rebañábamos la nomenclatura
más cáustica de las asambleas, nos encartelábamos y
lucíamos ikurriñas, reprochábamos a nuestras familias
su conformismo tan barnizado de miedo. Eso es;
sobre todo no podíamos soportar la mansedumbre del
padre auténtico, que acudía a la fábrica como si no
creyera en la metamorfosis, tal vez incapaz ya de
transformarse, incluso rezongando porque las huelgas
se hacían demasiado frecuentes. Teníamos al enemigo
en casa, no valía la pena disfrazarlo de conflicto generacional:
había que mudarse a la otra casa, la del
padre elegido, mártir y contestatario.
Crecimos con el barrio, en la parte nueva del río, el
lugar al que llamaban en broma Recaldebarro, porque
era lo único que abundaba de verdad, en competencia
con la basura, los talleres, las casas a medias y las ratas.
Decir casas a medias incluye que nunca se daban por
terminadas y se compartían con los paisanos de la
inmigración y de la necesidad. Mi madre también ofició
de patrona, lo que significa que alquilaba habitaciones a huéspedes tristes a los que se les iba el hogar
de entre las manos. Solo recuerdo a uno, un cántabro
que parecía recién sacado del fondo de una cantera,
con el añadido de unos rizos rubios como virutas. En
realidad me acuerdo de él porque me envió una postal
cuando regresó a su tierra. Era una imagen de la
playa de Laredo, una escena de pesca de unos bichos
descomunales, sin decidirse entre la ballena y el tiburón,
un despropósito que buscaba extinguirse en esta
parte del mundo. Eso ya no importa. Me sorprende
todavía que un hombre de paso sintiera afecto por el
niño algodonoso que fui.
Un niño repelente. Encofrado según las enciclopedias
educativas del régimen, con el alma hinchada de
primera comunión, dispuesto a la santidad bajo cualquier
excusa, las sensaciones distorsionadas por un filtro
obstinadamente religioso. Reducía mi alrededor a lo
bueno y lo malo, la virtud y el pecado, sin matices, y
nada como un barrio obrero para administrar penitencias
y asquearse con las babas del diablo. Los ángeles
habitaban lejos, en el centro de la ciudad o en la margen
derecha de la ría, vigilando que nadie se saliera de
su sitio, escogiendo a quienes podrían purgarse de su
miseria y abandonar el suburbio. Tal vez niños aplicados,
cariñosísimos y repelentes como yo, que alababa
a dios cuando algún hombre dolorido, harto, blasfemaba
por rutina o con una concentración rencorosa. Un
pederasta no me hubiese hecho más daño que ese
catolicismo de lavativa usada, deplorable.
Sobraban niños en el barrio. Aunque las parejas de
inmigrantes, como mis padres, habían aprendido que dios, en su omnipotencia, se preocupaba poco de la
economía familiar, entregaba hijos al menor descuido
y había, por tanto, que ponerle difícil la generosidad,
los niños corríamos a puñados por las plazas de gravilla,
las escombreras y la caricatura del bosque en
retroceso, con pocos hermanos, eso sí, pero rodeados
de los de los vecinos que se habían hartado del pueblo,
de los veraneantes que andaban todo el mes de
agosto exhibiéndose con las cámaras fotográficas, los
aparatos de radio y un asombro reducido por los grandes
prodigios que solían verse en la ciudad. Así que la
parte nueva del río era un hervidero de gente que se
saludaba o se gruñía en numerosos y diversos acentos.
Con cierta frecuencia sucedía un accidente en la
fábrica o en la obra, un hueco en el hacinamiento vertical
para otro forastero que se traía también el olor a
vaca y lo embadurnaba de grasa, de goma quemada y
de hollín en el primer día de trabajo. Donde realmente
se podía impedir que el suburbio se desbordase era
en la cifra de los niños. Algo semejante a la selección
natural de un barrio inflamado debió de repartir charcas
que succionaban a los incautos, abismos sin
barandillas e interminables caravanas de camiones
que, al revés de lo esperado, jugaban como mastodontes
con los cuerpos pequeños que alcanzasen. Aquélla
era una extraña paz de nombres que no cuentan,
los muertos por la despreocupación en el lugar creciente,
de cualquier modo, y ni una señal que indicara,
salvo en el murmullo, el sitio de la desgracia.
