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Seda de araña |
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El OJO
La sospecha
Eran las cuatro y diez, y la rumana no acababa de irse. Natalia sintió que la impaciencia no le dejaría concentrarse en otras cosas y permitió que sus dedos chascaran rítmicamente contra el tablero de la mesa, junto a los papeles del caso EscalonaSalvador. Era lunes y al día siguiente vencía el plazo para la presentación del escrito en el juzgado, pero en ese momento estaba a lo que estaba; pensó que ya se pondría con ello después de cenar.
Le entraron ganas de meterse ya en el cuarto de Rafa y encender el ordenador, pero sabía que no iba a caer en la tentación; sería cometer, en el último momento, una estupidez. No podía hacer nada que generara la más mínima sospecha. Claro que si la rumana llegara a verla en el despachito de Rafa tampoco pasaría nada; era la dueña de la casa y se metía donde le daba la gana, faltaría más. Pero sí podría resultar extraño. Ella no solía entrar en ese cuarto, donde Rafa tenía sus cosas de trabajo, de deporte, de sus viajes y su colección de aviones de hojalata de cuando era pequeño. De igual modo que hubiera sido chocante verle a él sentado en el despachito de ella y con el ordenador encendido. Definitivamente, no. Lo había hecho todo con sumo cuidado para no dejar ningún rastro, ninguna prueba.
Por cierto, el sábado, cuando por fin lo consiguió, apuntó la clave en un papelito. ¿Dónde lo guardó? Ella estaba en su despachito y aprovechó que él se duchaba para encender su ordenador y la cámara, y comprobar que funcionaba.
Estaban a punto de salir de fin de semana a la finca de sus suegros en Peñafiel y sabía que normalmente él miraba en el último momento si tenía algún correo, para lo que necesitaba encender el ordenador y, lógicamente, teclear su clave. Comprobó que la imagen se veía correctamente en su monitor y comenzó a grabar. Después fue cuando se puso nerviosa. No supo si debía minimizar y bajar a preparar sus cosas, que hubiera sido lo normal. Pero corría el riesgo de que Rafa, de pasada, viera el ordenador de ella encendido, con el salvapantallas, y en lugar de decir: «Natalia, te has dejado esto encendido», le diera por apagarlo y en ese momento pudiera ver la imagen cenital de su propia mesa con el teclado en el centro. De ninguna manera. Pensó en cerrar la puerta, pero lo descartó enseguida. Es más, incluso la dejó un poco más abierta. Desplegó en la pantalla un documento de trabajo y simuló estar muy concentrada cuando Rafa pasó por el pasillo y dijo sin detenerse: «¿Te has puesto a currar ahora? Es tarde». «Un minuto», contestó ella con cierto desdén, como correspondía, en claro desajuste con el nerviosismo que nublaba su mente en aquellos instantes.
Luego llegó el premio, la culminación de un esfuerzo. Se escuchó el rodar característico de la silla del despachito contiguo, lo que la hizo sentirse segura, y desplegó el video en su pantalla. Muy de escorzo, pero se veía el monitor. También, por supuesto, el teclado. Incluso se veía, un poco más allá de donde acababa el tablero, el vientre de Rafa y parte de su cabeza; si se hubiera inclinado un poco más, podría haber tapado el teclado frustrando el éxito de la operación. Pero no fue así; los dedos teclearon con presteza la clave, pero no con la suficiente rapidez como para impedirle descifrarla. 160970; lo anotó en un papelito. Después de todo lo que le había costado montar el tingado para poder grabar, lo había conseguido con cámara directa, que era mucho más sencillo. Pero, ¿quién podía saberlo antes? Apresuradamente, entró en el panel de control, apagó la cámara, cerró el programa y luego los otros archivos que había desplegado de decorado. Apretó las manos como cuando en el pádel lograba un tanto trabajado.
¿Y el papelito donde lo había dejado? No podía quedar ninguna prueba.
Aquel día ella bajó antes que él y ya estaba vestida con la misma ropa que se llevó a la finca de Peñafiel. En los bolsillos no estaba, porque lo habría visto.
En todo caso, si se hubiera quedado en uno de ellos, ahora estaría en la lavadora. O en la cuerda de tender, y por eso la rumana se estaba retrasando. No, lo dejó en el bote de los lápices, ahora se acordaba. Lo buscó y lo leyó de nuevo: 160970 era la fecha de nacimiento de Rafa. Lo anotó por la urgencia de la situación, pero no hubiera necesitado hacerlo de haberse dado cuenta en el momento. Se preguntó qué clave hubiera puesto ella. Quizás también la fecha de nacimiento, pero como era una ilusa, a lo mejor hubiera puesto la de su boda. Eran muy distintos. Empezando por que él puso una clave de acceso en su ordenador y ella no; no tenía nada que ocultar, nada que disimular, nada que mentir. Lo hizo pedacitos. Ninguna prueba.
