Desnudando a Barbie
 

Para descargar el capítulo en PDF, haz clic aquí

Martes, 9 de diciembre

Mateo escucha las llaves en la cerradura sentado en la cama de la niña que reposa encaramada en sus piernas. La puerta de la calle se abre, se cierra, Mateo la oye y sigue leyendo en voz alta los folios grapados que tiene en una mano mientras que con los dedos de la otra ensortija el pelo de Julieta. Qué más da que suene una puerta, se dice Mateo, qué importancia puede tener una puerta. No es nada salvo el redoble metálico del engranaje de la cerradura, un chirrido de bisagras, un golpe seco que ha interrumpido por un momento el discurrir pausado de su voz, sonidos que se introducen en su relato como el rumor del viento, como el crujido de la hierba seca bajo los pasos del ogro, como la risa del duende. Mateo sigue leyendo, no se levanta ni va en busca de su mujer que adivina dejando las llaves sobre la repisa del espejo de la entrada, sino que mira a la otra niña, a la que está sentada sobre sus pies descalzos, como los indios, y lleva el pijama salpicado de aviones. Mira sus ojos redondos y negros que no parpadean y le ordenan, sigue leyendo papá, qué importancia tiene una puerta. Así que Mateo hilvana palabras, engola la voz cuando habla el ogro furioso, la rechina para regalársela al duende de plástico. Duendes de plástico, qué tontería, se dice Mateo mientras se recuerda a sí mismo unos días atrás, en la buhardilla, escribiendo el cuento en el ordenador.
Elena sube las escaleras, escucha Mateo el redoble lento de sus zapatos. Julieta, la niña que está ovillada en sus piernas, se duerme. Mateo aprovecha un punto del texto para mirarla, y envidia ese dormir incómodo de cabeza en cualquier parte, el dormir de cuando era niño y que sin avisar apagaba la luz del mundo. Imagina Mateo que la niña lucha contra el sueño, como si tuviera que interrumpir los sueños de ogros y de duendes y de madres que llegan tarde, y ve que Julieta abre los ojos un instante minúsculo, un momento de vista nublada para dejar caer sus párpados de nuevo, sin remedio. Supone Mateo que la niña no sabe cómo hacer para que su voz no se le distorsione, que no se altere volumen y modulación dentro de su cráneo pequeño, que no se convierta, el cuento, en el arrullo del sueño. Por eso, adivina Mateo, en un último arrebato de vigilia mantiene sus ojos exageradamente abiertos y dice: mamá ya está aquí. Mateo puede notar entonces, quizá por la posición de los hombros respecto al cuello, quizá por el esfuerzo de los ojos por abrirse sin pestañear siquiera, que Clara, su hija mayor, la que está sentada como los indios, tensa su cuerpo, que los aviones de su pijama planean en vuelo mudo para mantener la pose, no desdibujar la escena. Pero no lo consigue. Percibe Mateo que la voz de Julieta se ha enquistado en el aire y se enreda con la voz de los personajes de su cuento, restándoles credibilidad. Mamá ya está aquí: las letras de esa frase están tatuadas en el ambiente, y la voz de la niña dormida que las pronunció se torna imperativa y provoca que Mateo lea con prisa, sin gracia, que sus cuerdas vocales no recuerden cómo articulaban la voz hace no más de dos minutos. Qué importancia tiene una puerta, se enfada Mateo con su voz acelerada, qué son unos zapatos que suben escaleras. Pero los zapatos de Elena suenan a presente, a ahora, a ya. La puerta del cuarto se abre: se escapan los duendes, los ogros y las palabras dibujadas por la voz de la niña que se duerme.
¿Pero cómo? ¿Todavía despiertas?, pregunta Elena en susurros, como si no pudiese acostumbrarse tan rápido a la percepción visual de la escena, como si viniera de las tinieblas y en la habitación estuviera metido el sol de la mañana. Nadie responde. Mateo comprueba que la magia de las historias narradas se puede esfumar de golpe, que Elena puede hacerla desaparecer con su voz susurrante que grita, pero que siempre la sustituye, al menos durante unos segundos, el silencio. Elena los besa. A Clara primero. Después imprime un beso apretado y seco a Mateo, que le hace sentir urgencia por tomarse una cerveza fría. Por último Elena se agacha, Mateo observa que no cabe toda la carne de su cintura dentro de la tela recia del pantalón cuando se dobla, y deduce que por eso se rinde y deja caer un beso en el aire para Julieta, que se enrosca dormida, como si hubiera sentido el roce del beso de su madre.
