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Mudanzas |
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Para descargar el capítulo en PDF, haz clic aquí Supongo que si uno no se muere sobrevive a casi
todo. Dicho así suena tonto, ya lo sé, pero hay
momentos en los que uno para, piensa, y eso es
todo lo que encuentra. Joder, estar aquí, seguir
estando. Y encima tiene que alegrarse. Lo cierto es
que si algo se puso en marcha, si algo se puso de
verdad en movimiento, lo hizo aquella tarde en el
Marley. Era sábado y, si había que medirlo por mis
sentimientos, el último de mi vida. Aplastado, así
me sentía, como si un camión de volquete hubiera
dejado caer sobre mí las cajas de una mudanza
entera. Todas aquellas cajas y yo allí debajo, hecho
papilla, incapaz de moverme, derribado por un
dolor tan gigantesco que estaba seguro de que tenía
que haberme matado. Pero no estaba muerto, estaba
allí, desplomado en uno de los sillones del Marley
mientras la cerveza se me calentaba, con un
asiento vacío a mi lado.
Era Elsa la que faltaba. Se había largado cinco
minutos después de haber entrado iluminándolo
todo, hermosa como un sueño. Demasiado hermosa,
demasiado pintada, con ese vestido largo que el
primer día también se había puesto para mí, Elsa se sentó a mi lado y no me dejó besarla. Solo bajó la
mirada, un instante, el tiempo justo de decirse
«vamos allá», y me echó todas las cajas de golpe
encima.
—Hace tiempo que lo nuestro no funciona —me
dijo, tan original.
Y no se dignó a explicarse, solo insistió un par
de veces en que ya no era lo mismo y se enfadó un
poco cuando balbuceé si había otro.
—Yo nunca pongo los cuernos —saltó ofendida.
Y se había ahorrado el resto del espectáculo largándose
a toda mecha.
Supongo que no mintió, que tendría al otro esperándola
en el Gran Vuelo o en el Glam y que había
tenido el detalle de venir a dejarme cinco minutos
antes de ir a liarse con él. Elsa tenía estilo y, a su
manera, era una chica decente.
Me quería morir, estaba muerto, pero solo con
quererlo no resulta tan fácil. Y además era mentira,
quería perseguirla, quería echarme de rodillas y llorar
y suplicar hasta que volviera conmigo, pero no
conseguía moverme. Era como tener algo enorme
encima, un no gigante, descomunal. «NO puede
ser», algo así pero con un NO mucho más grande
que me aplastaba contra aquel cojín asqueroso
mientras la cerveza se me calentaba y sonaban los
Flesh, y los A10 le cantaban a Benarés y la peña
brincaba, y los guapos presumían de corte de pelo,
y nadie, ni siquiera una de aquellas pedorras que a
veces me miraban y que no valían ni para besar el
polvo que pisaba Elsa, ocupaba el asiento a mi lado.
NO. Aplastado. «NO puede ser». Una situación que solo más tarde, a la cuarta o quinta sesión con el
loquero, recordé que había vivido antes, en miniatura,
cuando tenía siete u ocho años y maté al hámster
de un pisotón. Lo habíamos sacado a dar una
vuelta y tuve que ser yo el que lo pisara. Algo blando
y peludo despachurrándose bajo mi pie. Y luego
algo muy quieto, un ratón encogido sobre las baldosas
de la cocina. Y fue entonces, mucho antes de
dejar de darle masaje y aspirinas disueltas, de acariciarle
el pelo gris y de tirarle de las patitas para
hacerlo reaccionar, cuando me encontré por primera
vez con ese «NO puede ser» que no sirve para
nada.
Así fue como me encontraron, aplastado como
un ratón con el espinazo a cachos. Elsa había tenido
el detalle, otro más, de sugerirme que esa tarde
quedase con Jorge y los otros.
—Queda con ellos, pero a y media. Así hablamos
antes.
