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Otra vida por vivir |
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Para descargar el primer capítulo en PDF, haz clic aquí El titular decía: MUJER ENCERRADA CON UNA LEONA.
Y debajo se explicaba la noticia: «En la mañana de
ayer, una mujer de 48 años, que practicaba jogging cerca
de su casa, se encontró con una leona que había escapado
del zoológico de nuestra ciudad. Al parecer la mujer,
cuyas iniciales son A. E. S. consiguió aplacar a la fiera,
que había sembrado el terror en las calles adyacentes de
la urbanización Las Lomas de Arroyoseco, lugar donde
sucedieron los hechos. Al llegar al mismo los servicios del
Zoológico y de Protección Civil, A. E. S. no consintió en
separarse del animal, y penetró en la jaula abrazada a su
cuello sin que nadie, por razones obvias, se atreviese a
impedirlo. Según fuentes de la Policía Nacional que intentó
en vano evitar el suceso, la mujer se niega a salir de su
encierro si no se libera igualmente a la leona. Ni el equipo
de psicólogos de la Policía, entre los cuales se encuentra
un hábil negociador para casos de secuestro, ni la propia
familia de la susodicha han logrado hasta el momento
que esta deponga su actitud.»
Aquí estoy, parece mentira, metida en esta jaula con
una leona. Si me lo llegan a decir esta mañana... justamente esta mañana, que estuve a punto de no salir a correr
después de la nochecita pasada. Tenía los párpados pegados
cuando sonó el despertador, las bolsas debajo de los
ojos, ese rictus en la boca que no soporto verme, el rictus
de mamá. Y pensé: «¿Para qué?» Pero, como siempre, fue
más fuerte la costumbre y me vestí casi dormida y salí del
cuarto de baño y atravesé de puntillas la habitación para
no despertar a Javier. Siempre esa sensación de triunfo
por las mañanas, sobre todo después de una discusión
como la de anoche, siempre ese orgullo de levantarme
venciendo la tristeza de un nuevo día mientras él permanece
refugiado en su sueño cobarde y anestésico, siempre
esa pujanza, ese prurito de vencerle que no sé a
dónde me lleva...
Ni recuerdo ya cómo llegué hasta la calle y me puse a
correr. Llevo tanto tiempo haciéndolo que suelo dar los
primeros pasos aún medio dormida y sólo después voy
recobrando el sentido del día que comienza.
Y ella fue mi despertar. La vi desde lejos sin advertirlo,
como un punto desacostumbrado en la larga recta que
enfilaba sonámbula. La vi sin saber lo que veía a la luz
difusa del amanecer y continué corriendo sin atreverme a
creer lo que era más y más evidente, continué corriendo
cada vez más lentamente pero sin poder dejar de hacerlo
hasta que sus ojos me detuvieron.
—Cojones no se la pueden negar.
—Cojones o aburrimiento, vaya usté a saber.
El Sebas y el Chuli almorzaban recostados en la pared
del almacén, vigilando mientras tanto la jaula de la leona.
Todavía les temblaban las piernas al recordar el timbre del
teléfono a las cuatro de la mañana. El vigilante de noche
gritando que la leona se había escapado, «¿Qué leona? ¿Safira,
Aida?», «Y yo qué hostias sé, la leona, la preñada, creo,
la que estaba sola». Y la madre, la esposa, preguntando
desde la cama con el sueño entorpeciéndoles la lengua,
¿Qué pasa?, Nada, ¿Quién llamaba?, Me cago en mi suerte,
una leona que se ha escapao...
Llegaron al mismo tiempo a las puertas del zoológico,
fantasmal a esas horas con las luces azules de la policía
barriendo periódicamente las amables caricaturas de las
bestias que adornaban las taquillas, el osito panda, la jirafita,
el cachorrito de león... el furgón ya estaba preparado,
la veterinaria concluía de rellenar las grandes jeringas con
el anestésico. Había llovido hasta hacía poco pero el aire
venía templado, cargado con los olores de los animales
encerrados, aromas de selva potenciados por la lluvia y el
calor.
El Sebas y el Chuli cogieron los lazos y los protectores,
y se subieron al furgón.
—¿Y a dónde coño vamos?
—Aquí tienen la emisora abierta —dijo el guarda de
noche señalando a la policía—; en cuanto que alguien
cante, lo sabremos. Y vaya si cantarán. En cuanto que la
vean la jeta.
—Con tal que no sea ella la que vea primero al que
sea...
Neky tironeó una vez más de los pantalones de su
amo.
—Ya voy, Neky, espera...