Las cuatro y cuarto pasadas y la chica no se iba. Solía subir hasta el piso de los dormitorios, por lo menos, y se despedía desde allí. Tres años antes, cuando no tenía el puesto asegurado, alargaba las jornadas, pero entonces no era normal que se fuese más tarde de las cuatro. Cuando la vio su suegra, que se metía en todo, le pareció muy apropiada. Natalia estaba a punto de preguntarle cómo lo suponía si la acababa de conocer, cuando le aclaró, en tono confidencial, que las chicas demasiado guapas no eran convenientes en casa; los hombres son hombres, Dios los hizo débiles en eso. La rumana tenía una cara angelical, un poco cargada de carrillos y papada, incluso el torso no estaba mal, pero de cintura para abajo lo que había se correspondía con el físico de una persona de casi dos metros y más de cien kilos.
Por fin la escuchó subir por las escaleras. Pero el «señora, señora, hasta mañana» no llegaba. Llamó a la puerta y Natalia la hizo pasar.
-Lo siento, señora. Mire lo que ha pasado.
Traía en la mano un pantalón de pana que Rafa no usaba apenas que tenía unas manchas de desteñido que no salían y Natalia le dijo que lo tirara. A la rumana le pareció una atrocidad y sugirió que le podría servir para arreglar el jardín. No entendía nada; Rafa no sabía ni lo que era un esqueje, pero de ponerse a echar una mano a Natalia con las plantas lo hubiera hecho con los pantalones de campaña de Coronel Tapioca que usaba para ir al campo.
-¿Puedo llevármelos yo? -preguntó.
Natalia pensó que podría hacerlo sin pedirle permiso, pero solo dijo «por supuesto» y de milagro no añadió «pero vete de una vez».
Por fin se pudo plantar en el despachito de su marido. Tenía toda la tarde para hacer las dos tareas; primero desmontar la cámara aprovechando la luz del día. Y luego, ver qué podía encontrar en ese rincón secreto. Había pasado todo el fin de semana esperando con ansiedad que llegara este momento.
Incluso el día anterior por la noche, al regresar de Peñafiel, estuvo tentada de subir al cuarto de él cuando le vio desplomarse en la cama y comenzar con los ronquidos. Rafa tenía programado un viaje a Barcelona del que no regresaría hasta el martes por la tarde, lo que le daba margen para comprobar que la clave era correcta y desmontar. En su defecto, lo dejaría para hacer un nuevo intento en cuanto fuera posible. O sea, que lo primero era verificar la clave.
Antes se aproximó al escritorio tratando de hacerlo como si fuera Rafa; nadie se sienta en su despacho escudriñando toda la habitación con la mirada.
Resultaba casi imposible que se diera cuenta, pero ella miró hacia arriba, hacia el poto que dejaba caer sus lianas llenas de hojas desde su maceta, en lo alto de la estantería, y vio el ojo.
Cuando se le metió la idea en la cabeza, hacía unas semanas, estuvo dándole vueltas. Descartó la posibilidad de llamar a un informático porque entrañaba riesgos. Ella era abogada matrimonialista y constantemente se encontraba con todo tipo de casos en los que uno de los litigantes espiaba o grababa al otro. Y conocía varias agencias de detectives a través de sus clientes; con frecuencia, los tenía que ver para citarles como testigos o para aclarar lo que fuera de sus informes. Uno de ellos le resultaba especialmente simpático; Rocky. En realidad se llamaba José Luis. Parecía mayor, pero no pasaba de los cuarenta y tantos, y era como un gorila, con una inmensa espalda abombada y la parte de atrás de la cabeza con una banda de pelo canoso. Una indisimulable cicatriz le marcaba la nariz y una ceja. Sin embargo, el hombre era un cacho de pan y se había producido la herida en un accidente de coche, pero el aspecto sugería enseguida que hablabas con un tipo curtido en las puertas de las discotecas. Tal era, que su jefe le destinaba a cuestiones administrativas porque en seguimientos despertaba enseguida las sospechas de todos.