Y a mí no me había extrañado. En tres meses
habíamos quedado con ellos una vez, al principio.
Solo había vuelto a verlos durante la semana que
ella estuvo en París. Pero esa tarde me propuso llamarlos
y a mí no me sorprendió. Aún no sabía que
Elsa era así, de las que te tira por el barranco pero
se asegura de haber llamado a los bomberos para
que estén abajo con la lona.
No lloré. Se me quebró la voz como a un imbécil,
lo justo para no dar la talla, pero no solté una
lágrima. Había algo, una burbuja que ni siquiera todo aquel peso, el millón de cajas que Elsa me
había echado encima de golpe, conseguía reventar.
Los chicos no lloran y toda esa mierda, y la vergüenza
que era casi lo peor. No tenía fuerzas ni para
beberme la cerveza.
Los bomberos se dieron cuenta nada más entrar.
Llegaron todos juntos, en pandilla, desentonando
en el Marley con sus pintas de niños bien y encima
con el Moby que se les había pegado. Cien kilos de
Moby, como para no verlo. No preguntaron «¿dónde
está Elsa?», sino «¿qué te pasa, Ari?». No sé ni cómo
se lo conté. Supongo que no les dije: «me ha dejado»,
ni «se ha ido», ni «me ha abandonado», sino más bien
algo como «ya no salimos» o «lo hemos dejado», algo
que pusiera a salvo la poca dignidad que me quedaba.
O tal vez no, tal vez les dije que se había largado,
que me sentía fatal y que me quería morir. Es muy
posible porque recuerdo que la voz se me cortaba,
que sonaba Hungryhead y tenían que arrimarse para
escuchar lo que les decía sobre los riffs de guitarra,
pero sé que conseguí no echarme a llorar.
Había que verles las caras. No sé si me di cuenta
entonces pero Jorge me miraba muy frío detrás de sus
gafas, con ese aire satisfecho, ese aire de venganza
consumada, y Juanma tenía su sonrisita de vampiro
en los labios, como si lo viera por la tele o pensara
que todo iba a arreglarse con unas cañas. Edu se
había acurrucado a mi lado, en el asiento de ella y
solo decía: «joder, tío», «lo siento, tío» y el Moby se
pidió una cerveza y trató de hacer un chiste.
—Bueno, venga, vamos a dar una vuelta —dijo
alguno de ellos mucho más tarde.
O eso me pareció, pero supongo que nos fuimos
enseguida. Creo que, excepto el Moby, no se tomaron
ni una caña. Y la mía se quedó ahí, caliente, o
puede que el Moby se la bebiera de un trago antes
de salir.
Había una buena liada en la calle. Sirenas, luces
azules, y todo un ejército de monos cacheando a la
gente contra la pared. Seguro que los desconchones
de las fachadas estaban llenos de chinas y papelas, o
eso dijo el Moby. Pero a nosotros ni nos miraron, ni
al paquidermo del Moby con sus cien kilos, ni siquiera
a mí a pesar de las pintas. Entramos en un bar cualquiera
y tan rápido como pude me emborraché,
como si toda aquella cerveza pudiera hacer algo más
que aturdirme. Cogía el litro y la cerveza entraba a
borbotones, helada, como un desinfectante.
—Vamos al Clarence —propuse cuando dijeron
de irse a dormir.
Sabía que Elsa iba a estar allí y quería verla, suplicarle,
arrodillarme, acodarme en la barra y demostrarle
que me importaba tan poco que no iba a tener
más remedio que volver conmigo. Primero se lo
pedí y luego me puse a suplicarles uno a uno. En
medio de la calle, mientras caminaban hacia el
metro. Parecía un pájaro, una polilla dándoles vueltas
y chocándome con todo, me ponía delante para
intentar que se parasen. Supongo que tenía que
empezar cuanto antes a hacer el ridículo, a perder
la poca dignidad que Elsa me había dejado.
—Paso.
—Menudo muermo.