Campa del Ahogado, calle del Derrumbe, cruce del
Atropello...
Un atropello fue lo que originó la primera manifestación.
Una niña del colegio de las monjas había sido arrollada por un trolebús. Después del funeral los
vecinos se juntaron para pedir de nuevo un semáforo,
lo habían pedido tantas veces, al menos algún paso de
cebra porque sumando los muertos empezaban a
merecérselo. Esa tarde no estaban dispuestos a marcharse
sin una solución, a pesar de los avisos, de las
amenazas, de las sirenas de la policía, de los megáfonos
que distorsionaban las voces hasta hacerlas menos
humanas que sus gritos, las órdenes que suenan a
detonación, a tubo de escape que desahoga mal. Cuando
cargaron los antidisturbios, se rasgó la decoración
de fraude que se sostenía a duras penas en el barrio.
Cristaleras rotas, coches abollados, farolas derribadas,
tiestos y bombonas de butano arrojados desde los balcones
sobre las furgonetas donde se parapetaban los
agentes. Yo nunca había visto tanta agresividad en
movimiento y me di cuenta de que la violencia poseía
una fascinación casi absoluta y más aún cuando se
desbocaba en un acto de justicia, como en las mejores
películas y los héroes inolvidables. No guarda ninguna
relación con la casa del padre porque ni la idea ni
el poema existían entonces. Pero, custodiado por
adultos que temían esos estallidos, el susto de las
peleas, los desgarros de las buenas causas, empezaba
a sentirme huérfano. Y ésa es una soledad que pronto
empuja hacia las hogueras que ardan con más fuerza,
el hambre en viceversa del fuego.
Tampoco me libré de la suerte de las trincheras.
Una mañana, mientras me divertía rompiendo botellas
en un vertedero reciente, me fui de bruces por el
muro abajo. Los hierros oxidados que sobresalían del
cemento me rajaron los muslos al caer. Recuerdo que
me precipité lentamente, la realidad embutida en un sueño de horror. Todo el suelo se me vino a la cabeza
de un solo golpe, la manzana que se desprendió
para servirle de ejemplo a la ley de la gravedad, qué
raras sonaban mis heridas en la urgencia y el ayayay
de los otros. En el cuarto de socorro vi a un hombre
sin manos, con los muñones vendados de forma impecable;
una mujer de su misma edad y mayor dolor le
sostenía el cigarrillo y se lo acercaba a los labios cuando
quería fumar. Yo ya había asistido a esa escena en
el cine del barrio, pero sucedía después de que los
aviones enemigos bombardearan el barco del protagonista.
¿Estábamos en guerra y a mi alrededor todos
disimulaban? Era en accidentes como el mío, en lo
extraordinario, donde se podía mirar hacia fuera por
el roto y vislumbrar que el caldo hervía, pero unos y
otros ignorábamos qué ingrediente nos tocaría ser
cuando se rompiera la bolsa. Durante mucho tiempo,
sin embargo, creí que mi malestar procedía del interior,
del cuerpo y la mente dilatándose entre las cosas
que no daban la talla. Las cicatrices desaparecieron de
la carne. La memoria conservó la imagen del obrero
mutilado, sus muñones y su silencio.
Si uno permanecía despierto por la noche en las
ventanas de la parte nueva del río, observaba que las
ratas acudían con la oscuridad y husmeaban cada rincón
en el que nosotros habíamos depositado un instante.
Quizá ellas nos reconocían y clasificaban. Los
olores de la gente del barrio no podían contener
demasiada complejidad. De hecho siempre abandonaban
nuestro rastro y escogían los desperdicios que
tampoco nos dejaban en buen lugar. También abundaban
los borrachos; a veces sus mujeres venían a
recogerlos y se pegaban en plena calle hasta que alguien detenía la pelea y los gritos con un cubo de
agua. No hacía falta salir a la ventana para escuchar
discusiones terribles. Los tabiques entre los pisos eran
muy endebles y las voces traspasaban con facilidad el
obstáculo de polvo de ladrillo y papel prensado.
