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Nosotros, todos nosotros |
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Prólogo de Medardo Fraile
DE PASO
PALABRAS LIMINARES
A Víctor lo conocí en las clases de narrativa que José María Merino y yo impartimos en El Escorial
y lo traté, más tarde, en el grupo La llave de los campos, creado por Ángel Zapata y, cuando obtuvo
un prestigioso premio de libros de cuentos y me lo regaló al publicarse, no pude reprimir mi alegría
y escribí en el suplemento literario de un periódico:
«Ya me parecía a mí que Víctor García Antón, ese muchacho humilde, de sonrisa abierta y ojos
alegres y penetrantes, iba a escribir buenísimos cuentos. Acaba de salir su primer libro,
Amor del bueno, que fue Premio Caja España del año 2004, y contiene dieciséis relatos,
de los que yo no sabría decir cuál me ha gustado más. Ojalá se pudieran contar todas las cosas
del mundo como él lo hace. Con ese humor comprensivo y zumbón, humor de vuelta, de espectador
que advierte cómo tomamos en serio lo que no es más que un juego archirrepetido. Sus criaturas,
por humanas, podrían subir a los altares y están muy bien dotadas para hacer preguntas con el arma
terrible de la ingenuidad. Víctor cuenta las guerras y las paces, los acuerdos y los desacuerdos entre
hombres y mujeres al son que marca la batuta loca del sexo, la realidad y el ensueño».
En los «Agradecimientos» de ese libro añade entre paréntesis, para que no lo dudemos,
que la gratitud es suya, «de ese YO que lo quiere todo». Así que, si el libro anterior era de
Amor del bueno —ese que va escaseando más que el petróleo—, no hay que extrañarse de
que en esta nueva entrega de cuentos Víctor quiera hablar, para que esté más claro todavía, de
Nosotros, todos nosotros. Como debe ser.
Entre los tópicos vacíos de los críticos —que nunca se han caracterizado por su autocrítica—, uno
es decir de cualquier libro posterior a otro, y decirlo con ínfulas doctorales, por supuesto, que ese
libro es mejor que el publicado antes. El autor ha crecido y, en vez de verse sorprendido por la
artrosis, se encuentra galardonado con más talento. No. Un libro primero puede ser muy bueno —se
han dado casos—, un libro segundo puede ser muy bueno, y así sucesivamente, si el escritor es
auténtico y lo han dotado desde la cuna con esa clase de talento que no cesa, como el rayo de
Miguel Hernández. Nosotros, todos nosotros es un gran libro de cuentos, como lo fue el
anterior, aunque el autor tenga un desengaño más y una ilusión menos, o al revés, o una visión
más nítida y otra más turbia, o al revés. La Literatura es y debe ser Vida y la de
Víctor García Antón lo es por los cuatro costados o por todos los costados que le gustaba
a Unamuno que tuviéramos.
El contenido de este libro no se nutre de lo absurdo, porque hoy lo absurdo es lo normal,
la Coca-Cola nuestra de cada día, lo que solía llamarse realidad. En este libro cada cual vive
su lógica, que es otra o puede ser falta de ella, pero la vive con tal naturalidad —o fatalidad—
que el lector se pregunta si no es así y acaba convenciéndose de que es así. A ello contribuye
un humor muy valioso y perfectamente serio. El mundo muy bien pudiera ser —como nos parece
tantas veces— un inmenso sanatorio psiquiátrico, en el que uno o más pacientes —los narradores
de este libro— iluminan y llenan de encanto y paz a los demás enfermos y al personal sanitario,
y unos y otros acaban por someterse a las órdenes de esos locos mágicos, civilizados, tranquilos,
que consiguen hacer de la locura de los demás el fruto más bello del Universo y los llenan
de historias en las que hay sinécdoques esperanzadoras o angustiadas —la bicicleta, la puerta— y
metáforas que se alargan hasta llegar a ser alegorías. La lógica de las sombras se desata para
siempre de sus ataduras rancias y pone a todos en el brete de aprender a pensar de otra forma,
atraídos por la evidencia de unas historias nada engañosas, sino límpidas, naturales, traspasadas
de luz y bondad, tal vez un eco resucitado de otros siglos. En este libro nos espera a todos el
amanecer que nos verá salir cambiados del sanatorio psiquiátrico que es el mundo, aunque al
principio no acabemos de entendernos con él porque aún nos queda costra de lo antiguo, hasta
que cambiemos de piel para ser completamente nuevos. Lo demás es seguir programados en la
higuera, creyendo y diciendo siempre lo mismo, como esos dos monos —hombres— del último
cuento.
Lean ustedes «La estela de las mujeres», «Un tigre de Bengala» o ese largo suspiro
virilmente llorado, irrepetible, que es «Últimas palabras a mi padre». Léanlo todo. Yo creo que
este libro tan bien escrito es verdadero y, paternalmente —perdón—, levanto el dedo índice
—indicativo— de mi mano más derecha y digo: «¡Ay de quien no crea que todo esto es verdad!».
MEDARDO FRAILE
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© Medardo Fraile. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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