Fue este Rocky quien le dijo: «Lo que tu amiga necesita es un ojo». Se lo dijo cuando Natalia le consultó el caso de una supuesta amiga que necesitaba entrar en el ordenador de su marido y desconocía la clave. Natalia se iluminó por dentro; una cámara enfocando el teclado. Era un procedimiento utilizado por muchos de sus clientes para espiarse. Hacía poco se encontró con el caso de una mujer que había puesto cámaras en su casa sospechando del marido y lo que se encontró fue un caso de malos tratos de la empleada de hogar con su hija pequeña.
La clave era correcta. Enseguida se vio consultando carpetas. Abrió una que ponía «personal», pero solo tenía un escaneado de su DNI, claves de acceso a las cuentas bancarias, los estatutos de la comunidad de vecinos? ¿Qué esperaba encontrar?
Lo verdaderamente fructífero fue la consulta al correo electrónico. Empezó buscando nombres de mujer en los destinatarios, pero eso era claramente un error; si había algo lo encontraría en conversaciones entre hombres. Dio con una en la que un amigo le decía que pronto sería su cumpleaños y que iba a organizar una fiesta después del partido del Madrid. Rafa contestaba que como mucho pasaría a tomar una copa al principio, y el otro replicaba que dijera en casa que tenía reunión de trabajo o un viaje, que Michi llevaría a«algunas pibas» y que cuando las viera no se querría ir.
La familia de Rafa tenía un importante patrimonio distribuido en varias empresas, algunas de las cuales estaban dirigidas por sus primos y él únicamente participaba en los consejos de administración. Trabajaba de director de proyectos en una empresa que dirigía un tío suyo desde que a su padre le dio el ictus y perdió la movilidad en la mitad del cuerpo. A Natalia le abrumaba todo ese mundo de negocios y sociedades, pero sabía que la empresa comenzó con la instalación y mantenimiento de depuradoras de agua a gran escala, aunque ahora hacía también instalación de granjas solares entre otras cosas. El caso es que Rafa viajaba con frecuencia y tenía infinidad de comidas y compromisos sociales que fácilmente le permitirían camuflar una doble vida.
A ese Michi a penas le conocía, pero sabía que era un pintas. Según Rafa, «un comercial cojonudo», alegre, que se enrollaba con todo el mundo y conocía a un montón de gente. Puso «Michi» en el buscador y acabó localizando su dirección. Apareció un correo en que el tal Michi preparaba una cena después de una reunión con unos concejales murcianos y añadía que pensaba llevar unas chicas de Madrid para después porque allí no controlaba. Rafa le contestaba con toda naturalidad que no tenía confianza con ellos, que parecían del Opus y que a lo mejor eso no funcionaba con esa gente. Que era mejor improvisar y si surgía, ya verían. Michi le contestaba que cuidado con lo de improvisar, que recordara lo que le ocurrió con las de Lisboa. Y Rafa contestó que eso ni mencionarlo, que tuvo que estar casi un mes a palo seco en casa hasta que se lo curó.
Natalia siguió buscando en las carpetas antiguas, pero lo iba haciendo casi sin darse cuenta, sin orden, porque su cabeza se llenó de pensamientos. Recordó que unos cuatro meses antes, así como en febrero, su marido hizo un viaje de negocios a Lisboa. Fue justo después cuando estuvo, unas semanas, como apagado; él decía que no se encontraba bien, que sería una depresión pasajera porque los negocios estaban mal por la puñetera crisis.
Sin darse cuenta, cayó en un correo dirigido a Santiago Beltrán Canalejas, el actual jefe de Natalia, lo que le produjo un respingo de sorpresa. Siguiendo el hilo, se enteró de que fue Rafa quien se dirigió a él para solicitarle que contratase a su mujer. El otro se resistía diciendo que no tenía vacantes y Rafa tuvo que recordarle los favores que le había hecho y los clientes que le llevaba con cierta frecuencia. Luego empezaban las bromitas; que si las mujeres en casa sin nada que hacer son peligrosas, que «por qué no le haces un hijo y así se entretiene», que «no me jodas, Santi, lo que me faltaba», que de abogado «junior» cobraría mil doscientos, que de eso nada, de abogado como los demás, que era muy buena. Al menos decía eso de ella, aunque ya no sabía si lo pensaba o era para convencerle. Finalmente su jefe decía: «Vale, que venga a verme mañana». Rafa concluía con un «no, le diré que me he enterado por casualidad de que estás buscando. Mejor no me impliques».
Recordó aquella entrevista y con qué rapidez y entusiasmo fue recibida.