Qué día llevo, Dios, qué día, habla Elena, ya sin susurros, y le pregunta a Clara qué tal le ha ido en el colegio. Mateo mira a la niña y ve duendes verdes enfadados y de sonrisa larga y afilada en las palabras que dice: bien mamá, bien. ¿Solo bien?, insiste Elena. La niña no responde, alza los hombros en un gesto que significa qué más puedo decir, y Mateo piensa, solo bien es lo mismo que qué día llevo, Dios, qué día, y lo mismo que buenos días las mañanas de los domingos. Mera transferencia de información, despliegue elemental de buenas maneras. Bueno, ya veo que no estás muy comunicativa hoy, hija, dice Elena, y Mateo mira cómo sale por la puerta, mira su espalda cada día más rectangular, sus caderas sometidas al rigor de las pinzas del pantalón, su cintura estrecha dibujada por una correa fina de piel escamada. Ya cierra la puerta, ya solo queda la cadencia de sus zapatos alejándose por el pasillo, ya puede adivinar Mateo que entra en su habitación. Sin embargo su esencia se ha quedado dentro del cuarto, siente Mateo que el cuerpo pequeño de su mujer tiene la capacidad de colmar con su presencia cualquier estancia, empachándola, que su discurso rápido genera velocidad en las moléculas de la materia que la rodea, y le corre por dentro a Mateo ese acelerar, ese manto de prisa, como si le subiera la fiebre. Cuando Elena está las secuencias de la vida parecen programadas para ser la antesala de la siguiente, juzga Mateo, nada es digno de pararse y respirar. Elena tiene el mal de la prisa, Mateo mira a su alrededor y es consciente de que su mujer ya no está en el cuarto, pero también percibe, aunque no sabe exactamente por qué, que la escena ha quedado descabalada, los tres esparcidos sobre la cama de Julieta han quedado vistos desde arriba, Julieta se da ahora la vuelta, Clara también descompone la postura. Se le habrán dormido los pies. Cuando era pequeño y me sentaba como Clara, recuerda Mateo, como los indios, en la silla de la mesa de la cocina mientras mamá pelaba patatas y yo cantaba la tabla de multiplicar, se me dormían siempre los pies. Mateo carraspea e intenta olvidarse de lo que recuerda y trata de continuar la lectura, pero no sabe por dónde iba. Reordena los folios. El duende de plástico se escapa del libro en el que vive y rompe papeles escritos por su amo, le ayuda Clara. Y lee, Mateo. Vuelve a leer, aunque ahora los peluches que descansan ahorcados en las paredes se han hecho visibles, ahora están todos, también el sacapuntas sobre la mesa, la papelera, el tictac del reloj, las barbies amontonadas en las estanterías. No puedo, se dice Mateo, no puedo seguir leyendo, se dice mientras lee y mira los ojos ansiosos de Clara. Adivina a su mujer desvistiéndose, trata de llevar la cuenta de sus pasos. Hay un duende que ríe risas sabihondas y Elena se quita el pantalón sentada en el borde de la cama, hay un ogro que aparece detrás de un árbol y Elena se desabotona la camisa, hay un silencio y una carrera del duende y unos libros desparramados por el suelo y un ogro que brama, ¡quién anda ahí!, mientras Elena, la Elena que vive ahora en la cabeza de Mateo, esparce su ropa por el suelo, se embelesa con la imagen del espejo, coloca su cara muy cerca de su rostro reflejado, se observa las arrugas a ambos lados de la sonrisa que finge. Eso hace la Elena que imagina Mateo cuando el duende llega a una seta y el ogro casi la pisa, y esa visión saca a Mateo del cuento, que aprovecha un punto y seguido para voltear los folios que tiene en la mano y anunciarle a Clara que por hoy se acabó la lectura. La niña protesta, dice que siempre le hace lo mismo, que nunca lee los finales de los cuentos. Mateo escucha la voz de Clara y le parece que la niña no ha aprendido a entonarla con el tono chirriante de los niños que no están dispuestos de ninguna manera a dejarse vencer, y se siente culpable porque es consciente de que se aprovecha de que Clara nunca ha sabido enrabietarse como los otros niños, y quiere decirle, mañana te leo el final, te lo prometo, pero se queda en un simple, mañana. Sabe que mañana no leerá el final del cuento. Es probable que no termine de escribirlo. Sin que pase nada. Sin que aviones de caza sobrevuelen la cocina, sin que se agriete el suelo y arañas negras emerjan dispuestas a devorar la ciudad.
Se levanta Mateo apoyando la mano en los folios que se arrugan. La cabeza de Julieta cae desplomada en la cama, le dice a Clara, a dormir ya, que es muy tarde. Solo quiere ver a Elena, hablar con ella, desde que escuchó la puerta no piensa en otra cosa que no sea en escapar de la habitación. Clara se levanta, camina despacio, Mateo se siente aliviado cuando escucha que la niña entra en el baño y la tapa del váter choca contra la loza de la cisterna. Por qué, se pregunta Mateo, de dónde sale la prisa, quién es Elena, por qué corre si ella nunca está, si su voz no suena dentro del ruido de sus días, a qué viene ahora esta urgencia por coger a Julieta en volandas y colocarla bien, con la cabeza centrada en la almohada. Porque es otra persona que no soy yo, quizá, se dice, mientras tapa a la niña. Porque he estado todo el día solo a tres, solo con me vas a romper la muñeca y papá no me sale el problema y el Correcaminos y Blancanieves y nunca nos llevas al parque y la sopa está caliente. La soledad es incómoda con niños y sopas de sobre, se dice, mientras cierra la puerta del cuarto de Julieta y entra en el de Clara, que está sentada en su cama, se le antoja a Mateo una niña simétrica a la que antes escuchaba el cuento, siguen sus pies descalzos y los ojos puestos en duendes de plástico que se esconden detrás de las setas que pisan los ogros. Acuéstate, le ordena Mateo, que juzga su voz inopinadamente autoritaria. Quiere estar con su mujer, eso es todo, se dice. Algo habrá que contarse, algo de piel tendrá que pueda rozar con la suya. Por eso se mueve a trompicones, se justifica, por eso trata de disimular ante Clara su vehemente necesidad de abandonarla, por eso introduce con energía la manta debajo del colchón, porque quiere dejarla ya de una vez por todas atrapada por las sábanas. Mañana te cuento el final, te lo prometo. Lo ha dicho. Te lo prometo. Te prometo que mañana no habrá arañas negras que vengan a devorar la ciudad. La niña sonríe y Mateo alterna movimientos delicados y besos suaves en el pelo con palabras que le salen de la boca ruidosas, imperativas: apaga la luz, por ejemplo, hasta mañana, también. Mateo cambiaría la inflexión de su voz, se tragaría las palabras y las devolvería al aire con tono cariñoso, pero se da cuenta cuando ya es tarde, cuando ya las palabras están fuera del alcance de su boca. Su voz está harta de escucharse en este día, eso es todo. Necesita cerrar las puertas de los cuartos de sus hijas y que desaparezcan los osos de peluche y los duendes de plástico y los besos en el pelo y encontrar a Elena, solo verla, descansar quizá los dos un rato en el sofá, encender la televisión, enredar sus piernas con las de ella. Comentar algo. Cualquier cosa. O no. Repartir el silencio. Pero cierra las puertas e imagina, antes de echar a andar, a las niñas, el recogimiento de sus cuerpos hacia un lado, sus caras apoyadas en las dos manos bajo la almohada.
