 |
Los que lloran solos |
|
 |
 |
| |
Para descargar los cuentos en PDF, haz clic aquí Verás, antes de venir a Madrid y de que me cambiara la
fortuna, antes de que me encerrasen y me separaran de mi
hijo, una de las cosas que más me gustaba era sentarme a
la sombra de un magnolio. El magnolio crecía junto al río,
a las afueras del pueblo, y cuando las tardes eran buenas
cogía al Alvarito de la mano y caminábamos hasta allí. Él se
entretenía en echar al agua las hojas abarquilladas, y yo
dejaba pasar el tiempo así, mirando al niño, bajo el aire dulzón
de las magnolias.
Por la cara que pones se diría que eso del magnolio te
parece una tontuna. Pero pensar en ello ha hecho más llevaderos
estos dos meses de cárcel y el estar separada de mi
hijo por primera vez. Puede que en tu país tengas un árbol
del que acordarte. Y hasta puede que también hayas dejado
allí algún crío y no te quede más remedio que fingir
media sonrisa. Yo también lo hago muchas veces. Para
darme ánimos. No quisiera parecerte presuntuosa, pero si
en algo soy maestra es en hacer de tripas corazón.
Son ya varios los días que llevo diciéndome que de hoy
no pasa. Los mismos días que llevo mirándote cada vez que
sales al patio y arrepintiéndome en el último momento,
cuando las piernas empiezan a temblarme.
Todavía ahora las tengo temblonas. Y no es por el traspié
que me he dado a medio camino, no, que de eso me
he repuesto rápido a pesar de que la de la camiseta verde
limón no ha podido guardarse la carcajada. Si me tiemblan
las piernas es por temor a que me des la espalda. Porque
puede ser humillante, acercarme a una desconocida en
medio del patio para hablarle de mi soledad, y que no me
escuche. ¿Me puedes decir de qué sirve una voz sin un oído
que la reciba? Ese es mi miedo. Me sueltan mañana y no
tendré otra oportunidad.
Quizá te estés diciendo que a ti qué te importa. Que a
santo de qué vengo con mis monsergas. Pero desde la mañana
que te vi, me acuerdo bien, ibas descalza y cantabas un
bolero mientras ahuecabas la almohada, desde esa mañana
que te digo, has sido para mí como un imán. Yo no he vuelto
a sentir algo parecido desde que murió mi abuela.
No tienes por qué arrugar el hocico, la verdad es que
mirándote desde fuera, no tenéis comparación. Mi abuela
andaba siempre con algún trabajo entre las manos y nunca
se hubiera atrevido a enseñar, como tú, un metro de pierna.
Su vestido colgaba una cuarta más largo por delante que
por detrás. Y tacones tampoco. La de veces que me contó
en vida lo del par de zapatos que tuvieron que prestarle
para el día de su boda, y fueron los únicos, cuanto más para
atreverse a llevar unos tan altos como los tuyos.
A mí me gustan los zapatos con un poco de tacón. Eso
siempre hace las piernas más bonitas. Yo tengo unos así,
que levantan un poquito. Hoy no los llevo, pero son los
que me suelo poner con este vestido que como es el más
nuevo que tengo y el que mejor me sienta, me lo pongo
sólo para las celebraciones.
Quizá hayan sido demasiados los años que he llevado
ropa triste, ocho, entre el negro y el alivio de luto. Cuando
mandé a la modista del pueblo hacerme este vestido para
quitarme la ropa gris, me pareció que iba provocando con
este escote cuadrado y este corte en las caderas y resulta
que ahora, a tu lado, parezco tu madre y sólo tengo cuarenta.
He escuchado decir a las otras en el comedor que siempre
estás callada. Que rehuyes a la gente porque no te gusta
dar palique. Y en eso estoy contigo, porque mismamente
en eso, en ser de pocas palabras, te pareces a mí. Mi abuela
tampoco hablaba mucho. Yo me crié con ella y me enseñó
a escuchar y a abrir la boca sólo cuando fuera necesario.
Y hoy lo es. Hoy, es necesario atreverme a algo que no
he hecho nunca. Si no, ¿por qué iban a temblarme las piernas?,
¿por qué este miedo de hoy a hablar contigo? Pues por
eso, porque sólo dan miedo las cosas a las que no tienes
costumbre.
