Veinticinco instantáneas y cinco escenas infantiles
 

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LA VECINA

De la nueva casa lo que más le desagradaba era el portal. El piso de la segunda planta, donde vivían, era un piso más de casa pobre; pero aquel portal con su pila en el rincón y su retrete moruno y la puertecilla siempre cerrada frente a la escalera, le produjo nada más verlo una penosa impresión de sordidez.

Cierto mediodía, cuando regresaba de clase, se encontró al fin con la vecina del cuartucho situado frente a la escalera. Al verla le dio un vuelco el corazón. Aquella viejecilla que salía del tabuco era uno de los pobres que buscaban calor y limosna en el pórtico de la iglesia de su colegio. A partir de entonces vivió con el temor de que alguno de sus compañeros viera entrar o salir de su portal a la vecina. Más tarde, cuando madre tomó la costumbre de bajar un vaso de leche a la viejecita, temblaba al pensar que ésta, cuando entrase en la iglesia, le dedicara una sonrisa, un saludo, un gesto cualquiera de reconocimiento. Pero la anciana permanecía en su rincón, con los ojos fijos en el suelo, como si no viese el tropel de niños que cruzaba frente a ella. Y él experimentaba un sentimiento de alivio que se tornaba en angustioso temor cuando, junto con otros compañeros, se aproximaba al portal de su casa. Una tarde, al regreso del colegio, se sorprendió al ver la puertecilla abierta y que en el cuartucho había un hombre y una mujer joven hablando a voces. Cuando entró en su casa su madre disipó su sorpresa diciendo:

—La viejecita, la pobre señora María, ha muerto esta noche. Por la mañana me extrañó ver la puerta entreabierta, y entré. Estaba tendida en su cama, ya fría. Se ve que no tuvo fuerza para cerrar la puerta y la dejó entornada. Yo misma la he tenido que amortajar.

—¿Quiénes son los que están en el cuarto?

—Son sus hijos. Nunca, desde que vivimos en esta casa, habían aparecido por aquí, pero no sé cómo se enteraron de su muerte. Me dio tanta vergüenza viendo lo que hacían que me subí. Se peleaban por los cuatro trastos que tenía la pobre y rebuscaban por todos los rincones por si guardaba algún dinero. ¡Son peores que cuervos!

Al bajar por la mañana, aún estaba abierta la puerta de la viejecita. Cuando entró en la iglesia, no pudo dejar de mirar el rincón, ahora vacío, donde ella se sentaba. Recordó lo que le había contado su madre de los hijos, y pensó que cómo podía ser la gente así...

Cuando regresó, la puertecilla estaba cerrada.

—¿Ya no están...? —preguntó a su madre.

—No —le respondió—. La enterraron esta mañana.

Fue un entierro de caridad, en el carromato de los pobres. Se asomó a la ventana. Lucía el sol, y a él le pareció que aquel era un día radiante, que aquella luz dulce como la miel se le metía por dentro borrando su angustia, sus temores, bañándole en su serena alegría. Su vecina, la vieja mendiga, ya no podría avergonzarle.


UN CRIMEN

En la sala de espera reinaba un silencio tenso, un silencio triste, un silencio de angustia que estrangula la garganta. Por eso aquella voz fuerte y perentoria, pero que en otro lugar y circunstancia no habría destacado, resonó allí como un trueno, un latigazo amenazador y restallante.

—A ver. Los padres de Pedrito García.

El aspecto del hombre correspondía a su voz. Grande y recio, con zapatos gruesos y caros que pisan firmes y seguros el suelo, con manos anchas y fuertes, manos de pulso que jamás tiembla, manos sabias de cirujano, con ojos inteligentes y fríos.

Una pareja se levantó de la silla aproximándose al hombre de la bata verde. Pequeños, humildes y oscuros, con rostros sin edad, con ojos clavados en el suelo. —Bien, señores. Ya tienen a su hijo en recuperación. Parece que todo ha salido bien. Así que hasta la próxima. Hasta la próxima barbaridad que hagan ustedes. Y entonces otra vez aquí, a cara o cruz, a ver si yo le salvo o se me queda en el quirófano.

—Fue sólo un polvorón —musita la mujer sin levantar los ojos del suelo.

—Un polvorón, un polvorón... ¿Pero ustedes no se dan cuenta de que su niño está muy enfermo? Cuando nació apenas le dábamos esperanza de vida. Durante cuatro años le hemos practicado siete operaciones, rehaciéndole prácticamente todo su aparato digestivo. Tras la última operación, con el alta, se les dio a ustedes por escrito el régimen alimenticio que debía seguir hasta que lo trajesen a revisión. Un régimen totalmente líquido. Y ustedes llegan a casa y le dan nada menos que polvorones. De verdad —y ahora su mirada recorría toda la sala de espera— que es un crimen lo que hacen ustedes con los hijos. Un verdadero crimen.