Elena ya se ha puesto el camisón. Mateo la ha pensado bajo la ducha, lo sabe, mientras besaba a Clara, mientras alzaba en sus brazos a Julieta; Elena siempre se ducha cuando llega a casa, por eso Mateo la ha pensado sin saber que pensaba. Pero hoy no. Mateo contempla el cuerpo de su mujer, la tela que lo cubre le hace frunces en los brazos y recuerda a Blancanieves. A Elena esta noche no parece haberle importado tener la piel rociada con el olor de todo el día y la cara con restos de maquillaje, comprueba Mateo, y la imagina diciéndole a las niñas: tenéis que bañaros todos los días. Mateo no mueve los pies, sigue mirándola. El edredón solo cubre su cuerpo de cintura para abajo, el resto es tela blanca, la cara sobre las dos manos, el pelo teñido a franjas amarillas y marrones derramado en la almohada. ¡Papá!, oye de la voz de Clara. Mateo no contesta, no se mueve, sigue mirando hacia la cama como si viera el cuerpo de Elena levitar envuelto en su camisón blanco, su pelo amarillo y marrón electrizado rozando el techo. Tonterías, se dice, y escucha, ¡quiero agua, papá! Entonces da media vuelta. Uno, dos, tres pasos y está en el cuarto de baño. Enciende la luz. Saca los cepillos de dientes del vaso de plástico y discurre que no sabe en qué se nota si los cuerpos acostados están o no dormidos. ¿En la respiración?, se pregunta mientras lava con dos dedos el vaso manchado con vetas blancas secas. Ahora el plástico del vaso no es trasparente sino que lo cubre una bruma blanquecina, Mateo lo llena de agua mientras la imagen de un vaso de porcelana, limpio y con florecillas azules dibujadas le surge de la memoria, y la madre detrás, diciéndole, Mateo lávate los dientes, y él le respondía, que ya me los he lavado, mamá, alzándose sobre las puntas de sus pies y soltando en la nariz de su madre el aliento de menta de su boca. Nunca se lavaba los dientes, sonríe Mateo, solo chupaba la boca del bote de la pasta para quedarse con el olor a limpio que tanto le gustaba a su madre. Ahora la boca le sabe agria. ¿En la postura más o menos relajada?, sigue pensando. Elena no está dormida, eso lo sabe. No sabe por qué lo sabe pero lo sabe. Mateo derrama el agua, se moja los pies, moja a la niña, recuerda el agua de los charcos, la primera ola del mar que pisó su pie. ¡Papá! ¡El agua!, grita Clara. Julieta gimotea, con la voz dentro de algún sueño de duendes verdes, dice: me he hecho pis.
Recoger el agua del suelo, asear a la niña, quitarle las bragas, ver de frente el sexo blando y blanco, buscar bragas, poner bragas, la fregona, pijama mojado en el suelo, sábanas, no resbalar escaleras abajo con los pies mojados, acostar a la niña, beso, hasta mañana, hasta mañana papá.
Ya.
Mateo está abajo, se derrumba en el sofá, sube los pies descalzos y mojados a la mesa, imagina pies manchados con dentífrico blanco cuando siente los pies húmedos con motas de polvo y orines de niña. Agarra el cable de la lámpara, tira de él, encuentra el interruptor, y se queda quieto, sin pulsarlo, en la oscuridad y con los ojos abiertos, mirando la negrura con la que la noche mancha los muebles, y piensa que lo que ve se parece a la irrealidad del insomnio. Así que decide soltar el cable y pulsar el mando de la televisión, para no seguir enredado en cavilaciones absurdas acerca de la noche y el dentífrico y el negro y el insomnio y los cables de la luz, y acabar, como siempre, diciéndose en voz muy baja: imbécil. Mejor callarse por dentro y dejar que hable el televisor, que se inunde la noche con almohadillas para reposar las cervicales, cinturones con enchufe que tiemblan agarrados a la cintura, un yogur que te viste de blanco y te pasea, como la muerte pasea a los fantasmas, a la orilla del mar. Cualquier cosa, pero solo. La televisión, el ruido, el mando, la noche, todo sirve para que Mateo se deshaga de sí mismo. Solo y sin mí, piensa. ¡Papá! ¡el agua!, ahora Clara alarga los finales de las palabras. Mateo se mira los pies. No tienen ganas de volver a caminar, pero siente que sin su permiso se escapa de su espalda la blandura del sofá, se esfuma el sueño que llega, se desarma el ruido de la televisión. Sube la escalera. Le laten los músculos de las piernas, y piensa en ellas, en sus piernas de hace tan solo unos años, cuando jugaba al balonmano, cuando su misión consistía en atrapar la pelota y lanzarla. El latido de las piernas era entonces un latido bañado de sudor, de polvo de las manos, del eco de las voces de los compañeros. Ahora es un latido seco, el latido de la quietud de la noche.