Mira, si te parece bien, podemos sentarnos en aquel
banco. Allí da el sol hasta la hora de comer. Si no te parece
bien, podemos dar vueltas por el patio. Yo estoy hecha
a todo, que a mi abuela, con estar siempre tan atareada, si
quería decirle algo, también tenía que irle detrás. Me convertía
en su sombra mientras ella echaba el maíz a las gallinas,
añadía agua al puchero, barría la puerta o encalaba las
paredes. Sólo se sentaba un rato por la noche, al lado de la
lumbre, y yo me quedaba como tonta escuchando las historias
de ánimas que me contaba.
Haces bien en sentarte. Esto nos llevará un rato y a la de
la camiseta verde limón no le dará por acercarse hasta aquí.
Mírala, está recostada en la tapia y no nos quita ojo, ¿la ves?
No sé por qué ha tenido que reírse cuando el tropezón.
Ella, por sí sola no hace nada, siempre en camarilla para
envalentonarse. Y luego, tú y yo las raras. Una mañana, en
un corrillo del patio, hablaba de ti. Decía que para ella que
eras muda. Que te debían de haber cortado la lengua en un
ajuste de cuentas. Por eso no deja ahora de mirarnos. Debe
de estar esperando, para ver qué haces conmigo. Porque la
de la camiseta verde limón también dice que cuando la
colombiana se avinagra, es mejor dejarla en paz.
Pero yo sé que no eres muda, que oírte cantar bajito el
otro día, mientras hacías la cama, me dio confianza. No
vayas a pensar que te espío. Eso sí que no. Yo de las cosas
que me entero es porque las oigo, ya te he dicho que no
pregunto a nadie, que aquí cada una tenemos bastante con
lo nuestro. Pero, desde la mañana que te oí cantar, no he
podido quitarme de la cabeza ese acento tan dulce. La de
la camiseta verde limón también te escuchó desde el pasillo.
Y me miró, cuando no pude evitar pararme un momento
delante de tu puerta. Luego, al verme entrar en las
duchas, la de la camiseta verde limón me dio la espalda y
les dijo a las otras, con mucha socarronería, que hay que
tener valor para estar presa y seguir cantando. Y eso, que
para ella era casi una locura, a mí me pareció una señal del
cielo.
Mientras me duchaba pensé en mi abuela. Ella siempre
decía que quien canta, sus males espanta y que al cantar, la
voz que sale es la del alma. Y al pensar en ello, me quedé
allí parada, con la pastilla de jabón en la mano y me dije
que si presa y todo te daban ganas, es que todavía no estabas
demasiado amargada. Así que, cuando terminé de
secarme con la toalla, ya había decidido que antes de salir
de la cárcel me atrevería a contarte mis cosas. Serás la primera,
y quizá la última, que sepa tanto de mí. Yo no soy de
las que van pregonándose por ahí sin ton ni son. Eso es a
lo que estamos acostumbrados los que lloramos solos. Pero
ahora que puedo llorar en compañía, ahora que tienes a
bien prestarme tus oídos, será mejor que aprovechemos
este sol de la mañana antes de que termine el recreo.
A mí esto de salir al patio me recuerda a la escuela y
mira que fui poco. Lo justo para aprender las cuatro reglas,
que esa es una de las cosas que más me escuece, no haber
podido estudiar. Por eso, cuando nació mi Alvarito me dije:
«Este chico, si Dios quiere, será maestro». Y por emperrarme
yo con eso de que el chico estudiase, he acabado en
presidio. Quién iba a decirme a mí que esa voluntad se me
iba a torcer tanto. Si lo piensas bien, yo creo que no es
justo. Pero qué te voy a contar de justicia, si la llevo atravesada
casi desde que nací. Muchas veces he pensado que a
mi estrella debió de rompérsele alguna punta cuando me la
dieron. Si me da tiempo a terminar, quizá tú puedas decirme
si es sólo cosa mía o si a ti también te parece que mi
estrella tenía algún defecto de hechura.
Suerte..., lo que se dice suerte, no se puede decir que
haya tenido mucha en la vida pero, así entre nosotras, cuando
salga de aquí ya no será lo mismo, como me llamo
Dorotea. Porque esto de acabar en la cárcel, aunque esté
mal decirlo, creo que ha sido casi lo mejor que me ha pasado
hasta el momento, harta ya de ver cómo todo se me iba
torciendo.