Neky gruñó, enseñando los dientes de abajo, y su rostro
chato, de ojos saltones, pareció cubrir de reproches al
hombre que organizaba su cartapacio.
—El pobrecito tiene pipí. Y tú le haces esperar, sádico.
¿Tiene pipí mi pequeñín?
Neky amagó un mordisco hacia la mano mórbida, de
uñas rojas, que se acercaba para acariciarle.
—¡Uy, qué genio! ¡Malo, que eres muy malo! Alfonso,
sácale ya, que está de mal humor.
Alfonso terminó de ordenar su cartapacio y cogió la
correa que su mujer le tendía. Neky reculó hasta la puerta
gruñendo y ladrando, y, en cuanto pudo, salió al jardín
como una exhalación.
—¡Cuidado, Neky! ¡Alfonso, ponle la correa! ¡¡Alfonso...!!
Pero ya Neky había salido del jardín por un agujero en
el seto, y Alfonso, libre también, desdeñaba los cotidianos
consejos de su mujer. Desde hacía años oía sin escuchar
aquella matutina cantinela, abrígate, cuidado con el tráfico,
no vuelvas tarde, sujeta a Neky... lo oía sin escucharlo
y por eso, ahora, las palabras de su mujer asomada a
la ventana no le impresionaron hasta que el significado
penetró en su cabeza junto con un alarido desesperado.
Su mujer había dicho:
—¡¡Alfonso, Neky, un león!! ¡¡¡Dios mío!!! ¡¡¡¡Un león!!!!
Y entonces, justo cuando Alfonso miró donde su mujer
señalaba, Neky se arrancó hacia la fiera ladrando con un
ladrido agudo de perro consentido, para, acto seguido,
retornar por los aires y caer a los pies de su dueño con
los ojos saltones pasmados para siempre y el cuerpecillo
abierto de un leve zarpazo.
—El perro quedó hecho una mierda, esta es la realidad.
Y la mujer, histérica perdida.
—A ver... —el Sebas terminaba su bocadillo—. Imagínate
que sacas a mear al chucho y te lo come un león.
—Comérselo no se lo comió, esta es la realidad, pero
para el caso como si se lo hubiera comido. Y luego, nada,
la muy asesina siguió su camino como si tal cosa, oyes.
—Suda mucho de todo, esta leona.
Cuando llegaron los equipos del zoológico, Neky estaba
abierto en canal en medio de la acera, rodeado de
vecinos que iban saliendo de sus casas aún atemorizados.
La mujer, envuelta en una bata, gritaba y lloraba alternativamente
cubriéndose el rostro con sus blancas manos de
uñas rojas. Su marido apenas acertó a señalar la dirección
por la que se había marchado la fiera.
—Hace diez minutos más o menos —dijo el policía—.
No puede andar lejos. Para mí que ha cogido por el monte
hacia esta alberca que hay aquí. Habrá olido el agua y habrá
ido a beber. Si rodeamos la colina de la derecha, lo mismo
la pillamos saliendo a la calle de arriba.
Fueron sus ojos los que me detuvieron, pero no el
temor. Parece absurdo no sentir miedo de una fiera,
parece absurdo. Pero todo es absurdo en realidad. ¿Qué
hace una leona en la urbanización Las Lomas de Arroyoseco?
¿Qué hago yo misma, si vamos a eso, en un
sitio con un nombre tan hortera? No sé quién fue el
imbécil que puso el nombre, ni sé siquiera si yo sería
más feliz aquí si este triste conjunto de calles robadas al
campo tuviera un nombre más adecuado. Los nombres
pesan mucho en el destino de las personas. A mí mis
padres me llamaron Almodis porque eran profesores de
historia medieval; tal vez, en realidad, porque no me
querían. Almodis fue una Condesa de Barcelona, la
mujer de Ramón Berenguer I el Viejo. Esto lo aprendí
muy pronto y lo repetía inmisericorde, como un pequeño
guía turístico, para ocultar mi turbación ante las
caras de extrañeza de los otros niños: «Al, ¿qué?» Así
que, además de un nombre raro, pronto me cayó encima
el estigma de pedante. En la adolescencia había llegado
a desarrollar una fuerte fobia a conocer gente
nueva. Gente nueva significaba decir mi nombre, y
aquella nota al pie que detestaba pero que recitaba sin
poderlo evitar, como una condena. Sin embargo, mi
nombre se convirtió para los chicos en algo atractivo y
exótico, su origen en una puerta al misterio y yo en una
princesa venida del túnel del tiempo, distante y enigmática.