En el tiempo en el que un vaso de plástico se llena de agua ve Mateo el correr del tiempo en el espejo, ve la barba nacida ayer en negro y blanco, poco blanco pero blanco gris, blanco sucio. Sigue viendo, incluso cuando ya se ha dado la vuelta y camina por el pasillo, los ojos de cuando era niño encerrados en la piel del maestro de su colegio, o del padre de conserje, o del conductor del autobús que lo llevaba a casa. Toma Clara, el agua, le dice Mateo a la oscuridad del cuarto. Pero Clara está dormida, cuando sus ojos se acomodan a la poca luz que entra del pasillo Mateo puede verla respirar como respiran los cuerpos dormidos. Así que otra vez vuelve sobre sus pasos, camina el pasillo, deja el vaso de agua al lado de los cepillos de dientes, apaga la luz del baño y llega, como paseando, como por casualidad, a su habitación.
Mateo mira a Elena. Elena respira como Clara. Tiene la boca levemente abierta, mal abierta, y suelta el aire con ruido, como si se desinflara un globo. Mateo se acuesta a su lado. Tratará de pensar en algo que relaje sus músculos, se propone, de introducirse en un entreverado de ideas confusas que desemboquen en el sueño, de invocar al día de hoy para que vuelva distorsionado y con deseos de desaparecer en la bruma de los días sin peinar para fiestas ni llorar para entierros. Mateo abraza la cintura de su mujer y el aliento de su boca se cuela por su nariz. Trata de pensar en el agua derramada, en las bragas mojadas, en vasos de plástico, en flores azules, en la madre y el lávate los dientes, en la respiración de los cuerpos dormidos, en los pies húmedos que caminan dejando huellas que se secan y se borran, en duendes y pijamas con aviones y en el silencio que dejan en la noche los ojos cerrados. Eso intenta pensar Mateo, pero no lo consigue. Se enreda en pensamientos nítidos, vivos. El día no quiere marcharse aún y se lo hace sentir a Mateo, que con los ojos cerrados gira sobre sí mismo, y por cada vuelta un pensamiento, por cada pensamiento un giro: la imagen del padre viejo que hoy no ha venido, ayer tampoco, hace tiempo que no se presenta en casa, hace días que no llama a las ocho de la tarde como acostumbra; la imagen de Clara, el pijama de aviones, te prometo que mañana te cuento el final, logopeda de seis a siete, mañana; la madre de la amiga de Clara, que hoy tampoco estaba en la puerta del colegio, en el día en que se acercó a él y le dijo, me encantó tu cuento, y él solo vio dientes blancos y ojos que miraban dentro de los suyos y solo escuchó que lo llamó Mateo porque él había firmado el cuento que dejó en el colegio para el periódico, porque Clara le dijo, papá, la profesora nos ha dicho que hacen falta cosas que escriban los padres, y firmó Mateo Amieiro y la mujer morena de la coleta baja y los dientes blancos le dijo Mateo, y él acertó a decir, ¿cómo te llamas?, y la boca carnosa dijo María, y él respondió, si quieres te dejo algún cuento más, los tengo en el coche, y María caminó con él por la acera, tres, cinco, nueve pasos, y esperó con las manos cruzadas por delante a que Mateo le entregara una carpeta. Están por corregir, se justificó Mateo, mientras ella sonreía y decía gracias, otro giro y los cuentos que escribe y Julieta que siempre le dice, no papá, mejor nos lees un cuento de los que tienen tapas y dibujos; Julieta, que hoy no ha querido cenar, que hoy se ha dormido sobre sus piernas; otra vez el padre y su manía de empezar a jugar con las niñas cuando ya se tienen que ir a dormir, mañana se acercará sin falta por su casa para verlo, para tomar un café y escucharle eso de que bicho malo nunca muere, qué haces tú por aquí ¿ya tenías miedo de que te abriera la puerta un muerto?; y otro giro y los muertos y la madre, su madre y sus manos con olor a cebolla; las manos grandes de María y su risa y Clara y su déficit de atención y en la logopeda de seis a siete.
No puede más, Mateo. Se levanta de la cama.