Aunque, no todo son penas. Entre mis recuerdos hay
uno «bonito, bonito» que tengo desde niña y en el que he
pensado muchas veces. Te vas a reír, pero aquí donde me
ves, yo quería ser maestra de pueblo. Luego, con los años,
aquello se me fue pasando y cuando nació el Alvarito, yo,
que ya había olvidado lo de ser maestra hace tiempo,
empecé a pensar en que él sí podía llegar a ser maestro. Ya
sabes, los padres a veces nos empeñamos en que los hijos
hagan lo que nosotros no hemos podido y como yo, por
mucho que me empeñase, tampoco había podido enderezar
aquella voluntad, pues no era de extrañar que con el
chico me volvieran las esperanzas.
Empecé a soñar con ser maestra, los dos o tres meses de
invierno que me dejaban en mi casa ir a la escuela porque
no había nada que hacer en el campo. Atención, lo que se
dice atención, pues igual no ponía mucha. Recuerdo que
me quedaba como en una nube, pensando en lo bien que
vivía la maestra todo el día calentita al lado de la estufa de
leña, que cuando se aburría no tenía más que afilar y afilar
lapiceros. La Chelo, mi vecina, me decía que si afilaba lapiceros
no era porque se aburriese, que lo hacía porque estaba
enamorada.
Eran mañanas frías. Llevábamos de casa un tronco de
leña que al entrar en la escuela dejábamos al lado de la
estufa, en un montón que doña Concha iba quemando
hasta que terminaban las clases. Cuando hacíamos el descanso
a media mañana, ella siempre se quedaba dentro
mientras nosotras jugábamos en el patio a la comba o a la
rayuela. Por eso te decía yo que esta hora que nos dan suelta
para que salgamos al patio me recordaba al recreo de la
escuela.
Cuando la Chelo se cansaba de saltar a la comba espiaba
a doña Concha por las ventanas. Luego venía y nos contaba
que no paraba de escribir, y que seguro que eran cartas
para su novio, y que no le conocíamos porque era de
otro pueblo. La Chelo siempre ha sido muy fantasiosa con
lo de los novios, que luego por poco me la lía a mí también
con mi Eusebio. Pero puede que tuviera algo de razón. Los
domingos, la maestra siempre cogía el primer tren de la
mañana y no volvía a aparecer hasta el lunes, un rato antes
de abrir la escuela. Y es probable que fuera a ver a su novio
porque un lunes, lo tengo grabado a fuego, volvía yo de
buscar la leche y la vi bajar del tren. Traía la cara tan triste
que a punto estuve de olvidarme de lo de ser maestra.
Aquella mañana estuvo tan ausente que no le dio ni por afilar
lapiceros. ¡Con lo que eso la entretenía! Y algo serio sí
que debía de pasarle porque, cuando estuvimos cada una
en nuestro sitio, nos dijo que no quería oír ni un murmullo.
Después, nos hizo copiar al dictado un poema tan triste
como su cara y, todavía hoy, no he podido olvidarme de
algunos versos. Luego, nos mandó al recreo antes que
nunca. Todas salieron al patio gritando como locas, pero yo
no tenía ganas de jugar. Unas se pusieron a saltar a la
comba y otras a jugar a la rayuela. Fíjate cómo estaría que,
cuando le tocó dar a la Chelo, me acerqué a su lado y mientras
las otras saltaban le dije que para ser maestra lo mejor
sería no echarse novio, y que le daba la razón, que yo también creía que doña Concha tenía esa cara por haberse
enfadado con algún hombre.
Desde ese día nunca volvió a coger el primer tren de los
domingos y hasta que se marchó del pueblo lo más que
hizo fue sentarse a la orilla del río y recitar versos, pero ella
nunca supo que la espiábamos.
Claro, que todo eso pasaba cuando yo era niña. Cuando
soñaba con viajar en tren como la maestra y ver mundo y
pasar el invierno calentita al lado de una estufa de leña
como la suya.
Aunque te pueda parecer lo contrario, ya te he dicho
que soy bastante callada. Pero, si hay algo que no me ha
quedado más remedio que aprender, es a escuchar. Mi
abuela decía que tanto importa lo uno como lo otro. Que
un buen oído no tiene precio. También decía que para
hablar mucho, antes hay que escuchar otro tanto. Así que,
me pasé la niñez preguntándole si ya era suficiente y ella
contestándome siempre lo mismo: «Cuando llega el momento,
se sabe», y si le insistía para que me dijese cómo, cómo
se sabía aquello, me atajaba diciendo: «Se sabe, sin más».
