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Despeinadas |
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MALA LETRA
Él la quiere mal. Con esa mala letra pequeña y engañosa de los bancos. Esa letrita de las condiciones ininteligibles que sólo persiguen robarte el dinero, el aliento, el primogénito o el alma.
Ella le dice te quiero, como quien lanza un boomerang y espera ansioso su regreso. Pero el te quiero nunca vuelve. Él responde con un miserable "qué", desganado y ramplón. Ni siquiera es capaz de ofrecer un insulso "yo también".
Intenta recordar algo bonito que él le haya dicho y tan sólo encuentra: "De cerca eres más guapa". "Me entretienes mucho". "Si quisiera podría hacerte feliz".
Pero a él no le da la gana hacerle feliz.
-No te da la gana quererme -le dice.
-No es que no quiera, es que no puedo -responde orgulloso de su sinceridad asesina.
Y ella desea no ser ella. No oírle más. Dejarle. Irse. Pero no se le ocurre dónde y decide engañarse un poco más. Se dice que algo es algo, mejor que nada, que el invierno es demasiado frío para pasarlo con un solo cuerpo. Duda que sea cierto, pero para sincero ya está él.
Qué mal la quiere, con esa letra blanda, minúscula y rota de las sopas de letras de la infancia. Esas letras chupadas, escupidas de la boca, calientes y con baba, para componer palabras sobre un hule pegajoso lleno de migas: Yo, caca, culo, amor.
Ella quiere dejar de compartirle con otra. Quiere ser protagonista. O al menos no ser la otra, la prescindible, la que no importa.
-Mi novia me da paz, son muchos años, sé que no me va a fallar, en cambio tú...
Y a ella le parece descubrir un rictus de malvado de película en su rostro. Un gesto de a ver nena qué sabes hacer. Una mueca que le hace desnudarse cada noche apresurada y nerviosa. Pensando en bufones de la corte a punto de ser decapitados si no agradan a su señor. Pensando en adolescentes vírgenes bailando con los pechos al aire frente al rey de Swazilandia.
Sí, él la quiere mal, pero la culpa es de ella que se lo permite.
Se dice a sí misma que no puede seguir así. Tiene que acabar con esto. Aunque duela después será mejor. Pero ahora es un mal momento para dejarle. Quizá se aclare y la elija. Puede que las cosas cambien.
Y sigue esperando.
Qué mal la quiere, con esa letra desenfocada y borrosa de las consultas de oculista. Esas letras menguantes que se van disolviendo en fila india. Cada línea más difícil de leer que la anterior hasta hacerse ilegibles, desaparecer, no ser nada.
Un viernes ella le espera durante tanto tiempo que, aunque la ciencia insista en que no es posible, cree que transcurren varias vidas. De pie, junto a la ventana, observa como se oscurece la ciudad y cae la noche. Una luna gorda se asoma al cristal y asciende por el cielo, cotilla, sin dejar de asomarse a la ventana. En una trayectoria eficaz e invisible, como la vida.
-Voy -recuerda que él le dijo, o le escuchó, o lo pensó, o le pareció oír.
Pero él no viene.
Ella podría llamar a algún amigo, a su madre, a un número al azar.
Podría tejer una bufanda, unos patucos, un biquini de ganchillo.
Podría limpiar el baño, inventar un baile, encender la tele.
No hace nada. Esperarle. De pie. En algún momento se sienta. Siempre sin dejar de esperarle. Se encuentra muy cansada, como si hubiera cruzado el canal de la Mancha a nado sin dejar de hacer cálculos mentales: la raíz cuadrada de nueve mil ochocientos quince, el logaritmo neperiano de seiscientos treinta y dos, el número pi al cubo. Esta vez ni siquiera piensa en dejarle.
Qué mal la quiere. Con esa letra deforme, de párvulo, llena de faltas de ortografía. Esa letruja garabateada en un cuaderno de hojas sucias, con manchas de plastilina y de grasaza de chorizo.
Hace más de un año que ella pone el vino, las velas, la cena, las copas, la banda sonora. Él ha dejado a su novia por ella, o puede que haya sido la novia la que le ha dejado a él.
-¿Quién te iba a decir que ibas a estar aquí conmigo en el cine a la hora de los novios? -exclama magnánimo.
Ella piensa en Pedro I el Cruel perdonando la vida a un ladronzuelo.
Se siente imbécil. Tiene que dejarle.
-¿Qué? ¿No dices nada? Domingo por la tarde y tú y yo en el cine.
A continuación él le dice que tiene una cosa para ella.
Ella piensa que qué bueno.
Él saca una chapa del bolsillo. Morada y blanca. "Yo la tomo en París", pone. Ella la coge y la encierra entre sus manos, apretándola con fuerza, por si hay suerte y se clava el imperdible en la palma hasta sangrar. Mientras, fantasea con la idea de destrozar la maldita chapa, pisotearla, quemarla; algún día, cuando él no importe.
-Es bonita -le dice.
-Del bar de un amigo -responde.
Qué mal la quiere, con esa letra sucia, pegajosa y manchada de la revista porno olvidada en el servicio de una gasolinera. Una gasolinera de esas situadas en medio en ninguna parte donde nunca pasa nada.
Ella decide que se acabó.
-¡Se acabó! -se dice a sí misma.
Le llama para decirle que se acabó.
-¡Se acabó! -le dice.
Un día entero sin saber nada de él. Un día lento y pegajoso. No duerme. Piensa en él cada segundo. Dos mil ochocientas ochenta veces. Y cada vez, siente que le falta el aire y un dolor oscuro en el pecho.
Tres días. Consigue dormir. Piensa en él cada minuto. Ya no siente asfixia y el dolor es más claro.
Una semana sin noticias suyas. Él tampoco la llama. Piensa en él cada hora. Se ha acostumbrado al dolor, que cada vez es más tenue.
Empieza a sentirse orgullosa de sí misma. Fuerte. Por primera vez en mucho tiempo.
Incluso se siente capaz de creerse la frase: "uno puede llegar a ser lo que se proponga". Podría llegar a ser la número uno del tenis mundial, una virtuosa del violonchelo, o piloto de avioneta; eso si que le gustaría ¿Por qué no?
Y por las nubes anda cuando suena el teléfono.
Es él. Le dice que necesita verla.
Ella aterriza. Es un disparate creer que uno puede ser lo que se proponga.
-Te he echado tanto de menos -responde.
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© Gema Fernández Esteban. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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