Las piernas que un día corrieron de un lado a otro del campo de balonmano haciendo eco en las tarimas de madera ahora llevan a Mateo a la cocina y lo sitúan delante de la nevera. Tengo cosas de bulímica, piensa Mateo, y sonríe porque imagina la risa de María cuando él le suelta ocurrencias como esa en la puerta del colegio, qué cosas tienes, le dice ella, y Mateo la observa como si mirara una película amarillenta de la posguerra, sus manos enlazadas sobre su falda, su falda sobre sus rodillas, su pelo tan negro recogido en una coleta baja, la carne de sus labios sin pintar. Mateo coge una cerveza y mira el brik de leche y recuerda su mano de niño que cogía la leche, que llenaba un cazo tiznado y que lo ponía a calentar hasta que hervía y la echaba en un tazón con dos cucharadas de miel, las noches en las que no podía dormir. Él no gritaba a medianoche, mamá, quiero leche. Él encendía una cerilla y abría la llave del gas. Ahora agarra una cerveza y se diluye el recuerdo del sabor de la leche con miel mientras sube despacio las escaleras. En el primer rellano las tres dormidas mezclan sus sueños y el final del cuento surge: el ogro no pisa la seta, el ogro no mueve sus pies, está cansado el ogro de ser ogro y se sienta en una piedra y la seta se menea, observa el ogro la seta viva y piensa que es el fin, que los ogros no pueden, no deben observar el movimiento sin aplastarlo; y sube Mateo, con la idea y con la lata fría de cerveza, hasta la buhardilla. Enciende el ordenador y se sienta en la silla con ruedas. Clac, hace la lata cuando la abre, retira los apuntes del tema quince y escribe la contraseña. ¿Y ahora qué?, piensa cuando agarra el ratón. Los iconos alineados esperan sobre un cielo azul con nubes que no amenazan lluvia. ¿Ahora qué? ¿El duende sale temeroso? ¿El duende trata de escapar? ¿El duende explica que es de plástico y que por tanto sienta mal al estómago de los ogros? Ahora qué, se pregunta Mateo mientras bebe un trago de cerveza. Está cansado de cuentos para las niñas. Está cansado de cuentos y de niñas. Lo mejor sería repasar el tema quince. Por tercera vez. No, no puede más con el tema quince, ese tema salió en la última convocatoria, no volverá a salir, sería demasiado. Olvidado el tema quince, bebe, mira el ordenador. Sus dedos pasean del teclado al ratón, del ratón a la lata de cerveza, otra vez al teclado. Se decide por internet, pincha Google, escribe, sin detenerse a preguntarse por qué, María Elena de la Vid Visconte. Su mujer. No sabe qué busca, de hecho cree que no busca nada, pero pulsa enter. Nada que no supiera en la red, ninguna emoción que mezclar con la cerveza. "Responsable del Proyecto de Colaboración Europea... Departamento de Gestión Comercial y Marketing...". Aburrido. Elena y sus enlaces azules. Un rectángulo parpadea en rojo en la esquina inferior izquierda de la pantalla. Hola, ¿quieres compañía?, pregunta el rectángulo. Mateo pincha, encuadra en la pantalla del ordenador un culo con una rosa tatuada coronado por un finísimo tanga rojo que se agita y se hincha arriba y abajo. Mateo se toca por encima del pantalón del pijama, con la otra mano selecciona continuar. ¡Papá, he vomitado!, grita Julieta.


Miércoles, 10 de diciembre

Mateo mira el cinco pegado en la puerta de la consulta, le falta la línea horizontal, le parece un signo de interrogación. Hay cuentos infantiles desparramados por el suelo, están rotas sus tapas, pisoteadas con huellas pequeñas las letras redondas de sus páginas. Mateo está sentado en una butaca de plástico, escoltado por dos madres que vigilan a sus hijos. Julieta está sentada sobre las piernas de Mateo, como la noche anterior, pero ahora a horcajadas de espaldas a él, siente Mateo el latido de la fiebre en su respiración. También ahora Mateo sujeta un cuento en sus manos, aunque éste no lo ha escrito él, es un cuento de los de verdad, como dice la niña. Mateo no lee, es Julieta la que pasa las páginas lentamente, deja que sean los dibujos los que narren la historia. Mateo siente el cuerpo entumecido, no puede moverse, está incrustado entre su hija y las dos mujeres: una bosteza y emana olor a tabaco, la otra cruza una pierna y muestra a Mateo una carrera en la media que se pierde dentro de la caña de la bota. Respira Mateo el poco oxígeno que siente a su alcance cuando ve que por fin se abre la puerta y se oculta la interrogación. Aparece una mujer dentro de una bata blanca que pregona nombres de niños, alza su mirada por encima de las gafas que le resbalan por la nariz cuando pronuncia cada uno, busca la presencia que completa a cada nombre, reparte ordinales entre las mujeres que se acercan a ella. Vibra el culo de Julieta. Vibra el móvil. Suena, cuando la niña se alza y Mateo puede sacar el teléfono del bolsillo del pantalón. Elena. Es Elena. Elena no lleva batas blancas ni le resbalan gafas por la nariz, eso piensa Mateo cuando dice dime. Mateo oye, cómo está la niña, la ha visto ya el médico, y levanta la mano cuando escucha de la voz de la doctora: Julieta Amieiro de la Vid. Cómo que todavía no la ha visto, sigue la voz de Elena, pues yo tengo que irme, llámame luego que ya está el taxi en la puerta, será un virus, siempre es un virus, ya tengo hecha la maleta, Mateo, llámame luego que tengo un taxi, y un congreso y prisa y el avión no espera. Mateo alza la vista y la ve. María. Llámame luego, repite Elena a los oídos desatentos de Mateo. Nos toca ya, Elena, miente Mateo, cuando se levanta la mujer de la media rota, agarra por el brazo a un niño que gatea, lo pone en pie y entra en la consulta. La interrogación está otra vez en la puerta, Mateo sigue con la vista a María que se aleja. Te dejo, le dice a su mujer. La ha visto. Se parecía. Era ella. Va con retraso, le decía Mateo al móvil cuando la vio. Era María. Se abre la puerta, desaparece la interrogación. La mujer de la carrera en la media lleva ahora al niño encaramado en la cadera. Siguiente, dice la voz de la doctora. Mateo tiene que bajar a Julieta de sus piernas, dejar el cuento en la estantería, coger a la niña de la mano y decir buenos días a la bata blanca y a las gafas de pasta que están detrás de la mesa. La doctora levanta la camiseta de la niña y la hace toser. Julieta no sabe toser, la doctora dice, tose bien, tose más fuerte, y Mateo no deja de pensar en que estaba allí, que no ha sido una alucinación, que María estaba hace un momento frente a él, con un uniforme verde y empujando con sus manos grandes un carro cargado de mopas y de lejías. Sí, está seguro Mateo de que era ella la que surgió ante sus ojos, cuando dejó de contemplar la capa de polvo de sus zapatos y alzó la mirada con el teléfono en la oreja. La voz intrépida de Elena y la imagen rotunda de María crearon un instante de irrealidad, un momento cargado de la bruma que envuelve a los recuerdos y a los sueños. Ya está, dice la doctora, puede vestir a la niña. Y ella también lo ha visto a él, seguro, piensa cuando la doctora dice, cada ocho horas. Los párpados de María cayeron hacia el suelo en el mismo instante en que él la encontraba, se desplomaron con peso y con prisa. La doctora dice gastroenteritis y Mateo responde, sí, dieta blanda, sí, tres días; y la imagina caminar el pasillo, el cuerpo erguido de María, su silueta de hueso grande, la cintura estrecha. Abrió María la puerta del cartel "solo personal autorizado" y desapareció tras ella, al tiempo que Elena colgó y dejó el ruido de un timbre sólido en el tímpano de Mateo y las baldosas sucias y las sillas de plástico de la sala de espera volvieron al mundo, con madres, con niños enfermos, el cuento de Julieta, la pared y los carteles clavados con chinchetas, prohibido teléfonos móviles, prohibido fumar, silencio por favor, el olor del tabaco y el pelo de la niña que se le colaba en la boca a Mateo hasta que la puerta se abrió y la voz de la doctora dijo, siguiente.