Todas las disputas se parecían, no necesitaba atender a
las del otro lado, en mi propia casa las broncas comenzaban
en una actitud de desgarro: mis padres habían
obedecido ciegamente a los suyos y exigían un comportamiento
idéntico de nosotros. Pero para lograrlo no
tendrían que habernos concebido en un territorio que
no era el suyo. Estaban descolocados. Cada hogar vivía
con un tajo en medio, la frontera surgida de la parte
nueva del río. Se deslomaban en faenas tremendas
como castigos mitológicos, ahorraban hasta perder el
tacto del dinero en la yema de los dedos, se imponían
una subsistencia feroz, y tanto sacrificio por un solo
deseo. El Deseo. Ofrecernos la oportunidad de estudiar
para que escapáramos de la fábrica. Su vida pulverizada
con el propósito de que cumpliésemos con el
ansia que ellos habían forjado y pulido. Lo único que
les redimía. Nuestra fuga hacia la universidad, directos
a engrosar los grupos de élite que disfrutaban del
mundo. «Siempre habrá ricos y pobres», era la sanción,
y únicamente los idiotas, o los que carecían de una
familia con el Deseo, se quedaban en el platillo miserable
de la balanza. Pero nosotros repudiábamos también
ese determinismo de la buena voluntad. Habíamos
nacido en tierra de nadie ¿no era ésta la señal de que
nos preparábamos para convertirnos en héroes? Suspirábamos
por la tragedia, y las madres se rasgaban las
vestiduras en el coro. La cautela de los invertebrados.
Cuando se delataba la fiera en uno mismo, cómo sentirse
a gusto entre los corderos. Todo ese coraje que
nos proporcionaba la insatisfacción, la desvergüenza de quien se empeña en avanzar, en qué épica hallaría
su honor.
Desarrollé unos músculos imponentes en las piernas
(con las anchas líneas de mi caída en los muslos)
y no se debió a la afición de caminar los montes próximos.
Desde muy pequeño me obligaban mis padres
a acompañarlos en sus paseos de las tardes de los
domingos por el centro de la ciudad. Vestíamos nuestras
mejores ropas, que no bastaban para disimular de
dónde llegábamos, y recorríamos durante horas las
calles adornadas con milagrosos (desmentían cualquier
realidad) comercios. A mis padres les encantaba
contemplar los escaparates de las tiendas, hablaban
sobre los artículos en venta, los envidiaban de una
manera sana, es decir, se satisfacían con admirarlos,
muy respetuosos con la propiedad privada y sus condiciones
de limitarse a vivir con lo más preciso, luego
pasaban a otra vitrina y repetían la ceremonia de obedientes
desposeídos. Al final de la expedición a través
de los espejismos, entrábamos en una bodega atestada
de fútbol y comíamos un pincho de chorizo y una bolsa
de patatas fritas, todo el lujo de la fiesta. Por la noche
me costaba dormirme, tenía el domingo incrustado en
las piernas, un dolor de territorio por el que se cruza,
no se te permite habitarlo, nómada siempre delante de
las cosas que te gustaría poseer. Aquélla era la prueba
de que no toda la humanidad había sido expulsada del
paraíso. Tal vez mi bondad católica —rentable a muy
largo plazo— empezaba a resquebrajarse. No alcanzaba
a repelerme Caín, y, en cambio, debía realizar un
esfuerzo enorme para lamentarme por el asesinato de
Abel. Uno entiende que se pueda sufrir, pero se
soporta mal cuando alguien junto a ti se lleva el éxito, la recompensa, los honores. Caín habría hallado su
sitio, sin duda, en la parte nueva del río.
También yo tenía un hermano. El único y el mayor
con seis años de diferencia, lo que nos había distanciado
irremediablemente. Habría podido salvarme de
mi atracción por la santidad, pues había descubierto
pronto el placer de negarse a lo establecido, pero estaba
siempre ocupado con su pandilla del barrio, un
grupo de desbordados que desahogaba su agresividad
en peleas de fin de semana. Se citaban con bandas de
otros suburbios en el centro de la ciudad y descomponían
el espacio intocable en un momento; se pegaban
con cadenas, barras y palos, solían evitar las navajas,
y todo sucedía en unos minutos, se dispersaban antes
de que acudiera la policía. A mí me fascinaban los
moratones, el labio partido, la nariz sangrante con que
introducía el desorden en nuestra casa. Sin él las habitaciones
guardaban la densidad de lo inmóvil, como el
aire de una cripta. Incluso conseguía descontrolar a mi
madre que le llamaba quinqui, indeseable, desgraciado,
cafre y acababa golpeando la mesa porque carecía
de insultos suficientes con los que envolver a su hijo
ahora mudo y apaleado como un cristo. Mi padre no
decía nada, le miraba con desprecio, se había cansado
de discutir con él durante años, lo consideraba un
inútil. A veces no le dejaba entrar; entonces el plato
vacío era un reproche a alguna permisividad, el primogénito
consentido, y yo intuía que me enviaban un
mensaje sin réplica: «Ya sabía a quién no tenía que
parecerme».
