Dos de tres
 

Para descargar el capítulo en PDF, haz clic aquí

Las gordas y las muertas se parecen, me dije y, en ese caso, yo podía ser la gorda, ya que Claudia era la muerta. Creo que ese pensamiento hizo que tras su entierro me encerrase en casa y no saliera en cinco semanas; solo lloraba, comía y miraba sin interés los objetos del salón. Lo único que distinguía con claridad eran los dos sobres que había sobre el escritorio. Eran de Claudia; me los había dado Tomás y, al parecer, contenían una carta y el manuscrito de una novela ya póstuma.

Supongo que intentaba cubrir mi cuerpo con una capa de grasa que me acercara a ella, que estaba cubierta por una capa de tierra. No me movía, no me duchaba, no dormía. El sofá rojo del salón era como un barco a la deriva; y los sobres de Claudia, una isla a la que intentaba llegar, pero no sabía cómo. Entre ellos y yo había solo unos pasos. El ventanal los iluminaba con el bochorno pesado de agosto y puede que eso me mantuviera detrás de la mesita baja de cristal, llena de galletas desmigajadas, chocolate y otras porquerías que me traía Luz Marina dos veces por semana.

No la dejaba entrar a limpiar; solo le abría la puerta y, ella, con su paso apresurado, llevaba las bolsas hasta la cocina, metía todo en la nevera y en los armarios lo más despacio que podía, doblaba con minuciosidad las 9 bolsas de plástico en un triángulo prieto mientras miraba a su alrededor como si buscara indicios de no sé muy bien qué, las guardaba en el cajón y se iba murmurando algo a su «diosito», supongo que sobre el lamentable estado tanto de la casa como mío.

Yo retiraba los restos de la mesita, cogía provisiones y me volvía al sofá. Y lloraba. Creía que lloraba por mi amiga, porque a los cincuenta le quedaba mucho por vivir, por su hija Alba o por Tomás, su novio, pero ahora sé que esas lágrimas no eran solo por la seca soledad en la que me había dejado, sino por mí, por la niña que había sido y por la adulta que se encontraba desorientada.

Una mañana, cuando comenzaba otro día de reclusión, Tomás llegó a casa acompañado de un cerrajero.

Supongo que estaba cansado de llamar al timbre y de dejar mensajes en el contestador. No sé si convenció a aquel hombre diciéndole que yo estaba muy enferma o si le dio una buena propina, pero el caso es que abrieron la puerta en un momento. Me horrorizó la cara de asco de Tomás y subí corriendo a esconderme en el baño.

Ellos vinieron detrás de mí y desde el otro lado de la puerta, Tomás me preguntaba con paciencia si quería todas las cerraduras de la casa desmontadas. No le hice caso y metí la cara bajo el grifo de agua helada, con la vana esperanza de que se llevara la pena y la grasa. La puerta del baño le costó al cerrajero todavía menos que la anterior.

Me senté en el borde de la bañera y ya no lloré más.

Tomás despidió al hombre, se puso muy serio de cuclillas ante mí, me alzó la cara roja por el llanto y el agua fría y me sermoneó:

-Tienes mal aspecto, Mai. ¿Cuánto tiempo piensas seguir así?

No respondí. Bajé la cabeza y oculté con las manos los lamparones del viejo chándal. ¿Qué podía decir? ¿Que esperaba que Claudia volviera en cualquier momento? Mis dedos no cubrían todas las manchas, por más que los extendiera.

-No eres la única que lo está pasando mal. Yo??interrumpió la frase, creo que por pudor, supongo que no quería hablar de sí mismo. Enseguida dijo:

-Llevas ya cinco semanas encerrada. ¿Qué consigues con eso?

Alcé la cara y lo miré con pena.

-¿Has leído la carta de Claudia o su novela?

Negué con la cabeza.

-¿Has intentado escribir?

De nuevo un gesto negativo.

Por fin me animé a hablar:

-¿Crees que Claudia sabía lo nuestro? .

Me miró con cara triste y dijo:

-¿Por qué no lees su carta?

Entonces estaba atontada y no me di cuenta de lo que significaba esa respuesta de Tomás; él sabía más que yo, pero con su infinito respeto por los ritmos de los demás, en este caso por el mío y el de Claudia, supongo que prefería que yo lo leyera con las palabras que ella hubiera elegido para mí.