Nunca lo hubiera pensado, pero la explicación era
sencilla: con quince años, yo era guapa; era muy guapa.
Y atormentada por mi nombre, ni siquiera me había
dado cuenta.
De manera que mi vida ha estado siempre cercada por
el absurdo. Una leona en Las Lomas de Arroyoseco, ¿por
qué no? El zoológico no está lejos. Y a veces los prisioneros
se escapan aunque sea un rato, como hago yo todas las
mañanas; me escapo y corro, una huida civilizada por un
circuito prefijado que me lleva de nuevo a casa, pero no
me importa: sé que al día siguiente volveré a escaparme.
Tal vez la leona pensó lo mismo. Tal vez sólo había comenzado
un programa de jogging. Tal vez a ella también se lo
recomendó el médico porque no dejaba de llorar, tal vez
fue por eso por lo que me detuve al ver sus ojos.
Tal vez lo que me dejó inmovilizada allí, tan cerca de
ella, fue simplemente la certeza de su sufrimiento.
—Cuidado, niñas. Graooorrrr. Una fiera anda suelta.
Las dos becarias, de pie delante de la máquina de café,
ni siquiera se dieron la vuelta.
—Ya lo sabemos. Todos los días a estas horas. En
cuanto apareces tú por esa puerta.
—Aunque una fiera es mucho decir, ¿no? Un pulpo,
más bien, diría yo.
Y, sin más, se marcharon al pequeño despacho de
guardia llevando con cuidado sus vasitos de parafina.
Nico se quedó en medio del vestíbulo del periódico con
la única compañía del guarda de seguridad que, apoyado
en el mostrador, meneaba la cabeza y sonreía la ocurrencia
de las chicas.
—Pero si es que es verdad. Se ha escapado un león del
zoológico. Me ha llamado mi amigo el poli y me lo ha
dicho. Yo voy ahora mismo para allá. Venía a decirles a
esas si querían acompañarme, que una noticia así no se
da todos los días, pero mira, ahora no les digo nada. Por
listas.
—Los periodistas siempre dando el coñazo— dijo el
Sebas desperezándose y sacudiéndose unas migas de pan
y atún del mono de trabajo.
—Ellos tienen su trabajo como tú tienes el tuyo.
—Ya... vaya un trabajo... cotillear, como yo digo, pa
irle con el cuento a todo el mundo. Eso lo hace mi vieja
todo el día con las vecinas y nadie la paga, la llegan a
pagar y nos retira a toda la familia...
El Chuli miró a su compañero, que se hurgaba entre
los dientes con los dedos gordos como morcillas.
—Pero qué ignorantes sois los jóvenes —y el Sebas se
encogió de hombros, como ante una cosa que no escuchaba
por primera vez—. Esos periodistas que son un
coñazo, como tú dices, han hecho mucho por la democracia
en este país. Si no fuera por ellos...
—Joder, Chuli, ¿también esos tienen la culpa de la
democracia? Todos han hecho mucho por la democracia,
según tú... pa lo que me da a mí...
—Pero ¿por qué eres tan cínico? ¿Ya no te acuerdas de
la que montaste esta mañana? Eso que has hecho tú, eso
es luchar por la democracia.
—A mí no me líes, Chuli. Yo paso de rollos políticos. Pero
la poli no me mola, ya está. Ahora, que la loca esa tampoco.
Si no fuera por ella, yo y tú estaríamos ahora en el bareto
pasando de todo, y no con el marrón que tenemos encima.
—No me digas que te arrepientes...
—No, eso no...
Era él quien había gritado «policía asesina», un grito
extemporáneo que le salió del alma cuando el tipo aquel se
tocó la pistola con tanta chulería. Y luego, batiendo palmas:
«Libertad, li-ber-tad», un contrasentido cuando lo que la policía
trataba de impedir era que aquella mujer se encerrase en
el furgón de seguridad. Pero la palabra prendió entre los
asistentes, vecinos de la urbanización que habían hecho un
círculo cauteloso en torno al escenario en el que se desarrollaba
la increíble historia: una mujer abrazada al cuello de
una fiera, exigiendo compartir su destino. El Sebas gritó: «Liber-
tad, li-ber-tad» y una anciana en bata de casa batió palmas
y le secundó, y luego un matrimonio oriental con trajes
de criados y luego un hombre maduro, con corbata, que
dejó en el suelo su maletín para aplaudir, y una adolescente
en bicicleta, que movía su melena al compás de los gritos, y
dos niños con abultadas mochilas, y sus madres, y luego, de
pronto, todo el mundo menos los policías, que se miraban
unos a otros indecisos. Y el Sebas volvió la vista a uno y a
otro lado, sin acabar de creer que todo eso lo hubiera hecho
él, y pensó: «qué buen rollo», y gritó más fuerte que nadie
notando cómo se le tensaban hasta el límite los tendones del
cuello, y entonces se dio cuenta de que el Chuli le miraba y,
sonriéndole, alzó el puño mientras gritaba, aunque ahora le
diera vergüenza recordarlo.