Efectivamente, Rafa le había dicho el día anterior que alguien le había comentado que buscaban un abogado. Ella llevaba varios meses sin encontrar nada, después de estar mucho tiempo trabajando, por no decir sufriendo, en una empresa de material de obras públicas que cerró en quiebra técnica. Don Santiago tenía un importante bufete con varios abogados a sueldo y quería abrirse a matrimonio y familia, por lo que necesitaba a alguien como ella. Y ella, con una humildad que ahora le parecía idiotez, decía: «Aunque sea de junior».
Habían pasado casi cinco años de aquello.
Eran más de las seis y notó que le costaba digerir lo que estaba desentrañando. Se asomó a la ventana y se sintió arrepentida. Empezaba el mes de junio y todavía quedaban horas de luz, pero decidió ponerse a recoger antes de que le asaltasen las preguntas, las dudas, las molestas reflexiones.
Como había hecho al instalarlo, arrimó la mesita metálica a la estantería y se subió. Soltó la pinza que unía la diminuta camarita al tallo de la planta, y siguió con la mano el recorrido del cable por el fondo. Para no tener que sacar la maceta, como había hecho la otra vez, subió un pie en uno de los estantes para izarse un poco más, y fue en ese momento cuando ocurrió; sintió un cosquilleo en la mano con la que se agarraba a la repisa superior y distinguió una araña encaramándose a sus nudillos.
Se vio en el suelo con un tremendo dolor que la tenía al borde del desmayo. Es como si faltase algo entre lo que estaba haciendo antes y el punto en el que se encontraba en ese momento. El estruendo de la caída se mezclaba con el ruido interior del golpe de su cabeza contra el suelo. Pero eso no era lo peor; apretaba su mano derecha contra el pecho, sujetándola con la otra, y de ahí emanaba un dolor eléctrico, agudo, que se extendía por el brazo. Luego fue apareciendo lo demás: la lamparita de la mesa yacía sin pantalla junto a ella; la bombilla se había hecho añicos; la maceta había caído milagrosamente en paralelo y se encontraba junto a sus pies abierta en dos, como un melón, sobre un vómito de arena. Hacia el techo, la cámara sujeta por el cable se movía como un péndulo de reloj. De la araña, ni rastro.
El alivio que le produjo comprobar que no tenía otras lesiones duró un segundo. Luego, el dolor de la mano volvió a ocuparlo todo. Tenía el cuerpo contraído y la respiración honda cuando escuchó el sonido del móvil en su cuarto. Ni se planteó ir a cogerlo, pero se dio cuenta de que lo primero que tenía que hacer era pedir ayuda. Se asustó al pensar que podía perder el conocimiento y trató de relajarse.
En cuanto el dolor cedió lo suficiente, fue directamente a por el teléfono y se sentó en la silla de su despacho. Tenía la frente perlada de sudor y la boca seca. Vio que la reciente llamada era de una tal Toñi y le costó unos segundos acordarse de que se trataba de una prima suya de León.
Recapacitó antes de llamar a nadie. Su primer impulso fue buscar a alguien entre los más cercanos, pero no podía permitir que se descubriese el pastel, por lo que descartó inmediatamente a la familia y los amigos de Rafa. No solo necesitaba que alguien le acompañase al hospital; es que luego ella no podría recoger todo aquello y desmontar la cámara.
Llamó a Marga. Mientras sonaba la llamada, reflexionó; si Marga no contestaba, ¿a quién podía llamar? Marga y Susana eran sus mejores amigas de siempre. Con ella había estudiado todo el bachiller siendo inseparables desde el principio. Esa amistad cimentada en la adolescencia, plagada de complicidades y confidencias, no se pierde nunca, aunque una haga Derecho y la otra Bellas Artes, aunque una se acomode en una familia convencional sin hijos y la otra se cargue con tres críos y se embarque en el desafío a las normas y tradiciones de una sociedad que le parece mejorable. No contestaba.
Su otra gran amiga, Susana, se había ido a vivir a Irlanda hacía varios años.
El dolor persistía pero era soportable, lo suficiente como para permitirle reclinarse un momento y sentir la desazón de comprobar que no le quedaba nadie.
Tenía otras amigas, pero todas eran más recientes y estaban, de una u otra manera, relacionadas con el círculo de Rafa.
Decidió llamar a Pilar, una de las más locas, porque era médica y tenía confianza, aunque en ningún caso la dejaría ver el despachito en ese estado. Respondió de casualidad, porque estaba en el aeropuerto a punto de embarcar. Se marchaba a Málaga, donde se celebraba un congreso de dermatología, su especialidad. Estaba eufórica porque también iba un médico apuesto al que tenía ganas desde hacía mucho tiempo y del que sabía que se había separado recientemente. A pesar del tono de voz y la parquedad de Natalia, no apreció nada hasta que esta le dijo por qué la llamaba.