?Me asusta salir de aquí y ver mi vida vacía.

Me acarició la mejilla y se sentó sobre la taza enfrente de mí, sin palabras, pero sólido y presente. Al rato dijo:

-¿Quieres que leamos una parte juntos? Quizá solo las primeras páginas de la novela y luego sigues tú, o nos ponemos a limpiar?

-Gracias Tomás, pero hay cosas que uno debe hacer solo. .

Jugaba con mis dedos como si hiciera encaje de bolillos. Esperó un buen rato, volvió a acariciarme la cara y, al final, se levantó. Cuando ya se iba, dijo con ternura.

-Deberías empezar por darte una buena ducha.

Eso me llegó al alma.

Me quedé mucho rato sentada donde me había dejado Tomás. Estaba bloqueada. Era cierto que Claudia y yo éramos buenas amigas: no dejábamos pasar una semana sin vernos y solo con mirarnos sabíamos lo que estaba pensando la otra. También era comprensible mi sentimiento de culpa por haberme acostado en dos ocasiones con Tomás, pero mi reacción era desmedida, era como si la muerte de Claudia se hubiera llevado también mi vida. No sabía cómo salir de ese callejón y reiniciar la actividad, pero Tomás tenía razón: la casa y yo apestábamos y los olores, en cuanto les prestas atención, se vuelven poderosos; desde que Tomás me había dicho que me duchara, notaba un olor a cerrado y a fruta pasada a mi alrededor del que no conseguía desentenderme.

Bajé al salón, me acerqué al ventanal por detrás del escritorio y lo abrí. Una vecina paseaba en ese momento a su perro salchicha delante de mi jardín y, con un palito, escondía los excrementos entre las hojas caídas. Abrí también las puertas, la nevera, la basura; cogí un helado derretido y lo tiré. Los sobres en los que estaban la carta y la novela de Claudia me miraban provocativos desde el escritorio, como si ellos quisieran que también los abriera, pero yo seguí con otras cosas: armarios, cajas, botellas. Subí de nuevo, abrí los cajones del tocador, los botes de crema, los grifos; pensé también en abrirme las venas, pero tanta apertura había dejado entrar el aire y este se había colado por alguna rendija hasta mi ánimo.

Ya que tenía los grifos abiertos y teniendo en cuenta el comentario de Tomás, decidí ducharme, pero cuando estaba desnuda, sentada otra vez en el borde de la bañera pero con los pies hacia dentro, preferí poner el tapón y darme un baño.

El agua hirviendo me atontaba; me recosté e imaginé que las palabras guardadas en la carta de Claudia se escapaban del sobre, subían por el hueco de la escalera y se metían en la bañera conmigo. Términos que yo creía que habría en la carta, como muerte, amor o fracaso, flotaban a mi alrededor. Todavía no me sentía preparada; los revolví con la rodilla y dejé que se hundieran. Cerré los ojos y recordé el entierro de Claudia: me hubiera gustado que fuese una tarde de otoño, con el suelo cubierto de hojas de cobre; que tomásemos chocolate caliente y contáramos anécdotas; todo muy bucólico, tal como le habría gustado a ella, pero no había aguantado suficiente y había muerto en pleno agosto. No sé a quién se le ocurrió que el entierro fuera a las doce, hacía un calor estúpido.Yo me había colocado en una esquina algo apartada de los demás, bajo el único árbol que daba un poco de sombra. No me vestí de negro y aún así, sudaba mucho; tampoco me puse ropa gris, como hubiera hecho Claudia; el azul claro que elegí me había parecido sobrio y también algo inusual, pero me arrepentí en seguida, pues al momento aparecieron rodales oscuros en el vestido bajo mis brazos. Ahora sé que es absurdo pensar en el color de la ropa que se lleva a un entierro, pero entonces no era consciente de que la muerte es incolora.