—¿Qué quieres hacer allí?
—Eso, qué vas a hacer cuando la veas.
—Lo único que vas a conseguir es pasarlo peor.
Eso era imposible, no había peor, si me sentía
peor me moría, de eso estaba seguro. Pero cuando
Jorge y Juanma se ponían así no había nada que
hacer. Además, Jorge estaba resentido por lo de
Cárol y yo me sentía lo suficientemente culpable
como para no insistir, y en cuanto a Juanma, creo
que ni siquiera por Elsa hubiera sido capaz de
soportar su sonrisa de Draculín toda la noche. Aun
así se lo pedí, en todos los tonos, por favor, por mí,
por lo que más quisieran, con la lengua de trapo,
chocándome con ellos y con la gente que reía y
aullaba, entre los bocinazos de los coches y las canciones
de los borrachos, hasta que desaparecieron
por la escalera del metro.
—Yo no puedo, tío —me dijo entonces Edu con
ojos de oveja triste.
Y era verdad, y sé que lo sentía. Así que hasta le
di las gracias cuando me dio una palmada en el
hombro y se marchó a coger el veintiuno.
—¿Cuánto te queda?
Ahí estaba el Moby, detrás de mí, bamboleándose
como una boya enorme y borracha. No dudé ni
un segundo que era el olor de mi dinero, el aroma
de la cerveza, lo que lo mantenía anclado a mi lado,
pero me hurgué en los bolsillos y lo contamos.
Había suficiente, pero solo para mí y sin contar el
metro. El Moby se encogió de hombros cuando se
lo expliqué.
—Tú mismo —dijo.
Y se quedó allí, esperando mientras cambiaba el
peso de un pie al otro para tratar de no caerse.
Era muy tarde cuando llegué a casa y por supuesto
estaba formado el comité de recepción.
—¿Qué horas son estas?
—Sabes que a partir de las doce tienes que pedir
permiso.
—Míralo, si no se tiene en pie.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
Hubiera sido fácil zafarse, salir del lío. Pero estaba
yo más para dar que para esquivar.
—Dejadme en paz —les dije, y luego los mandé
a la mierda, tal cual— No tenéis ni puta idea.
Y me abrí la cazadora para que viesen la camiseta
manchada de sangre.
Podía haberlo hecho peor, podría haberles pegado,
o haberme liado a patadas con la colección de muñecas
de porcelana del aparador, pero de todas formas
fue un desastre. La vieja se puso trágica y los gritos del
viejo debieron de oírse en tres manzanas. No merece
la pena que me extienda en los asquerosos detalles de
lo que me dijo. No sé qué lío me había hecho por el
camino, pero supongo que creía que por lo menos
me iban a dejar hablar, no sé, un poco de comprensión.
Joder, eran mis padres y no contaba con que
también fuesen a liarse a patadas con el ratón.
Y entonces sí que me vine abajo. Me abrí paso a
empujones y me encerré en el baño. Pensé que me
moría. La maldita burbuja había reventado y no
podía parar de llorar, como una nenaza, como
aquella noche después de enterrar al hámster. No
podía ser, aquello no podía estar pasando. Al otro
lado el viejo golpeaba la puerta con los puños, con
las manos, gritaba como un bestia. Pero yo ya no
podía levantarme, estaba muerto, quería estarlo, de
verdad, lo quería con todas mis fuerzas, quería
morirme allí, sentado en la taza, con la camiseta
empapada de la sangre del Moby, que me encontraran
muy quieto, encogido sobre los baldosines y que
Elsa se muriera de remordimientos cuando se lo contaran.
Quería que aquel NO terminara de aplastarme,
sentir cómo se me quebraba el espinazo y que ya no
hubiera nada, que se acabaran los golpes, que los
viejos dejaran de gritar y que Elsa, oh sí, que Elsa volviera
conmigo. Que volviera porque sin ella no era
nada. Nada.
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© Javier Sagarna. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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