Cuando se murió yo tenía once años y me he pasado la
vida preguntándome cuándo las personas escuchan lo suficiente
para poder hablar con sentido. Puede que eso no llegue
nunca o puede que yo haya dejado pasar un tiempo
demasiado largo. No lo sé. Lo que sí me parece, es que ya
he llorado sola demasiado tiempo. Si no, que se lo pregunten
a mis plantas. A veces, me ponía tan triste que, hasta las
alegrías que tenía en las ventanas de mi casa se iban
doblando poco a poco y no era capaz de enderezarlas ni
con agua, ni con abono, ni con nada. Un día me dije que
así no podía seguir que, o empezaba a tener más espíritu,
o hasta las plantas se morirían. Y una mañana, mientras las
regaba, empecé a hablar con ellas de que me iba a venir a
Madrid para que el Alvarito estudiase y las plantas empezaron
a sobreponerse y volvieron a tomar cuerpo.
Y hablando de cuerpos, no te lo tomes a mal pero, ¡qué
bien te sienta la ropa! Y es que tienes un palmito que seguro
que has vuelto loco a más de uno, con ese colorcito café
y esas dos tan bien puestas. Aunque, por bien puestas, yo
tampoco puedo quejarme, que ya me lo decía mi Eusebio,
que las tenía yo mirando al cielo.
El Eusebio y yo nos hicimos novios un día de invierno.
Nunca podré olvidarlo. Me regaló una naranja que traía
guardada en el bolsillo, fíjate qué cosa más tonta. La verdad
es que ya hacía muchos meses que me había acostumbrado
a verle pasar por delante de mi ventana cada tarde, poco
después del toque de sirena de la serrería donde trabajaba.
Por lo que tardaba en llegar, yo siempre tuve la certeza de
que venía corriendo. Pero al acercarse a mi puerta amainaba
el paso y hacía como que había llegado hasta allí sin
prisa, paseando, que para aquel entonces ya había aprendido
a distinguir muy bien el cambio de su carrera en el
empedrado de la calle. No sé, pero también es cierto que
por aquellos días le notaba más resuelto. Quizá fuese porque
unas dos semanas antes de que se atreviese a llevarme
una de las primeras naranjas del invierno, le había oído silbar
al acercarse a la ventana y también porque se empezó
a esforzar en no arrastrar tanto los pies, que cuando nos
casamos me enteré de lo caro que me salía en suelas.
Pero aquel día de invierno del que te hablo, no pasó
delante de la ventana haciéndose el distraído, como había
hecho tantas otras veces. Aquel día, se paró, dio unos golpecitos
en el cristal, y se quedó esperando. Yo me hice la tonta
y seguí contando hilos sin mover la cabeza, como si en ello
me fuera la vida. Con la poca luz que quedaba fuera y su
cuerpo larguirucho parado delante de la ventana, apenas
podía seguir la labor y hasta me equivoqué al contar los hilos,
que luego tuve que deshacerlo, pero eso no se lo dije nunca.
Aunque llevaba más de un año esperando a que se atreviese
a decirme algo, la verdad es que ese día me pilló un
poco de sopetón. Cuando lo sentí allí parado, además de
confundirme al contar los hilos, también cogí la aguja equivocada
del acerico y el tallo de la flor que estaba bordando
lo hice de color azul. No sé si en tu país habrá flores con
el tallo azul; en las tierras que yo conozco, no he visto
nunca ninguna. Pero yo hacía que estaba muy a lo mío,
como si los tallos se hubiesen bordado azules de toda la
vida y, para que levantara la cabeza, tuvo que tocar el cristal
por segunda vez. Entonces sí, entonces levanté la cabeza
y allí estaba el Eusebio, con la naranja en la mano esperando
a ver si le hacía caso. Y, ¿qué iba a hacer?, pues abrir
la ventana para no despreciarle la naranja pero, al ir a
cogérsela, salió rodando calle abajo y tuvo que ir tras ella
como un niño al que se le escapa la pelota. Después de
tanto imaginarme cómo sería su declaración, no pude
menos que reírme.
Pero no te vayas a creer que se lo puse fácil. Ahora me
arrepiento un poco, no creas, que para una de las pocas
cosas que he tenido buenas en esta vida, no imaginaba yo
que me iba a durar sólo unos años. Ni sé la de veces que
me he arrepentido después de todas aquellas tardes que le
cerré las cortinas cuando se quedaba mirándome allí plantado
como un pasmarote, con tanta reverencia, que parecía
que estaba mirando un paso de procesión más que a una
futura novia. Y tuve que decirle que, o dejaba de mirarme
así, o se acababa el cortejo. Por eso, el día que al ir a echar
la cortina sacó la naranja del bolsillo, me dio no sé qué
darle con ella en las narices y abrí la ventana para cogérsela.