El recuerdo del sofoco de aquel día y el agua caliente de la bañera hacían que el sudor me resbalara de nuevo por las sienes. El cosquilleo de las gotas evocó la retirada de todos los asistentes al entierro, que se fueron en silencio, abrumados por el calor. El cementerio se había quedado vacío. Yo permanecí un rato atrincherada en mi sombra; la visión de la tumba con los terrones de tierra seca a un lado me paralizaba y sentí que estaba adherida al suelo, quizá yo también había echado raíces, como el árbol que me protegía del sol. Tuve la sensación de que me había quedado a solas con la muerte, y el calor, se evaporó de golpe remplazado por un sudor frío que me empapaba la frente y la espalda. La cabeza me daba vueltas y cuando iba a chillar pidiendo socorro, una mano compasiva me acarició el brazo. En la bañera, el agua ya estaba tibia. Cogí el jabón y reproduje aquella caricia. Era Tomás, claro, ¿quién si no? Muy entero, como siempre, aunque quizá demasiado circunspecto. Su camisa blanca no tenía ningún indicio de manchas o arrugas, aunque él había soportado el azote del sol en primera fila, del brazo de la madre y la hija de Claudia.

Murmuró palabras de consuelo algo deshilvanadas, me pasó el brazo por los hombros y me condujo hasta su coche. Estábamos aparcados delante de mi casa cuando sacó de la guantera dos sobres; me dijo que en el pequeño había una carta y en el grande, el manuscrito de la novela La niña de los cuentos. Yo no sabía que Claudia había escrito una novela, no me había hablado de ella como solía hacer con sus cuentos o sus proyectos literarios. Para mí fue una sorpresa que tuviera algo terminado y me sentí engañada. En el baño, el agua se estaba enfriando. Abrí los ojos, quité el tapón y los recuerdos se fueron por el desagüe arrastrados por el agua sucia.

Cuando bajé al salón, la mirada se me fue otra vez hacia los sobres, pero los ignoré. Los cajones, las ventanas y las puertas seguían abiertas. Cerré lo imprescindible, decidí que no tenía fuerzas para limpiar y llamé a Luz Marina. La lucecita del contestador atrajo mi atención, pero también decidí dejarlo para otro momento. Puse la llave en la maceta y salí a la calle a airear mi pena.

Me arrastré por la ciudad varias horas: fui al parque, tomé un café, vagabundeé por el centro, me senté en un banco y observé a la gente que caminaba con prisa.

Parecían tener cosas importantes que hacer, un objetivo claro, ocupaciones cotidianas que los movían de un lado a otro, mientras que yo no conseguía ni siquiera un rato de cordura; de hecho, la sola idea de lograrlo me producía rechazo, como si significara una traición o, tal vez, el olvido. En el camino de vuelta a casa, los kilos adicionales y los días sin Claudia me pesaban y, aunque después del baño me había sentido más ligera, llegué exhausta.

Luz Marina había dejado a su paso una normalidad que me conmocionó. Todo estaba en su sitio, todo cerrado, olía a limpio e incluso había flores en el jarrón de la biblioteca. Claudia se me escapaba entre tanto orden. Me tiré en el sofá y pensé en ella.

Antes de morir había pasado cinco meses terribles en el hospital, casi desde que la enfermedad apareció cuando estábamos de vacaciones en el pueblo aquel día de abril en que nos cayó un chaparrón. Caminábamos por el centro de la calle llena de lodo, la lluvia había escondido en sus casas a todos los lugareños; yo creo que tras los visillos espiaban a las dos locas de la capital. Yo me había descalzado y llevaba las botas colgando del cuello atadas entre sí por los cordones; arrastraba los pies como si caminara por la orilla del mar. Ella se cubría con un pequeño paraguas rojo y no parecía importarle manchar sus zapatos de ciudad.

Metí el pie en un charco y la salpiqué. Claudia se dobló en dos con un grito. Al principio creí que me seguía el juego y la mojé de nuevo, pero cuando se quedó tumbada en el barro, agarrándose las rodillas con los brazos, me asusté de verdad. El recuerdo de ese lamento agudo hizo que me rebullera inquieta en el sofá. La vio el médico y regresamos a la ciudad.

Poco después, la ingresaron. Creo que no elegí el mejor recuerdo para retenerla a mi lado, pero los recuerdos llegan a su antojo. Miré a mi alrededor, y el orden de la casa y el olor de las flores me reconfortaron. Decidí irme a la cama.

Mi cuerpo agradeció el ejercicio de la tarde y me concedió el primer sueño profundo tras semanas de duermevela y pesadillas.

Al día siguiente amanecí despejada, tomé un desayuno ligero y, sin pensarlo, di al botón del contestador.