Habían divisado a la leona cerca de donde habían previsto
y en seguida vieron que a su lado había una mujer. Pararon
las luces de los coches y fueron acercándose despacio,
los neumáticos rechinando sobre la grava del camino. La
mujer estaba sentada en el suelo y acariciaba el cuello del
animal, que inclinaba hacia ella su gran cabeza. Ambas miraron
entonces hacia los coches y ambas se enderezaron. La
mujer pasó el brazo alrededor del cuello de la leona, que se
pegó a su flanco como un gato. Así los aguardaron.
Almodis observó el despliegue de coches y de gente, y
le pareció estar fuera de su cuerpo, viendo algo que no le
concernía. De las casas vecinas comenzaron a salir personas
que ella conocía, con las que había hablado muchas veces,
y también se le antojaron fantasmas difusos, frutos engañosos
de la luz incierta del día que comenzaba. Una potentísima
voz la sobresaltó: «Tranquila, señora». El hombre que
había hablado por el megáfono llevaba un uniforme de
policía, todo tan igual a las películas que solía ver con su
hija cuando era adolescente, «ahora me echarán una manta
por los hombros», pensó, y le dio la risa. La voz volvió a
sonar: «Estamos aquí para ayudarla. Bien. Ahora, tranquila.
Sobre todo, muy tranquila. Apártese con mucho cuidado del
animal y venga hacia nosotros». Detrás de los coches de la
policía, unos hombres habían bajado de un furgón blindado
y preparaban lazos. La leona se le acercó más aún y ella
le acarició el cuello, hundiendo sus dedos en el corto pelaje.
La primera vez que la tocó, poco antes, estaban solas en
la calle a medio hacer, entre solares, casas recientes y
campo aún intacto. Ella se había detenido a pocos pasos del
animal y se habían quedado mirando una a la otra largo
tiempo. Almodis aún jadeaba un poco por la carrera y, poco
a poco, se fue sentando en el suelo sin dejar de mirarla. El
mundo estaba almohadillado de silencio en la luz fantástica
del amanecer, y la calle, la fiera, ella misma, navegaban en
una burbuja con olor a lluvia fuera de todo lo probable,
protegidas de cualquier peligro por la propia incertidumbre
del momento. Se sentó con las piernas cruzadas y extendió
una mano en dirección a la leona. Y esta avanzó entonces
un paso, dos, con su muelle caminar, y acercó su gran cabeza
a la mano que la mujer le tendía. «Osi», murmuró Almodis
sin saber por qué... y la acarició suavemente entre las
cejas. «Osi», susurró de nuevo, y supo que, de alguna manera,
el nombre de la criatura le había sido revelado, y por esa
razón sus destinos quedaban indisolublemente unidos.
El policía se acercó al coche patrulla y consultó por la
radio: «Que dice que no se separa del bicho. Que si le
encierran, que ella con él». La respuesta fue tajante: «Dejaros
de gilipolleces, sacar de ahí a esa tía y meter al león
o lo que sea en la jaula, joder». El policía titubeó: «Lo
mismo era mejor avisar al psicólogo o algo». Al otro lado,
un suspiro: «Joder lo que mareáis los nuevos. Qué pocos
psicólogos me han hecho falta a mí. Venga, lo mando».
El policía se acercó a la mujer por segunda vez. Le
habló lentamente, como a un niño o a un tonto, con evidente
paciencia.
—A ver, señora, tranquila, vamos a ver si me comprende.
Tiene usted que apartarse de ese bicho para dejarnos
a nosotros hacer nuestro trabajo. ¿Usted me comprende?
No se puede dejar un león por la calle como si fuera un
ser humano.
—No es un león. Es una leona. ¿No ve que no lleva
melena?
—Pues una leona, señora, lo que usted quiera. Pero
tiene que apartarse de ella para que la podamos meter en
la jaula, a ver si nos comprendemos los unos a los otros.
Almodis, entonces, pidió ver al responsable del zoológico,
pero el gerente del zoológico todavía no había llegado,
y fueron el Sebas y el Chuli los que se acercaron
con sus lazos.
