La muerte no huele a nada
 

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1

Jonás es el tercero de la lista. Su nombre permanece quieto en la pantalla del ordenador entre una señora de 75 años y un hombre de 47. Un coche abollado lo trajo a mi cabeza esta mañana después de algo más de un año sin saber de él. Algo más de un año sin saber de alguien es mucho tiempo. Demasiado. Sobre todo, si es alguien a quien quieres. O a quien querías.

O, al menos, alguien con quien abollaste puertas de coches por Madrid. Por eso lo hice. Por eso metí su nombre en Google al llegar a la oficina. Por eso hice clic con el ratón en el enlace de un periódico local de Tenerife. Por eso, ahora, no puedo apartar la vista de la pantalla.

-¿Estás bien? -pregunta Marta desde su mesa.

Ella pregunta y yo no respondo. Me quedo en silencio leyendo el nombre de Jonás una y otra vez, mientras clavo las uñas en el ratón. Esquelas del día 1 de abril de 2008. Y Jonás, desde hace dos semanas, es el tercero de la lista.

2

Busco un culo en el Barrio de Salamanca, escribo en mayúsculas en la pantalla general del chat, al tiempo que escucho el ruido del somier de Carmela.

Sin otro plan mejor, cada noche, asisto en primera fila al concierto de muelles y gemidos de mi compañera de piso y su novio sardo. Como quien tiene un abono de la ópera, no me pierdo ni una de las funciones que cada noche ofrecen ante un público exclusivo. Tumbado en mi cama aguanto el espectáculo como puedo. Tengo la cabeza sobre dos almohadas y el portátil sobre mi barriga. Estoy caliente. Mucho.

Mientras Carmela y el italiano se esmeran, aporreo con fuerza las teclas del ordenador intentando hacerles la competencia. Esta noche soy Activo_Centro y me paseo por el chat en busca de un tenor con el que montar mi propia compañía artística. Compañía. Eso me falta. Compañía y sexo.

-En cuanto llegues a Madrid te echarás un novio.

Cinco meses llevo aquí.

-Ya lo verás. Que tú vales mucho.

Y los presagios de mis viejos amigos, con la misma credibilidad que la voz de una vidente del 906, siguen sin cumplirse. Un novio, decían, mientras yo enseñaba mis dientes con una sonrisa forzada. Como si fuera fácil conseguir uno. Y menos aún en Madrid, donde con un simple cruce de miradas tienes a un tío restregando su mano en tu bragueta. No es necesario dar números de teléfono, ni decir cómo te llamas. Basta con bajarte lo pantalones y tenerla bien tiesa el rato que dura la función. Después, aplausos y se baja el telón sin demasiadas opciones de volver a salir al escenario. Aprieto el botón de la manzanita al mismo tiempo que la V. Busco un culo en el Barrio de Salamanca aparece de nuevo en la pantalla del chat. Ya no se escucha ruido desde el dormitorio de Carmela.

Ahora él la estará abrazando. Es lo que tiene el amor, que te abrazan después de echarte un polvo. Busco un abrazo en el Barrio de Salamanca. Me pregunto si alguien me diría algo si gritara eso en el chat. Debería haber chats donde la gente buscara abrazos y también los ofreciera. Follar es fácil, que te abracen no. Si patento la idea, seguro que me hago rico y ya no tendría que compartir piso con Carmela, ni escuchar sus abrazos cargados de silencio. Pero hasta que eso llegue, tendré que conformarme con cualquier culo del Barrio de Salamanca.

3

Un tipo parecido a mí me mira desde el otro lado del espejo del ascensor, mientras bajo los seis pisos del edificio donde trabajo. Abrigo negro, cara pálida y ojos que se clavan en el cristal. En una mano, el móvil. En la otra, un cigarro y un mechero que le he cogido a Marta sin pedírselo. Uno a uno, los botones del ascensor van encendiéndose al ritmo de la bajada.

Cinco. Cuatro. Tres. Dos... Llego a la planta baja y salgo hasta la calle con paso firme. Llueve. Siento cómo las gotas heladas, todas a la vez, golpean mi cabeza, tratando de perforarme el cráneo. Sigo repitiendo el nombre de Jonás en mi mente. Intento encender el cigarro pero, al igual que yo, ya está chorreando. Lo tiro al suelo y lo piso. Me da igual. Yo no fumo. El humo me da asco. El humo me da asco pero parece que los problemas, cuando se afrontan con un cigarro en la mano, son menos problemas. O eso nos parece a los que no fumamos cuando vemos la pose interesante de aquellos que sí lo hacen. O igual solo me lo parece a mí.

Busco a Ángel en la agenda del móvil. Allí está. Jonás, no. Jonás no está en mi móvil desde hace mucho tiempo. Pero Ángel sí. Le doy a llamar. Suena el primer tono y suena el segundo y suena el tercero. Y el cuarto. Ángel descuelga. Ángel descuelga, pero no dice nada. Ángel descuelga y sabe quién soy. Después de tantos meses, sigo en su móvil, al igual que sigue él en el mío.

-¿Qué ha pasado? -le pregunto.

Pero Ángel no dice nada. Ángel no dice y de repente empieza a decir. Dice que iba a llamarme y que lleva dos semanas queriendo hacerlo y que no se atrevía.

Ángel dice. Dice y se calla y vuelve a decir.

-Jonás.

Eso dice. Jonás. Dice Jonás y se calla.

-¿Qué ha pasado? -insisto.

Insisto y Ángel dice.

-Jonás ha muerto.

Ángel dice que Jonás ha muerto y sigue diciendo.

Dice que hace unos cuatro meses tuvo unos mareos y que fue al hospital y que le ingresaron y que ya no había remedio. -Jonás ha muerto.

Eso dice Ángel. Ángel dice y ahora soy yo el que se calla. Jonás ha muerto. Jonás ha muerto y yo me callo. Entonces Ángel vuelve a decir.

-Sida. Tenía sida.

Ángel dice que Jonás tenía sida. Sida. Sida y yo permanezco callado. No estoy seguro de haber escuchado la palabra sida, aunque la palabra sida retumbe dentro de mi cabeza agitada por las gotas frías de la lluvia. Sida. Mis rodillas se flexionan hasta que los bajos del abrigo tocan el agua sucia del suelo. Me quedo así, agachado, con el estómago encogido y la cabeza entre mis rodillas. Recojo el cigarro y lo aplasto fuerte entre mis dedos. El tabaco mojado trata de escapar, pero mi mano convertida en puño se lo impide.

-Sida. ¿Jonás tenía sida? -pregunto.

Y por el auricular un Ángel, que ahora parece caído, responde que sí.

-¿No lo sabías?

No, no lo sabía. Ni que se había muerto, ni que tenía sida, ni que tuvo mareos, ni que estuvo ingresado.

Nada. No lo sabía. Nadie me llamó. Nadie. Tampoco él.

Cierro fuerte los ojos. Los aprieto. También la mandíbula. Desearía que la presión hiciera explotar la dentadura desgarrándome la cara. Como una bomba.

Como la noticia de que Jonás está muerto. Sida. Me dejo caer en el suelo. También el móvil y el cigarro aplastado. Quizás si hubiera conseguido encenderlo, los problemas parecerían ahora menos problemas. Pero el cigarro se mojó y el problema es el que es. Ese hijo de puta tenía sida. Y no fue capaz de decírmelo.



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