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El corazón de las estatuas |
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Mi tía Paula olía a limón, se recogía el pelo en la
nuca y preguntaba los ríos de España mejor que
nadie. Cuando llegaba al Tajo entornaba los ojos y
decía con voz melancólica: «¡Qué lejos muere este
río, Gregorio! ¿Te das cuenta? Lisboa, Lisboa, Lisboa...
», y repetía aquel nombre, mitad flor, mitad
serpiente, cada vez más bajito. A mí se me enredaba
dentro esa forma suya de pronunciar Lisboa, y
por las noches recordaba su voz antes de dormirme.
Después del silencio, la voz de mi tía Paula pronunciando
Lisboa.
2
No estoy dispuesto a seguir toda la vida tras lo
que debe ser. Ya no. Eso es lo que he hecho hasta
ahora y no ha sido vivir. Me siento tan ignorante de
mí que no hago más que preguntarme de qué me han servido las
tardes en el sofá buscando en los
libros algo con lo que asombrarme si mientras tanto
los trenes salían de las estaciones y los Scanias circulaban
por las carreteras. Es como si los acontecimientos
hubieran pasado a mi alrededor dejándome
atrás. Si vivir es dejar que te pasen cosas, tendré que
probarlo. Quizá sea mejor pensar menos. Después
de todo, puede que los pensamientos existan para
ocultar la verdad.
3
«Mi Gregorio, ni un ruido. No os podéis imaginar
cómo me cuida, todo lo que yo os pueda decir es
poco». Eso le estaba diciendo mi madre a una vecina
en algún rellano de la escalera, una tarde que yo
volvía del mercado con las bolsas de la compra.
Esperé para llamar al ascensor y me entretuve en
mirar el buzón, abrir las cartas del banco, consultar
los extractos, hablar del tiempo con el portero... y
todo, por esperar a que la vecina de turno y mi
madre se metieran cada una en su casa. Hubo un
tiempo en que cada vez que oía a mi madre decir
esas cosas de mí, se me ensanchaba el pecho y el
corazón me respondía con un temblorcillo. Así que
yo, ni un ruido; y un día tras otro evitaba golpear
las tazas a la hora del desayuno, cerraba la puerta
con la llave puesta en la cerradura para no dar un
portazo, recorría los puestos del mercado de abastos para encontrar el mejor corte de carne y los pescados
más frescos o me precipitaba a ponerle el
escabel cuando se sentaba a ver la televisión... Pero
hace un tiempo que cuando mi madre les dice a las
vecinas la suerte que tiene, a mí ya no se me ensancha
la caja torácica ni me tiembla el corazón. Ya
solo me da por pensar que vivir para no contrariar
los deseos de los otros, y mucho menos los de mi
madre, en lo único que me está convirtiendo es en
un mequetrefe de cuarenta y siete años al que se le
pasa la vida en el intento de no dar un ruido.
4
Le he dicho a mi madre que ya tengo bastantes
jerséis. Me hace uno cada año. Cuando llega octubre
compra madejas de lana en la tienda de la
esquina y en una semana lo tiene terminado. Me he
atrevido a decirle que no quiero otro jersey calentito,
que al llegar al Ministerio me asfixio y tengo que
quitármelo. Le he dicho también que preferiría
pasarme los días en camiseta sin mangas, conduciendo
camiones de cuatro ejes por carreteras
secundarias, antes que volver a escuchar las risas de
todos cuando aparezco en el Ministerio con su jersey
el primer día de frío. Me ha mirado de la coronilla
a los pies, haciéndose cruces, como si escuchara
a un poseso.
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© Magdalena Tirado. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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