Desde aquel día empezamos a hablar formalmente,
desde la ventana, claro, no vayas a pensar lo que no es.
Tuvieron que pasar todavía unos meses hasta que acepté ir
con él a la romería.
Y esto quizá no lo entiendas pero, en un pueblo pequeño
y viviendo sola, una tenía que tener sus precauciones.
Porque cuando ya habías sido novia de alguien y la cosa no
salía bien, el pueblo entero sólo te veía vistiendo santos. Y
yo no soy muy de iglesias, la verdad, a los funerales y las
fiestas grandes. Tenías que haber oído las reprimendas que
me echaba don Zacarías, el cura, cuando me encontraba
por la calle: «Dorotea, que te vas a perder, una mocita sola
y sin confesarse por lo menos una vez a la semana, y encima
con novio, que ya me he enterado, te vas a perder hija,
te vas a perder...», y así, cada vez que me veía. Aunque esté
mal decirlo, empecé a rehuirle. Si veía la sotana aparecer
por una calle, cambiaba de camino, que ya me tenía bastante
harta con aquel sermón callejero, como para ir a
aguantarle encima los domingos.
Puede que le acostumbrase mal la temporada que iba
todas las tardes a la iglesia. Pero de eso hacía ya muchos
años, cuando murieron mis padres y fui a la misa de siete
hasta que me gasté el dinero que me dio el pueblo para responsos.
Porque cuando ya me fue volviendo la tranquilidad,
rezaba sola en casa, a mi manera, que para eso no
hacen falta consejos de cura.
Y es que, quedarse sola de la noche a la mañana fue un
trago. Entrar en casa y encontrarme a mi padre y a mi
madre en el suelo, al lado de la mesa camilla, y tocarlos y
que no se mueva ninguno, ni una señal, eso es muy duro,
morenita. Y más, cuando tienes dieciocho años y eres hija
única, que me tuve que consolar con dar un puntapié al
brasero y gastarme todo el dinero en misas y responsos, ya
ves tú que consuelo.
Pero ¿dónde estábamos? Sí, te decía que hasta que el
Eusebio me convenció para salir con él por la calle tuvo
que pasarse unos meses de visitas a la ventana. Aquella primavera
llegó más bonita que ninguna otra de las que yo
recordaba, igual es que la veía así porque ya tenía novio.
No sé. El caso es que después de pasarse una semana de
mayo insistiendo para que fuésemos a la romería de la
Ascensión, le dije que sí. Y la noche de antes, después de
dejar la costura, preparé una cesta con la comida para llevarla
a la ermita.
No recuerdo haber tardado nunca tanto en hacer una tortilla.
Pasé un rato escogiendo los huevos más gordos del
gallinero y cuando puse las patatas en la sartén, estuve todo
el rato vigilándolas, no se me fuesen a quemar. Porque,
mientras veía hervir el aceite, me venían a la memoria las
palabras que mi padre siempre le decía a mi madre a la hora
de la comida: «Sagrario, tu a mí me conquistaste por el estómago
». Esas cosas cuando las oyes mucho de niña, ya no se
te olvidan. Así que me dio por pensar en eso, en que como
no le gustase mi tortilla pues que igual no quería ser mi
novio. Ya ves tú. Que recuerdo que me desperté entre noche,
cuando soñaba que daba vueltas a una tortilla y se me caía
al suelo, y no me tranquilicé hasta que salté de la cama y
corrí a mirar que la cesta no estuviese al alcance de los gatos.
Apenas dormí. Cuando vino el Eusebio a buscarme por
la mañana, ya había hecho todas las labores de la casa,
había ido a la tahona a por el pan, había dejado comida
para los gatos y las gallinas y, aun así, llevaba una hora
esperándole sentada bajo la higuera que tenía en el corral.
Claro, que él ni se imagina la hora que pasé a la sombra de
la higuera repasando y repasando las cosas de la cesta:
hogaza, tortilla, chorizo, un frasquito de vino, servilletas,
mantel, tenedores, vasos... Que no se lo conté porque tampoco
quería parecerle muy exagerada.