-¿Pero qué te ha pasado?
-Creo que me he roto una mano y no sé qué hacer.
-Hija, pareces tonta -frase que utilizaba con ella frecuentemente y que a Natalia le sentó fatal-. Cógete un taxi y vete a tu hospital de referencia que es el Ramón y Cajal.
Natalia puso la «t» en su móvil para buscar el teléfono de Radio Taxi y le apareció, entre otros, el teléfono de Tomás, el hermano de Susana. Eran vecinos desde su infancia en el barrio de Moratalaz. Él era más pequeño, pero de niños compartían juegos y pandilla. Y en los interminables ratos que pasaban juntas en casa de su amiga, el hermano siempre andaba haciéndoles trastadas.
Dolores, la madre de Natalia, siempre había tenido buena relación con sus padres y, cuando se divorció, comenzaron a compartir casa de veraneo. Todos los años, hasta acabar el bachiller, pasaban un mes juntos; los primeros en Cullera, luego en Mazarrón. Incluso, un par de veranos al menos, los hermanos pasaron con ella algunas semanas en la casa de la familia leonesa de Dolores, en Murias de Paredes. Era el ideal.
-Natalia, ¡qué sorpresa!
-Hola.
-¿Cómo estás, muchacha? ¡Cuánto tiempo!
-Oye, ¿dónde estás?
-Trabajando. ¿Te pasa algo?
-Me he caído. Estoy en casa. Por eso te llamo.
-¿Pero qué te ha pasado? -dijo Tomás después de esperar un momento alguna explicación.
Natalia le dijo que estaba limpiando una estantería y se cayó, que creía haberse fracturado una mano y que Rafa estaba en Barcelona. Mientras le hablaba, le pereció sentir que Tomás tapaba el micrófono un momento y se dirigía a alguien para decirle que se tenía que ir y que atendiesen ellos a no sé quién.
-Aparte de la mano, ¿tienes algo más?
-Nada, un chichón en la cabeza. -Natalia se miró y vio que tenía alguna mancha de sangre en el brazo, en la blusa y en los dedos de la mano-. Y un poquito de sangre, pero no veo de dónde; alguna heridita. Y el susto. ¿Puedes venir?
-Ya estoy en camino. Procura tranquilizarte. ¿Te duele mucho?
-Me estoy mareando, Tomás.
-Ahora me vas a hacer caso. Si ves que te mareas, te tumbas con los pies para arriba y respira hondo. Y trata de no mover la mano mala, ¿vale?
-Si estás lejos puedo coger un taxi y nos vemos en urgencias. No quiero estar sola, Tomi.
-No te muevas de ahí. Ya estoy en el coche y tardo tres minutos. ¿Cuál es el numero de la calle?, que no me acuerdo.
Natalia se sintió reconfortada por la seguridad que mostraba Tomás. Y más cuando le dio instrucciones:
-Escucha: si estás bien, sal y deja abierta la puerta del jardín y de la casa.
Túmbate en un lugar fresco y espera. Mejor en el suelo; no te tumbes en el sillón, que si tienes sangre lo puedes manchar. Y ten a mano tu cartera con los documentos. Ah, y coge las llaves de la casa también.
Cuando Tomás llegó, estaba esperándole sentada en uno de los peldaños del porche de la entrada, apretándose la mano y maldiciendo, a punto de llorar, más por rabia que por dolor, y llena de dudas sobre cómo debía gestionar una situación que, en cuestión de un segundo, había pasado del triunfo a la zozobra. Pero cuando le vio asomarse y avanzar hacia ella, se sintió reconfortada y segura de que había hecho bien en llamarle. Llevaba más de un año sin verle, pero su presencia le resultaba familiar. Tomás tenía esos andares decididos, con el cuerpo por delante y el final del paso realizado sobre las puntas de los pies. El pelo, negro, fuerte y tupido, lo llevaba más corto que la última vez. Tan corto que no llegaba a desarrollar ese rizo rebelde que le caracterizaba de chico; ahora se le quedaba pegado al cráneo como un gorro de lana que nacía en remolinos desde detrás del cuello y recortaba su frente erguida ondulándose en las entradas. La cara gris, que denotaba una barba poblada incluso recién afeitado, y las cejas negras de finas líneas, le daban un aspecto vigilante, incluso severo, en reposo, pero la expresividad de la frente quitaba cualquier recelo.