Había cuarenta y cinco mensajes. Catorce de ellos sólo contenían silencio. Diez eran de conocidos; los que sabían lo de Claudia decían lo mucho que lo sentían, los demás me proponían planes de lo más diverso: la presentación de un libro, un paseo, un masaje en los baños árabes, una copa? hasta una sesión de espiritismo, que descarté de inmediato pues no necesitaba más muertos.

Me alegró que la gente se acordara de mí, pero ninguna de las propuestas me atraía.

Nueve de los mensajes eran de Tomás, algunos, tiernos; otros, airados, en el último me amenazaba: «O sales o te saco como sea». Siete eran de Ana. Desde que la conocí en la editorial, ella trataba de apuntalar una amistad que no había prosperado: «vuelve al mundo guapa, no puedes encerrarte para siempre»

Me ponía al día de sus aventuras y desventuras. Me agradó su intento de mantenerme conectada con el exterior, ¡cuántas cosas pasan en cinco semanas!, había cambiado otra vez de trabajo, pero «este era el definitivo»; tenía un nuevo novio, pero no hice ningún esfuerzo por retener su nombre, era el sexto en poco tiempo y estaba claro que tampoco duraría mucho; y me invitaba a una fiesta donde estaría todo el mundo.

No sabía muy bien a quiénes se refería, pero me hice el firme propósito de asistir. Ana y Tomás tenían razón, no podía encerrarme para siempre.

Dos mensajes eran de mi madre; me extrañó que ella, siempre tan distante, me hubiera dejado esos mensajes cálidos en los que me preguntaba por mi estado de ánimo y me decía que fuera a verla, que igual me ayudaba charlar un rato.

Otro era de mi agente literario: «Amalita, cariño», aborrezco cuando me llama así, «me está acosando la editorial por el préstamo que pediste para la casa, quieren algo pronto, al menos un proyecto. Si todavía no has encontrado nada que te interese, escribe sobre la muerte». El muy cabrón. «¿O es que has perdido el toque?», es un tipo insoportable y maligno, pero negocia bien. «Dame algo pronto». Siempre he huido de los bancos, pero me gustaba tanto la casa? era mi viva imagen o, más bien, como me gustaría ser: proporcionada, no convencional, tranquila, sugerente, por eso recurrí a la editorial. Aparté el crédito de mis pensamientos. Estaba agotada tras esa interminable combinación de silencios y buenas intenciones; aunque no todas las intenciones eran igual de compasivas. Los dos últimos mensajes despertaron mi curiosidad entumecida: «Amalia, soy Julián Sáez de Huelva. No sé si te acuerdas de mí, de la Facultad». La voz era profunda y bien modulada, aunque llena de pausas. «Supongo que sabes que María Luisa lleva año y medio en un psiquiátrico y he pensado que podíamos visitarla juntos». No tenía ni idea, me había ido a Francia cuando terminé periodismo y nunca más supe de ellos. «Bueno, ya me dirás. Un beso». En el último mensaje, Julián le dictaba despacio al contestador su número de teléfono. Me acordaba bien de los dos, habíamos sido buenos amigos durante dos o tres años. Julián tenía una cara angulosa, con una gran nariz y un aspecto desarrapado muy atractivo. Me hacía reír con facilidad. A veces se le iba la mirada y, como en trance, hablaba muy preocupado de la sociedad; el grado de profundidad de su análisis evidenciaba mis lagunas y me irritaba. Noté que en mi boca se había instalado una tenue sonrisa. Miré distraída hacia el ventanal y, al ver los sobres de Claudia, se me borró de golpe. ¿Hasta cuándo iba a esperar? Tomé aire y me senté en el escritorio. Puse los dos sobres delante de mí, el grande, más apartado; luego, los cambié de sitio, alejé el pequeño, tomé el grande y vi que estaba abierto. Me sobresaltó ver la letra enmarañada de Claudia. Cogí la carta, estaba cerrada. La miré por delante, por detrás, a contraluz. Era lisa y blanca como la camisa de Tomás el día del entierro. La observé un buen rato, sosteniéndola con las dos manos. Me pesaba. Claudia estaba escondida dentro, y yo tenía miedo.

Rasgué el sobre, sujeté las cuartillas con la punta de los dedos, como si tuvieran veneno, respiré hondo y comencé la lectura.



© Natalia G—mez del Pozuelo. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.