Salió el cirujano. Otra vez reinó el silencio, ese silencio angustioso de la sala de espera de quirófanos, ese silencio triste y opresivo.

Inmóvil en medio de la sala, los ojos clavados en el suelo, volvió a musitar la mujer:

—Fue sólo un polvorón. Era Nochebuena y él estaba tan ilusionado... Sólo un polvorón, un polvorón tan solo.

Era como si estuviera pidiendo perdón. Perdón por haber dado a su hijo un polvorón en Nochebuena, perdón porque su hijo hubiera nacido tan enfermo, perdón por haber tenido hijos, perdón por ser pobres y humildes e ignorantes, perdón por existir...


LA ESPERA

Juanjo se tranquilizó viendo la cola formada ante el portal. Sin comprobar el número sabía que era allí donde se dirigían. Además, el edificio blanco y acristalado, destacándose obsceno entre las casas con fachada de ladrillo oscurecido por los años, le indicaba que ese era el lugar de la cita.

—¿No ves cómo hemos llegado a tiempo?

—De milagro —respondió Andrés—. Tienes una pachorra que me quema la sangre. A estos sitios hay que venir con mucha antelación.

Se pusieron a la cola detrás de dos jovencitas bastante monas.

—Parece que no hay mucha gente —comentó Andrés.

—Dentro del portal hay más —aclaró la chica que estaba junto a ellos, una rubita pizpireta.

—Debe de haber unos cuarenta —puntualizó su compañera, una morena que parecía más seria que su amiga.

—Tampoco sabemos cuántas plazas hay —dijo la rubia—. El anuncio solo decía que se necesita personal para cubrir plazas de administrativos, pero no cuántas. De todas formas yo creo que lo que necesitan son secretarias, chicas que dominen la mecanografía y la taquigrafía. Bueno, eso pienso yo.

—Éstas —le susurró Juanjo a Andrés —arriman el ascua a su sardina.

—De todas formas —le respondió Andrés— más vale estudiar unos meses en una academia que malgastar años haciendo que se estudia Derecho.

La cola comenzó a moverse. Entraron en el amplio portal. Un portero uniformado los fue distribuyendo en los cuatro ascensores.

Cuando llegaron al tercer piso empezaron a andar por el largo pasillo. Una joven vestida con un traje sastre les indicó:

—Ustedes seis, por aquí.

Su grupo lo formaban ellos dos, las dos muchachas que los precedían en la cola, otra chica un tanto anodina y un hombre mayor, con gruesas gafas, calvo y de hombros muy caídos, vestido con un traje oscuro raído y deslustrado. Entraron en una habitación rectangular. Tenía dos anaqueles a lo largo de las paredes laterales y una puerta al fondo. Como carecía de muebles, permanecieron de pie algo desconcertados.

—Ahora —dijo Juanjo— entraremos todos para examinarnos.

—A lo mejor nos llaman de uno en uno para una entrevista. Se abrió la puerta del fondo y apareció una señorita.

—Rellenen estos impresos, por favor.

Se pusieron a rellenar los impresos sobre el anaquel.

Juanjo le dijo a Andrés:

—Fíjate en el viejo.

Éste, mientras llenaba su impreso, lo rodeaba con su brazo izquierdo como para evitar que nadie viese lo que escribía, mientras lanzaba en torno miradas desconfiadas.

—¿Pero qué teme? Si aquí sólo hay que poner datos personales.

Volvió a entrar la señorita, recogió los impresos y salió por la puerta del fondo, regresando al cabo de un minuto. —¿El señor González López?

—Servidor —dijo el hombre mayor.

—¿Cuál es su nombre de pila? No se entiende.

El hombre se acercó a la joven y le susurró algo casi al oído.

—¿Cómo dice?¿ Simplicio?

Afirmó con la cabeza, mientras lanzaba en torno una mirada desolada.

—Pero usted tiene cuarenta y ocho años...

—El anuncio —respondió con un hilo de voz— no fijaba límite de edad.

—Por supuesto. Bueno, esperen un momento.

Volvió a salir. Juanjo le susurró a Andrés:

—Manda cojones. Ese pobre hombre, con ese aspecto de derrotado, buscando un empleo con casi cincuenta años, y lo que más le preocupa es que sepamos que se llama Simplicio.

—Claro. Desde que empezó a ir a la escuela aguantando lo de simple, Simplicio, más feo que Picio...

Volvió a entrar la señorita por la puerta del fondo, y dijo:

—Por favor, síganme para realizar la prueba...




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