La cosa no le pareció tan grave y la acompañó al cuarto de baño para limpiar las heriditas que tenía en la parte de atrás del brazo. La mano lesionada era la derecha y Natalia se dejó lavar la cara. Cuando le palpó el chichón, incluso se rieron. Luego la ayudó a peinarse.
-Que los médicos te vean guapa -dijo.
En el hospital, atendieron enseguida a Natalia y él se quedó en la gran sala con sus cosas. A Tomás le dio pena ver la carita con que Natalia se perdía detrás de las puertas abatibles que daban a un largo pasillo, después de decirle a un auxiliar: «¿No puede venir él conmigo?». Luego vinieron la exploración, la placa de rayos X y la escayola. Y entre tanto, las esperas sin poder hacer otra cosa que pensar. Se sentía mal y el dolor de la mano era lo de menos. Odió a Rafa por descubrir que no había un solo Rafa, porque no jugaban con las mismas reglas, incluso por ser el causante de su desgracia. Se odió a sí misma por ser débil, ciega, ingenua. Decidió no decirle nada, dejar pasar los días hasta que llegara el tiempo en que pudiera reflexionar sin las patadas de los sentimientos.
Cuando Natalia apareció por la sala de espera con el brazo en cabestrillo y algunos papeles en la otra mano, y le hizo señas a Tomás para que se le aproximara, no sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero un vistazo rápido a través de los cristales de la ventana bastaron para percibir que el suficiente como para que el día comenzara a languidecer.
-Jo, Tomás, vaya lío en que te he metido. Pobrecillo.
-Si has tardado muy poco. ¿Qué te han dicho?
-Un esguince, pero de tercer grado -dijo Natalia mostrando la escayola-. Se me han ido para atrás los dedos. ¿Vamos?
Por el pasillo, Tomás le devolvió el teléfono móvil diciendo que había contestado a dos llamadas.
-No sé si he hecho bien. Una de Pilar, que te llamará mañana. Y otra de tu prima Toñi. Esta era la mayor, aquella delgadita, ¿no?
-Es verdad, que tú las conociste. No, esa es Maite. Esta es la pequeña, la que siempre venía con nosotros. ¿Qué quería?
-No me ha dicho, pero le corría prisa hablar contigo.
Eran las ocho y cuarto cuando se pusieron en camino de nuevo. Natalia llamó a Rafa nada más montarse en el coche. Con un gesto del índice en la boca, pidió a Tomás que no hablase. En un tono seco, casi profesional, puso a su marido al tanto de la caída, le dijo que había ido al hospital «sola, en un taxi», y que estaba regresando a casa con una escayola. Después, explicaciones salteadas; que era un esguince y que en urgencias no te decían nada más; que tendría que ir a que la viera un traumatólogo, pero que dos semanas por lo menos; que limpiando, pero que ya le contaría; que la derecha, una putada.
Luego dijo un «tú verás, pero no creo que haga falta», que Tomás no supo cómo interpretar; Natalia lo dijo, pensando en una cena con putas, cuando Rafa comentó que, sí podía, cogería un avión esa noche, aunque tendría que regresar a Barcelona al día siguiente por la mañana, que era cuando tendría lugar la reunión principal con el cliente. Estaba convencida de que no vendría.
Al acabar la conversación, ya en el enjambre de vehículos del ramal de la M40 propio de esa hora, se miraron en silencio sabiendo los dos que ahora vendría una explicación. Natalia, en los pasillos donde esperaba, primero para hacerse las placas, luego el diagnóstico y más tarde a que le pusieran la escayola, estuvo pensando. Ella no podría recoger y las cosas no podían quedarse como estaban en el cuarto de Rafa. No tenía más remedio que confiar en Tomás. Finalmente había tenido suerte con el viaje de Pilar y la ausencia de Marga, porque él era, sin duda, la mejor opción que tenía.
-Tienes que ir a un traumatólogo, ¿no? -dijo Tomás para dejarle claro que no tenía que explicarle nada si no quería. Ella afirmó con la cabeza-. ¿Conoces a alguno?
-No.
-Tengo un amigo que es muy bueno. ¿Tienes sociedad o vas por la Seguridad Social?
-Tengo, pero no sé... Rafa lo sabe -con la dificultad de tener que usar la mano izquierda, sacó una receta del bolsillo y la desdobló-. Tenemos que pasar por una farmacia. En Machupichu hay una de veinticuatro horas.
-Vale.