Está Mateo ahora dentro del coche, atrapado en el atasco de todos los días, en la rotonda de entrada a la urbanización. Un virus, ha diagnosticado la doctora de las gafas de pasta. Dieta blanda. Hidratación. Todos somos virus, se dice ahora Mateo. María limpia los virus apelmazados en los adoquines y en los carteles y en las gafas de la doctora. Todos somos bichos minúsculos encapsulados en jaulas metálicas de colores, todos en fila, todos expulsamos humo por el tubo de escape, todos metemos primera y pisamos el embrague, todos virus que desean llegar a algún sitio donde aferrarse a alguien, a un ser vivo, a unos peces de colores o a una mujer, o no, a un avión, como Elenavirus aferrada a una azafata que sonríe y que le sirve un té en vaso de cartón, a un taxi, al teclado del ordenador, a una taza de café caliente, a la muñeca rubia que abraza Julieta dentro del espejo retrovisor, a una lata de cerveza. A dónde yo. A qué muñeca, a qué materia, a qué ser vivo, a qué sustancia solaparme, se pregunta Mateo, dónde adherirme para crecer, para expandirme, a quién enfebrecer, a qué enfermar. Luego, hoy, ahora, ayer, cuándo duplicarme, cuándo reproducirme... y ya. Se ordena. Ya. Ya está bien de divagaciones, se pide Mateo, y está a punto de insultarse en voz alta, en un susurro de desprecio que solo escucha él, como siempre, como todas las veces en las que se sorprende ajeno al mundo enzarzado en pensamientos que considera ridículos, cuando se imagina a María que le sonríe mientras sujeta con sus dos manos el palo de una fregona. Sonríe Mateo. Mete segunda. Poco a poco rueda el coche y la cabeza de Mateo se queda quieta, trata de solidificar la sonrisa que le viene regalada, que se disuelve, que se escapa, que se ha ido, ya, cuando Mateo entra en la rotonda que está al lado de su casa. Mateo aparca el coche. Tira del freno de mano, la niña en el espejo retrovisor se ha dormido. Se baja. No hay ya sonrisas de María, solo el frío que golpea su cara y el ruido de la puerta al cerrarse. Julieta, otra vez como anoche, se ha dejado atrapar por el sueño travieso que seduce a los niños. Abre, Mateo, la puerta y trata de desamarrarla del asiento sin despertarla. Algo dice la niña, alguna palabra se cuela por la oreja de Mateo pero no la entiende, solo huele el olor agrio de la enfermedad que se escapa por su boca. La coge, la sube en sus brazos. Son ellos, siente la mejilla caliente de Julieta en la suya cuando ve a su padre y a Clara, sentados en el banco. Han vuelto ya, qué corta ha sido la mañana, están ahí, sus cabezas se mueven de la manera en que se mueven las cabezas cuando conversan. Mateo se para un momento, más para recolocar a la niña que se le resbala que para observar la escena. Pero los mira. La risa sacude la cabeza de Clara. Su padre es una cabeza calva. Echa a andar otra vez Mateo y se pregunta cómo no percibió la caída del pelo del padre. Cuando mamá murió papá aún tenía pelo, piensa, y recuerda a Román de pie, el pelo gris pegado al cristal con la mirada fija, el gesto ausente como si pudiera encontrar a su mujer detrás de la caricatura que le pintó la muerte en la cara. Mateo se acerca, Julieta se revuelve en sus brazos, Román es un cráneo de piel cetrina que sale del cuello desbocado de un jersey de lana vieja. También ríe, el padre. Román trae un periódico debajo del brazo, Mateo lee sin querer la cabecera impresa y le pregunta al padre, señalando con las cejas al periódico, ¿no irás a cambiar de chaqueta a tu edad, no? El padre le devuelve un gesto que Mateo casi no ve, porque se atasca la llave, forcejea con la cerradura, imposible abrir la puerta con Julieta en brazos así que la deja en el suelo, de pie, la niña medio dormida se agarra al pantalón de su abuelo. Mateo gira la llave y con un tirón simultáneo del pomo, abre la puerta. Mira al padre, a la niña agarrada a la pernera de pana, al periódico y a Clara que ya no ríe. Entran en casa. Las niñas se esconden dentro de la oscuridad del salón, el padre entra en la luz que sale de la puerta de la cocina, Mateo recoge abrigos y los coloca en la percha de la entrada y sigue los pasos del padre. En la cocina lo reciben plátanos negros en un frutero de plástico, restos de colacao y migas de galleta pegadas en la mesa, un periódico desplegado en la encimera, la tierra detrás de la ventana, el manto de tierra seca que separa la casa de la carretera, del coche, de los pasos de la gente. Y la ropa en la lavadora, aplastada contra el cristal, con sus colores y sus texturas. Se acuclilla Mateo y abre la boca de la lavadora, saca un barreño de debajo del lavabo, deja que sus manos se mojen y le invade el olor a suavizante. Siente, no sabe cómo pero siente la mirada de su padre sobre su espalda, por encima de sus hombros, clavada en su nuca. Le molesta, sí, algo, esa mirada ahí, aunque ya ha aprendido, cree, a imponer a su estómago que no se revuelva cuando él se lo pide. No me avergüenzo, no, no, no. Ha pasado mucho tiempo desde el día en que Elena y él decidieron que las cosas tenían que ser así. En el centro comercial, el café estaba frío. Él