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Ella y La orgía perpetua |
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LA REPLICANTE
Hoy me he despertado con un agujero negro en
las entrañas y una frase tan tremenda como hermosa
quemándome la mente: «He visto atacar naves en
llamas más allá de Orión».
El replicante Nexus-6 Roy Batty pronuncia esas
palabras al final de la película Blade Runner como un
ángel exterminador que en el último segundo de su
vida sigue buscando respuestas al dolor existencial.
Luego me he esforzado en recordar el monólogo completo:
«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar
naves en llamas más allá de Orión. He visto
rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de
Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el
tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».
Y yo, que hace algún tiempo fui una antorcha humana
asediada por las circunstancias, en ese momento
descubro mi condición de replicante que lucha por
impedir, a toda costa, que el diluvio del futuro arrastre
los llantos pasados. Algo inevitable ahora, con la arena
de todos los relojes escapándose en mi contra.
Anoche marqué su número después de varias
semanas. Le pregunté si me invitaba a su casa a ver
algún DVD, pero en realidad sólo le estaba rogando
que me salvase de mí misma, que me rescatase durante unas horas de este mundo que calla ante
mis cuestiones igual que frente a Batty hiciera su
creador.
Cuando acabó la película, tan alucinada como la
primera vez que la vi, pedí a mi anfitrión que me
dejase quedarme a dormir con él, ante lo que se
me ofreció una negativa en nombre de la coherencia.
Supongo que está bien eso de que uno de los
dos sea capaz de convocar un rayo de lucidez en
medio del delirio compartido, alguien dispuesto a
tomar de una vez por todas una decisión inaplazable.
Así que, aunque jamás me he acostumbrado a
dormir acompañada, al llegar a casa y meterme en la
cama, necesité colocar la almohada en posición vertical
para abandonarme al subconsciente fundida en
un abrazo. Al cabo de unas horas, como cada mañana,
me han arrancado del sueño los cláxones enfurecidos
en la calle Alcalá, y la ignífuga frase pronunciada
por un androide de carne y hueso moribundo
ya no me ha abandonado en todo el día.
MIÉNTEME
Déjame abrazarte y miénteme.
Engáñame al contarme que cuando mamá fue a
darme a luz sintió que entre las piernas se le escapaba
una estrella, que cuando papá me vio la cara
sembró el camino a casa con tréboles de la suerte,
que la niña de las botas altas y la nariz respingona
que hoy huele a amanecer sangriento siempre
fue la reina del patio del colegio.
NUDILLOS ASESINOS
Sor María Antonia daba unos capones que cortaban
la respiración. Al segundo de haber cometido
faltas tan graves como hablar con la compañera
de pupitre a deshora, reírte como la niña que
eras, o emitir una opinión inconveniente, los afilados
nudillos de la monja te abollaban el chasis de
la cabeza. Nunca le conté a mi madre que la tutora
de 6.O B pegaba a sus alumnas, y mucho menos
que yo era uno de sus blancos preferidos. Me daba
tanta vergüenza contar semejante afrenta que
jamás la referí. Tras aplicar su correctivo, la monja,
invariablemente, justificaba su actuación: «Es que,
chica, paeces boba». Luego cruzaba los brazos y
escondía el puño justiciero bajo la manga contraria
del hábito.
A finales del segundo trimestre, en clase de Matemáticas,
sor Carmen nos comunicó que, por motivos
personales, sor María Antonia había regresado a
su ciudad natal y que, a partir de ese momento, ella
sería nuestra nueva tutora.
Una semana antes de las vacaciones de verano,
la directora del centro nos convocó en la capilla. Allí
nos informó de que sor María Antonia había muer-to a causa de una horrible enfermedad y nos pidió
una oración por su alma. Algunas niñas dijeron que
se sentían muy tristes, que les daba mucha pena lo
ocurrido. Yo no dije nada, sólo me alegré del fin de
los nudillos asesinos.
TRUEQUE
Te cambio un beso por las alas que compré a
un hippy en el Rastro,
una caricia por la varita con la que convierto a
mis príncipes en ranas,
un abrazo por la promesa de no bailar jamás
sobre tu corazón,
una sonrisa por el consentimiento a lamer mis
tatuajes,
un suspiro con mi nombre por la llave que abre
el cofre de mi enigma.
BLANCO Y NEGRO
Delante de un par de cervezas, el chico de la
exposición me dijo que estaba hecha en blanco y
negro, como la poesía y los sueños, como todo lo
intangible: «La vida y sus miserias transcurren en
color. Tú pareces una actriz de cine mudo».
Respondí a aquellos halagos sonriendo y sonrojándome.
Luego, antes de despedirnos, me anotó la
dirección de su estudio fotográfico: «Me encantaría
hacerte un retrato». Quedamos en que me pasaría
por allí a la mañana siguiente, pero nunca aparecí.
Poco después dejé a mi novio. De eso hace siete
años y no he vuelto a tener otro. Los hombres con
los que me he tropezado desde entonces sólo han
sido capaces de verme en tecnicolor.
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© Ana Muñoz de la Torre. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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