-¿Sabes por qué le he dicho que he ido sola? -soltó Natalia con la mirada perdida.
-¿Es celoso?
-No -Natalia sonrió-. Su hermana vive a cuatro calles. Su madre, a cinco minutos. Y su hermano Elías, también.
-El facha.
-El facha. Si pido ayuda, lo lógico hubiera sido recurrir a ellos, o a algún vecino.
Con Tomás sentía que le unía un vinculo fraternal. No habían dejado de verse nunca, aunque la frecuencia de sus encuentros había ido a menos en los últimos tiempos. Cuando venía por Madrid su amiga Susana, también acudía él a las comidas o encuentros. Incluso sin la presencia de la amiga, se habían visto en varias ocasiones. Una de las últimas fue cuando le invitó a un cumpleaños en su casa. Allí discutió con Elías; había entre ambos una clara antipatía. Pero aunque se vieran en menos ocasiones, la respuesta era siempre la misma.
-¿Tienes preparado algo para cenar?
-Me apañaré con lo que sea ?dijo con una sonrisa tierna. Luego se acomodó en el asiento y añadió?. Vamos a ver, Tomás. Tienes que echarme una mano. Voy a contarte lo que me ha pasado, pero no puede saberlo nadie -Tomás afirmó mirándola, y aprovechó para repetir-. Nadie.
Natalia le relató con orden, pausadamente, lo que le había ocurrido. Le contó que quería mirar en el ordenador, pero no le dijo, ni Tomás lo preguntó, qué había encontrado. Lo demás, todo. Incluso por qué quería buscar en el ordenador; podía haber otra.
Llegando a la farmacia, sonó de nuevo el teléfono y le dijo a Tomás que era su suegra para que permaneciera callado. Enseguida estableció la relación; Rafa la había llamado. Antes de descolgar, respiró tratando de determinar el conjunto de invenciones y disculpas que más tarde fue desgranando: que no era nada, una torcedura; que seguía en el hospital pero que no necesitaba que la fueran a recoger; que no había llamado para no molestar con una tontería, pero que muchas gracias; que no, que ya tenía cena preparada en casa. En ese momento llegaron a la farmacia y dijo que esperara un momento, tapó el teléfono y le dio la receta a Tomás. Cuando le vio salir del coche para ir a comprar los medicamentos, reanudó la conversación con un tono más contundente: que no podía enrollarse en ese momento y que no necesitaba ayuda en casa tampoco, que no se les ocurriera ir porque tenía el expediente EscalonaSalvador encima de la mesa y necesitaba concentrarse.
En casa, lo primero que hicieron fue echar una ojeada. Ahí estaban la lámpara, la maceta y el colgajo de la cámara. Tomás pasó el dedo por un arañazo en la mesita metálica y luego buscó con la vista el recorrido del cable de la cámara, que pasaba a la pieza contigua, el despachito de Natalia, por un agujero holgado que hizo en su día el chapuzas que instaló el aire acondicionado.
-Tenemos que hacer que no se note nada -estableció Natalia.
-Puf, está jodido -respondió Tomás viendo los desperfectos.
-Verás -dijo ella con determinación-. Ven.
En el otro cuarto, siguieron la continuidad del cable hasta su ordenador y le hizo ver que también allí había una mesita metálica con una lámpara, ambas iguales a las del despacho de Rafa.
-Las compramos iguales en Ikea ?dijo Natalia viéndole observar todo como si fuera un contratista que va a hacer un presupuesto?. Lo cambiaremos por esto.
Tomás regresó al otro cuarto, seguido por Natalia, y preguntó cogiendo un fragmento de la maceta:
-¿Y la maceta? ¿Tienes otra como esta?
-No -pero lo pensó mejor-. Sí, hay una igual en la terraza de atrás, pero tiene un geranio.
Se miraron un momento y repasaron el plan: el accidente había ocurrido en el despachito de Natalia, sustituirían la mesita y la lámpara rota por las del otro cuarto, cambiarían el geranio de maceta para que el poto recuperara su aspecto original y, por supuesto, barrerían todo bien. Tomás dijo que desmontaría la cámara con el cable; eliminaría el programa de grabación y borraría el archivo con la imagen del ordenador de ella, puesto que ya tenía la clave y no lo necesitaba, y finalmente, si quería un trabajo bien hecho, debía abrir el ordenador de Rafa y comprobar que no había dejado rastros.
-¿Rastros? -exclamó Natalia, impresionada.
-Has abierto su correo. Se activa automáticamente el «enviar y recibir».