se quedaría en casa. Cuidaría de las niñas. Las llevaría al colegio. Tendería las lavadoras. Prepararía la cena. Arrastraría los pies por el salón oscuro, por las habitaciones de las niñas, por la buhardilla. Mateo camina con el barreño en brazos, llega al salón con los ojos cargados de la luz de la cocina, solo distingue las siluetas de las niñas que se han sentado para ojear cuentos en el sofá. Abre la puerta del patio. Solo ladrillo. Un patio en uve, les tocó el vértice en el sorteo. El vértice de una uve de ladrillo rojo es un mal lugar para vivir, la poca luz que entra se asusta y huye. Solo muro y plantas muertas y las cuerdas de tender. Mateo piensa que podría trabajar en una oficina, en una empresa, en un colegio. O conduciendo un autobús. Pero no. Trabaja arrodillado frente al tambor de la lavadora, y sabe que el padre solo ve unas rodillas y unas baldosas, unas manos grandes, recias como las suyas, que escarban en el tambor de lata y sacan calcetines. No debe pensar, no tiene que pensar, se dice Mateo. Lo hablaron así, lo decidieron así, un día, no sabe ya qué día, en el centro comercial. Trabajo. Mateo se agarra a esa palabra, quisiera pronunciarla en voz alta, si eso no lo hiciera aún más vulnerable. Es su parte del trabajo, su manera de ganarse la vida. Tender la ropa, por ejemplo, ahora, en el patio, frente al muro. Tender las bragas de Elena con dos pinzas. Mateo mira al salón, el padre no está, sabe Mateo que el viejo nunca lo mira cuando él puede sorprenderlo. Agarrar cada pinza tiene un precio: un euro, calcula, veinte céntimos, no sabe, no lleva la cuenta. Pero tiene un precio, el que sea. Si no, se dice, cómo soportar la ausencia de la mirada del padre. Está trabajando. Y lo hace bien, muy bien. Ha llevado a Julieta al pediatra, y la doctora ha dicho: virus, dieta blanda, patatas y zanahorias y pollo hervido. Así que ahora él va a ponerse a pelar patatas. También tiene un precio pelar cada patata, calcula, y ponerlas a hervir. Mateo camina hasta la cocina, el padre sigue sentado en la misma silla, al lado de la ventana. Supone Mateo que el periódico sobre la encimera, extendido, abierto por su mitad, sirve para recoger las mondas de las patatas. Eso entiende Mateo, porque ni siquiera llega a pensarlo. Y el padre, Román, se levanta con el brinco que le permiten sus rodillas viejas y grita, cuando cae la primera peladura: pero Mateo, hijo, ¿es que no ves lo que haces? Trabajando, papá, quisiera responder Mateo. Me gano el pan, como tú dirías. Ella, Elena, trae el dinero a casa, sí, pero los dos lo hablamos. Que ella trabajaría mientras yo estudiaba la oposición y cuidaba de la casa y de las niñas. Que la hipoteca de la casa ahoga. Y la ropa de las niñas y los trajes de Elena. Ahogan las zapatillas viejas y las tapicerías sucias. Todo ahoga. Así que trabajo, papá, eso es lo que estoy haciendo. ¡Pero ten cuidado, hombre, que lo vas a manchar!, el padre lo empuja por un hombro y se da cuenta entonces, Mateo, de que algo está haciendo mal, no sabe el qué, así que levanta las dos manos, la patata, el cuchillo de sierra en alto.
Y entonces lee.
"Tres patadas". En negrita, en mayúsculas. El título. Ahora sí que lo ve, aparta con su mano grande las mondas de la patata. Se han humedecido las primeras líneas, se ha emborronado un poco la tinta, pero sí, es el suyo. Es el cuento que envió al concurso. Es él. Eso que está escrito en el periódico es él mismo una noche en la que estaba sentado frente al ordenador, Elena y las niñas dormidas, la música suave, la luz del flexo, el ruido de sus dedos sobre el teclado. Las palabras de ese día, las que salían de sus dedos. Están ahí. En el periódico. Es su relato. El suyo.
Una cebolla. Mateo busca una cebolla, deprisa, la pela, la parte por la mitad, aunque la doctora no dijo nada de cebollas en las dietas blandas. Pero no quiere que su padre lo vea con ojos acuosos. No por este motivo. No sin motivos. Ya. Partida en dos la cebolla puede dejarse llevar. Llorar. Pero no llora, no son lágrimas, solo se le emborrona la vista porque sus ojos se acompasan mal a los pensamientos rápidos que le asaltan. Cómo, se pregunta, cómo demonios, se dice, cómo ha sabido mi padre que me han publicado el relato, cuándo, por qué yo, por qué a mí... "Tres patadas". Se calma, Mateo. Echa la cebolla en trozos grandes en el agua hirviendo y se calma. Mira al padre, que ya está sentado otra vez en la silla de al lado de la ventana. Le pregunta cómo. No viene hoy, ¿no?, le responde el viejo. Mateo sabe que se refiere a Elena pero no quiere contestar no, prefiere preguntar ¿quién, papá?, para no crear complicidades que sabe que pueden hacerle daño. Quién va a ser, tu mujer, le responde el viejo, que ya sabe que no está Elena, Mateo lo deduce porque ve cómo el viejo se mete la mano por el cuello del jersey y saca tabaco de algún bolsillo que tiene escondido por ahí debajo. Mateo le acerca un cenicero. ¿Y entonces?, le dice, ¿me vas a decir cómo has sabido que habían publicado esto hoy? No lo sabía, responde Román soltando humo por la nariz. Lo he comprado todos los días.