Por eso, en cuanto le sentí llegar, tapé todo con el mantel
y corrí a la puerta sin dejarle siquiera pasar al zaguán. Y
para que tuviese las manos ocupadas le di la cesta mientras
yo cogía la llave del clavo de la pared y echaba el cerrojo
y la llave al portón. Llegamos al camino de la ermita, cuando
ya empezaba a animarse de romeros.
Al principio nos costó entrar en conversación. Yo le pregunté
por la serrería y él preguntó por mi costura, y si no
me aburría todo el día sola en casa dándole a la aguja. Yo
le contestaba que si la costumbre te puede, se te olvida la
soledad, pero tengo que reconocer que mientras le decía
esto, me acordaba de las plantas de mi ventana, que aun
siendo alegrías ya te he dicho que a veces las notaba decaídas
cuando les contaba mis cosas, que se iban doblando
poco a poco y que ni agua, ni abono, ni nada. Pero eso
tampoco se lo dije, claro, no se fuera a pensar que era yo
una triste, que todavía estaba por ver qué me decía de la
tortilla y si le parecía buena cocinera. Pero, así entre nosotras,
desde que empezaron los preparativos de la boda
hasta que tuve la desgracia de perder al Eusebio para siempre,
las alegrías estuvieron más alegres que nunca. Ya ves,
para que luego digan que las plantas no sienten.
Pues como te contaba, estaba dándole vueltas a la cabeza
con eso de mis plantas, cuando el Eusebio intentó cogerme
de la mano, tan a punto, que llegaron por detrás la
Chelo y el Pablo, su novio de entonces. Y para qué quieres
más. Empezaron a hacernos bromas y la Chelo hasta me
tiró de la chaqueta y me llevó a la orilla del camino para
decirme, con aquellos ojos de brasa que ella ponía, que
estaría contenta porque ya podía empezar a matar culebras.
Estuve por no volver a dirigirle la palabra. Pero no quise
dejar que me estropease mi primer día de novia por una de
sus tonterías, y sólo le dije que si volvía a repetir aquello, y
más delante del Eusebio, no volvería a mirarle a la cara.
Ya te he dicho que la Chelo, para esto de los novios era
un poco fantasiosa. Cambiaba a menudo de hombre. Pero
a ella no le preocupaba lo de vestir santos, que cuando
algún novio despechado le decía que acabaría vistiendo
santos, no se apocaba, le contestaba que prefería desnudar
vivos y se quedaba tan ancha.
A mí me daba un poco de reparo cuando me hablaba de
esas cosas y, aunque luego no acabamos muy bien, se me
encoge el corazón cuando la recuerdo. Que tendría muchos
novios pero, la verdad era que estaba tan sola como yo
antes de casarme. Y al final, se tuvo que venir a Madrid,
según decía, porque ya no había culebras que matar en el
pueblo.
Un poco bruta sí era, pero también reconozco que no
era fácil ser una mujer de sangre caliente donde todo el
mundo te conoce. Que yo hasta llegué a defenderla delante
del Eusebio, cuando volvíamos de despedirla de la estación,
el día que se vino para la capital. Y aunque el Eusebio
entonces no me dijo nada, también lo había intentado con
él cuando ya estábamos casados. Pero de eso me enteré
mucho después. Por el Eusebio mismo. Me lo soltó un día,
harto de ver cómo yo seguía sacándole la cara cada vez que
alguien me hablaba mal de ella. Y eso sí que no se lo perdoné
a la Chelo. Dejé de contestar a sus cartas sin dar ninguna
explicación.
Tres años después de marcharse, la Chelo volvió por el
pueblo. Mi Alvarito acababa de nacer y, cuando vino a
verme, no le abrí la puerta. Eso no se le hace a una amiga,
¿no crees? Que lo peor de todo fue ese comecome que me
dejó por dentro. Y aunque el Eusebio siempre dijo que la
mandó a la mierda, a mí me dejó con esa duda para siempre,
que una no sabe nunca lo que puede pasar por la
cabeza de un hombre, aunque sea el tuyo, cuando se lo
ponen tan fácil. Porque la Chelo, todo hay que decirlo, era
muy guapa y también las tenía mirando al cielo, y yo sé
bien que esa era una de las cosas que más le gustaban a mi
Eusebio. Por eso no acabo yo de creerme que le dijese que
no. Pero voy a dejarlo aquí, que a mí nunca me ha gustado
hablar mal de los que no están y menos de los que ya
se han muerto.
|
|
|
© Magdalena Tirado. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
|