¿Te has fijado si ha entrado alguno nuevo?
-Lo que tú digas -contestó sin saber muy bien de qué le hablaba.
En ese momento sonó su teléfono y, antes de descolgar, miró la pantalla.
-¡Rafa! -exclamó presa del susto-. Me dijo que a lo mejor cogía un puente.
Luego descolgó y comprobó que, efectivamente, estaba en el aeropuerto a punto de embarcar. Lo haría a pesar de la insistencia de ella:
-No hace ninguna falta. Estoy perfectamente.
Colgó abatida. De nuevo estableció la relación; seguramente su madre le había llamado y a lo mejor hasta le había dicho: «No sé, he encontrado muy rara a Natalia». Las nueve.
-Estará aquí en una hora.
-Vamos, tía, que da tiempo de sobra -apremió Tomás con dos palmadas-. Trae las cosas de limpiar. No, lo primero el geranio.
Bajaron juntos y Natalia le llevó hasta la terraza que daba al jardín de la piscina y le mostró la maceta. Con destreza, lo sacó con cepellón y lo puso en una vacía de plástico que encontró por allí. Arriba, repuso el poto mientras Natalia subía, viaje a viaje y con una sola mano, la escoba, el recogedor, la fregona. Cambió los muebles dejando en el cuarto de Natalia el cadáver de la lámpara y la pantalla arrugada. Barrió, fregó.
-Vete encendiendo los dos ordenadores -mandó Tomás para ganar tiempo.
Desmontó el cable cortándolo sin miramientos, mientras Natalia recibía otra llamada. La escuchó decir: «Hola Toñi», «discúlpame, pero ya sabes, me he caído», «nada, un esguince, pero un susto que no veas», «sí, me lo ha dicho», «¿ahora? » y se puso delante de Tomás haciendo gestos y señalando con el dedo. «Bueno, si es tan urgente», «claro, claro, picamos algo. No tengo nada preparado», y luego añadió con tono cordial y gesto de preocupación suprema: «¡Qué bien!, pues estáis muy cerquita». Les dio la dirección y colgó, paralizada y mirando a Tomás. Este se lo tomó a risa, para estupefacción de Natalia.
-Viene mi prima con un amigo. Están en Ventas a punto de coger un taxi.
Y no sé de qué te ríes. -Miró el reloj; las nueve y media-. Joder.
-Venga, que no queda nada. Enciéndelos -dijo Tomás con una amplia sonrisa instalada en su cara, al tiempo que salía apresuradamente al otro cuarto para recoger el cable.
Todavía la escuchó decir, como pensando en alto:
-¿Qué coño querrá? -Y añadió para que lo oyera Tomás-. Dice que tiene que hablar hoy conmigo como sea, que mañana se vuelven a León.
En el ordenador de ella lo dejaron todo limpio. En el de él, vieron que, como suponía Tomás, se habían descargado tres correos «sin abrir», lo que hubiera despertado indudablemente las sospechas de Rafa.
-¿Lo ves? -dijo Tomás, y los borró. Luego los eliminó de la carpeta de borrados-. Ya está.
-Pero le dirán que se los han mandado -dijo Natalia con preocupación.
-Pensará que es un fallo del servidor. -Tomás cerró el ordenador y se levantó para ver el escenario-. ¿Está todo bien?
Natalia echó un vistazo deteniéndose en la planta y en la mesa, colocó mejor la silla y suspiró profundamente.
-Increíble.
Apresuradamente, descendieron hasta la planta baja. Tomás bebió un trago de agua en la cocina, donde dijo:
-Misión cumplida.
Miró a su amigo y pensó que si no fuese porque su marido y su prima estaban a punto de llegar, y no podían ver a Tomás de ninguna manera, le sacaría una de las mejores botellas de vino de las que Rafa guardaba abajo.
Natalia acompaño a Tomás hasta el jardín. El perro del vecino empezó a ladrar.
-Vete adentro -dijo él deteniéndose-. Yo cierro la de afuera.
-Gracias Tomi, eres la caña. Te la debo. -Y le besó en la mejilla.
-No digas tonterías. ¿Soy el primero al que llamaste al caerte?
-Claro -respondió Natalia tratando de ocultar su desconcierto.
-Entonces estoy pagado.
En ese momento sonaron las puertas de un coche que mantenía el motor en marcha. No hizo falta decir «son ellos». Natalia solo dijo:
-Joder.
-Atiéndeles, que yo salgo luego -susurró Tomás encaminándose hacia un hueco oscuro entre las arizónicas.
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