El agua hierve y Mateo la mira hipnotizado. Piensa: todos los días. Recuerda que hace tiempo le dijo al viejo que ya había enviado un relato, que no hacía falta que le diera más la murga con el concurso. Todos los días. Todos los días el viejo se ha acercado al quiosco, saludado al quiosquero, sacado de su bolsa de cuero una moneda, comprado el periódico. Mateo lo inventa, al padre, diciendo en voz alta las dos palabras que componen el nombre del diario, e imagina que sentiría un retortijón en sus intestinos viejos. Lo sigue viendo en las burbujas del agua que hierve en la olla. Llevaría el periódico bajo el brazo, taparía con vergüenza el nombre de letras retorcidas, caminaría despacio hasta llegar a su banco, en el que se sienta siempre, frente a la puerta del colegio de las niñas. Mateo saca las patatas con un cucharón, se quema la mano con el vapor y ve el periódico como una manta sobre las piernas de pana del viejo, Mateo lo imagina cuando busca la batidora, cuando enchufa la batidora, Román pasando cada página, dando un lametazo con su lengua en el dedo pulgar para afinar el tacto de sus dedos bastos. Mateo ve con los ojos del padre cuando escucha el estruendo del batir de patatas y zanahorias y cebolla; la mirada salta por los titulares como si los ojos de Román se recordaran jóvenes y pudieran leer sin querer leer. Así llegaría, el padre, a la sección de cultura. Y no lo encontraría, todos los días, ninguno de los días, a él, a su hijo, a Mateo. Encontraría el nombre de otro cualquiera y cerraría entonces el periódico y se sentaría sobre él. Serviría al menos para no mancharse los pantalones. Sin embargo esta mañana el viejo encontró el nombre que buscaba. Mateo Amieiro Cuesta. Mateo lo ve en los platos que llena de puré, mostrándole a las hojas del periódico su sonrisa desdentada. Trata de recordar, estaría él en su casa, con Julieta otra vez encima, sujetando su brazo para que no se cayera el termómetro. Treinta y ocho dos, la niña sudaba. Román se levantaría del banco, supone, y empezaría a caminar a pasos rápidos, como si pudiera escaparse del viento gélido que anunciaba el invierno. Sí, hacía frío esta mañana, Mateo buscó un abrigo en el armario de la niña y salió a la calle. Había hojas por el suelo, Mateo sabe que estaban ahí y que no las miró. Ahora imagina las botas del viejo pisando las hojas, apretándolas bajo sus pies, como si quisiera que su voluntad ejerciera algún efecto en el paisaje. Mateo no miró las hojas. Tampoco tenía voluntad. Las niñas ríen. Mateo coloca sobre la mesa de la cocina platos y vasos de agua y las oye, y deja que sus risas se le agarren por dentro y le embriaguen poco a poco. Ya los ojos se secaron. Va y viene por la cocina, camina deprisa, piensa deprisa. Quisiera reír, pero abre armarios y saca objetos que no son, los vuelve a colocar en otro sitio, y piensa. En su cuento, ese que está ahora encima del microondas, metido en una página de periódico. Trata de recordarlo. Su principio. Su final. Los giros de sus palabras. Trata de releerse, se imagina lector de sí mismo. Y sonríe. La risa de las niñas quiere salir por su boca. Coloca los cubiertos en la mesa, dobla las servilletas de papel. Va y viene. Recuerda a María. No era María. Qué sabe ya si era o no era María. María desapareció enseguida para no ser persona sino duda. Recuerda, Mateo, el cuerpo de mujer acorralado por la tela verde y se le rectifica la sonrisa. Y no quiere. Las niñas cantan, saltan encima de los sofás. Pero no dice nada, él también saltaría si conservara sus pies de niño. Ramón tampoco habla, solo enciende otro cigarro y enturbia con el humo los purés de los platos. Mateo lo mira y lo único que ve es un viejo que ocupa un rincón de la cocina, se fija en su cuello de pavo, la nuez que sube y baja parece querer escaparse de la piel que cuelga, no pertenecer a un cuerpo viejo, huir. Y también piensa a Elena, Elena en un avión. Elena es un avión, se dice. Elena arriba, sin puré de patatas ni cuentos ni zanahorias ni nueces de viejo. Es triste ser un avión, considera Mateo, pero no quiere congelar su sonrisa. Mejor, hoy, solo por hoy, el padre que fuma, las niñas que patean los sofás. El cuento en el periódico. Él en la barra de un bar, o sobre las piernas desnudas de alguien que lee sentado en el váter, o en la repisa minúscula de un asiento de avión. Él, leído. Quizá en el avión de Elena. ¿Quiere usted leer?, imagina a la azafata. No, señala Elena, recrea Mateo su mano pequeña alzándose en el aire y negando descuidada. No, dice Elena. No, niega Elena. Mateo no quiere dejar de sonreír, así que llama a las niñas. Es la hora de comer.



© Juana Márquez. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.