La luz del día avanzaba y con ella los vecinos de la
urbanización, que estrechaban el círculo a despecho de
la policía. Almodis pensó que tal vez alguien habría avisado
a Javier, y por primera vez sintió una punzada de
inquietud. Javier allí, mirándola, lo cambiaba todo. La
mirada de Javier tenía eso: enfocaba el lugar de la tristeza
y el hastío, convirtiendo en imposible lo que para ella
era tan lógico. Si Javier llegaba, ella se marcharía con él
dejando atrás los ojos de Osi y otro de esos «¿quién sabe?»
que le pesarían luego en el alma.
Los dos hombres con lazos se acercaban y la leona se
mostró inquieta. «Tranquila, Osi», dijo Almodis, y preguntó:
—¿Qué van a hacer?
Los policías los vieron volverse al poco, con gestos de
desaliento.
—Yo no me comprometo a intentar nada si esa mujer
no se aparta —declaró el Chuli—. La leona esa tiene un
mal historial. Hace tres años atacó a un cuidador y mató
a sus dos cachorros al poco de nacer.
—¿Y no la pueden narcotizar o algo, de un tiro?
—Con la mujer al lado, imposible. A no ser que quiera
que narcoticemos a la mujer, que eso tampoco es plan,
a ver.
El comisario y los psicólogos de la policía llegaron al
mismo tiempo. Los psicólogos eran dos, hombre y mujer, y
antes de acercarse a hablar con Almodis estuvieron discutiendo
si sería mejor de ir uno, otra o los dos. Al final, fue
la mujer la que se acercó. La gente de la urbanización había
comenzado a hablar entre sí a media voz en el silencio
solemne de la primera mañana, pero poco a poco, a medida
que transcurría el tiempo, las conversaciones se iban
animando, y ya había algunos que miraban al reloj con
impaciencia, deseando que el desenlace llegara antes de su
hora límite para ir a trabajar. Nico observó a la psicóloga
inclinada hacia la mujer, con las manos en las rodillas y la
cabeza levemente torcida, y cómo luego llamó a su compañero.
Por último los dos regresaron con el mensaje de
todos los demás: «Dice que si encierran a la leona, a ella
también. De momento parece que es una actitud firme,
pero tenemos comprobado que estas cosas obedecen a crisis
de angustia que suelen remitir dejando al individuo psicológicamente
debilitado y susceptible por tanto de ser
convencido». Entonces, el policía ya no pudo más.
—Bueno, ya está bien de polladas. Ahora me van a de
jar
a mí y vamos a ver si la convenzo o no la convenzo.
Avanzó hacia la mujer y la leona con las piernas abiertas
y el paso cargado de razón.
—A ver, señora —y el público guardó un emocionado
silencio—: va usted a avanzar hacia mí cuando cuente
tres, porque si no le voy a pegar un tiro entre ceja y ceja
a ese animal con mi arma reglamentaria, ¿estamos? Conque
empiezo a contar...
Almodis se había puesto de pie y la leona alzó la cabeza,
olfateó y lanzó un sordo rugido. La gente reculó, y hubo
quien comenzó a retirarse vergonzantemente hacia el refugio
de sus casas. Y fue entonces cuando el Sebas, sin saber
lo que hacía, comenzó a correr hacia ellas, comenzó a correr
gritando «policía asesina» con el miedo y la excitación trepándole
por las piernas, gritando muy fuerte para no escuchar
los avisos, para no escuchar el posible tiro, para que, al desdeñarlo,
este no se produjera; y cuando llegó delante de la
mujer y se encaró al comisario, vio que el Chuli le pisaba los
talones, y también el otro, el periodista, y entonces, con la
voz haciendo gallos, gritó libertad una vez, dos veces, y a la
tercera se dio cuenta de que no era el único que lo gritaba,
y acunado en las voces de los demás se le fueron pasando
las imperiosas ganas de orinar, y en la embriaguez del
momento apenas si fue consciente de cómo escoltaron entre
todos a la mujer y a la leona hasta el camión mientras el policía
fijaba en él sus ojos llenos de rabia, y cómo ocupó su
sitio al lado del Chuli, que arrancó el motor —la gente de la
urbanización Las Lomas de Arroyoseco aplaudía en una
orgía de exaltación popular que no conseguirían comprender
en el resto de su vida—, y cómo lo último que vio, asomado
triunfalmente a la ventanilla del furgón, fue un coche
que llegaba precipitadamente y a un hombre que se bajaba
de él a medio vestir y se abalanzaba hacia los policías con
el rostro desencajado preguntando, exigiendo, señalando al
camión que se alejaba.
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© Luisa Cuerda. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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