Los seis años de diferencia le proporcionaban cierta
autoridad a la hora de hablar del barrio. Mi concepto
de la miseria allí resultaba amable si se comparaba con lo que él había presenciado. Había nacido a tiempo,
y con curiosidad, para descubrir el tercer mundo
a su alrededor. Los ojos sin venda. Nuestros padres, en
cambio, habían optado por mantenerse ciegos, empotrados
en su grieta de mínima comodidad como esos
armarios de chapa que solo se abrían una o dos veces
cada lustro (el periodo de almacenar el lujo de algo
inservible) con cuidado extremo, para que no se rompieran
el picaporte o las bisagras. Admiraban la fortuna
del agua corriente, el prodigio de la luz eléctrica, y
temían que una palabra fuera de lugar quebrara esa
suerte, de nuevo expulsados a la sombra de las velas
y a las colas interminables en los caños de las fuentes
públicas. Y justo ahí esperaba mi hermano su ocasión,
quizá por resentimiento, en la imagen de los niños
desnudos y descalzos, con las barrigas hinchadas por
la desnutrición, entre las chabolas del Monte Caramelo.
Un laboratorio de pobreza real al que acudían, disfrazadas
de pajes de los reyes magos, las muñequitas
rubias y pálidas de la margen derecha, con sus risueñas
monjitas, felices porque tenían la oportunidad de
ejercer sus habilidades caritativas tan cerca, sin el agobio
de desplazarse a otro continente lleno de mosquitos,
olores impronunciables y parias de un color
menos correcto. Un barrio bien situado, en primera
línea de necesidad, mano de obra barata y un subdesarrollo
doméstico donde practicar el juego del limosneo,
apenas entorpecido por un par de revoltosos,
algún comunista a causa de su torpeza que a menudo
era convenientemente señalado por los propios vecinos.
Nuestros padres soñaban con el portento ¿no
alcanzaría un hijo suyo el don de cruzar la Ría y convertirse
en una persona de provecho, al otro lado, con
el óbolo en la boca, apreciado y redimido del origen?
Pero todo esto sonaba al despecho de mi hermano, el primogénito de las frustraciones que no valía para
estudiar y despreciaba lo que nunca podría obtener,
había moraleja en sus renuncias y rencores. ¿Cómo
creer, además, que un nombre tan hermoso, tan de
cuento revelador, como Monte Caramelo guardara
dentro una escena de país de hambruna y dóciles
desesperados que solo se lamentaban en murmullos,
sin estorbar? Mi hermano era un mentiroso inevitable,
que no dudó en falsificar la edad para embarcarse,
huir, abandonarme. A solas con el Deseo, obligado a
reparar sus equivocaciones, a conseguir el doble de lo
propuesto, bajo estrecha vigilancia, porque él había
defraudado las ilusiones, entonces todavía moderadas,
de nuestros padres. No sé si era un auténtico idiota o
había decidido adiestrarme en una amargura temprana:
cuando tocaba puerto, solía enviarme una postal
de lugares extraordinarios y, en el reverso, me relataba
una vida que hería como una traición. Me besaba
y me vendía, debió de ser lo único que aprendió del
evangelio. Entre carta y carta, mi madre exigía las lecciones
de memoria (dos o tres hojas terribles, llenas
de palabras que se reproducían y escapaban como mi
hermano), debajo de la bombilla fluorescente, con el
olor a carbón y a chicharro frito, un fondo de rosario
recitado en la radio, dedos de lluvia en los cristales,
una barrera de ventanas idénticas donde ocurría la
misma tristeza, igual grasa de pescado, las cuentas del
rezo que no se terminaban nunca, aquella puñetera
eternidad de lo que debía hacerse, el horror a que
algo se alterara, sin remedio, sin pecado concebida,
sinsorgos de posguerra tardía. |
|
|
© López Hidalgo. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
|